jueves, 27 de marzo de 2008
La interpretación de los hechos
por Martín Caparrós para Crítica de la Argentina
Quizás el primer error no haya sido un error sino coherencia, triste coherencia. Cuando el Gobierno decidió imponer sus nuevas retenciones, tenía otras formas de hacerlo: por ejemplo, exceptuando a los pequeños chacareros. Dos tercios de los productores agrarios del país tienen menos de 200 hectáreas; entre todos juntan sólo el 3% del total de las tierras. O sea que dejarlos afuera habría costado, grosso modo, el 3% de la recaudación total del nuevo impuesto: alrededor de 50 millones de dólares, un vuelto. Con ese formato, la oposición a las retenciones no habría tenido masa crítica: habría podido transcurrir, si acaso, en despachos y restoranes finos, pero no en las rutas. No se habría producido el desabastecimiento que afecta a cada vez más gente, no habrían salido por televisión esas imágenes de chacareros modestos preocupados por su fuente de trabajo, y el impuesto habría tenido otra legitimidad: habría sido un pequeño intento redistributivo. No lo hicieron; puede que haya sido un error, pero es más probable que haya sido coherencia: como se ha dicho en este diario, el proceso de concentración económica no para y las grandes empresas siguen beneficiándose más y mejor que nadie. Pero, si fue coherencia, no supieron calcular sus consecuencias. Fue el primer gran error.
El error siguiente del Gobierno fueron esos días de inmovilidad e intransigencia mientras el movimiento crecía y se recalentaba: supusieron, supongo, que se caería por su propio peso, y pasó todo lo contrario. Hasta que llegaron las frutillas de la torta, por ahora. El primer error del martes fue el discurso de Kirchner: ¿cómo puede ser que un aparato político poderoso, que goza de todos los recursos del Estado, no alcance para prever que un discurso de confrontación iba a tener el resultado incendiario que finalmente tuvo? ¿No tiene la señora presidenta gente que compulse la famosa opinión pública, que le aconseje gestos que la favorezcan, que le proponga soluciones que solucionen algo?
Y, enseguida, el segundo error bruto: mandar tropa para “reconquistar la Plaza”. ¿No pensaron que esas imágenes de violencia en la calle, magnificadas por la falta de policía –que alguien desde el Gobierno retiró–, serían tan irritantes, tan contraproducentes para sus intereses? ¿No pensaron que, llegado este punto, sus aliados estarían en problemas y empezarían a mirarlos con recelo? En los últimos días, los gobernadores, los intendentes, los sindicalistas, los legisladores de las provincias productoras –que parecían incondicionales– se debaten entre apoyar al Gobierno que los financia y pelearse con las personas que los votan, o viceversa. Algunos empiezan a elegir viceversa, y el Gobierno se va debilitando.
La crisis se va a resolver de algún modo, aunque todavía no esté claro cuál. Lo que seguirá siendo, después, preocupante es la incapacidad: ¿van a seguir cometiendo errores tras errores? ¿Será que realmente no saben lo que hacen? ¿O todo tiene una lógica que no consiguen explicarnos?
La interpretación de los hechos
Por Beatriz Sarlo, para La Nación
Estuve en la Plaza de Mayo más o menos a las once de la noche del martes. Poco después llegó una camioneta que transportaba un gran pasacalle con la leyenda “Sociedad Rural vergüenza nacional”.
A una señora que caminaba con su cacerola y su hija de seis o siete años le sugerí que se fuera porque iban a empezar las piñas. La señora quedó estupefacta, porque no sabía, ni nadie sabía en la Plaza de Mayo, que en el Obelisco ya le habían roto la cara a un manifestante. Que se venían las piñas era evidente para cualquiera que hubiera participado en alguna manifestación de los años setenta, experiencia que probablemente no realizó la mayoría de los que estaban allí en un comienzo.
La Plaza estaba llena de gente que, por los motivos más diversos, se había sentido provocada por el discurso de Cristina Fernández de Kirchner. No había grupos organizados, sino caceroleros autoconvocados en una linda noche de verano; tampoco había mucha oligarquía, salvo que para ir a la Plaza hubieran tomado en préstamo la ropa de algún subalterno de sus prósperas empresas.
Hablé con gente de San Telmo y Barracas que, por lo general, no vende soja a futuro en los mercados internacionales. O hijos de chacareros que estudian en las universidades porteñas y no viven como aristócratas. Cuando terminaba la noche por huida y dispersión, una mujer de la edad de la Presidenta dijo: “No creo que esta mujer haya sido una dirigente política en su juventud, porque yo estaba en la política y discutir con los JP era difícil. Había que ganarles, mientras que esta mujer me parece que nunca le ganó a nadie una discusión mano a mano”.
En la Plaza de Mayo no se oyeron gritos pidiendo que se fueran todos, como los que transmitió la televisión desde Olivos, cuya concurrencia parecía mucho más ajustada a las clases pudientes que la que estaba en la Plaza. Cuando entraron los kirchneristas, sus columnas, que habían llegado con banderas argentinas, estandartes rojos y negros de la JP y el gran cartel contra la Sociedad Rural, avanzaron por Avenida de Mayo casi hasta la altura del Cabildo.
Los fotógrafos y camarógrafos formaron para hacer su trabajo y durante casi media hora fueron la línea providencial que separó en dos a los manifestantes enfrentados. La policía de Aníbal Fernández formaba en la calle Perú, con una disposición difícil de descifrar.
A un militante de D’Elía que me saludó le dije: “Esto es una provocación”. No entendió, y por cinco minutos discutimos: una provocación significa que un grupo organizado irrumpe en la manifestación de otro grupo para romperla, si es necesario con violencia. Le dije: “En la tradición progresista, la provocación fue un acto político despreciable, atribuido casi siempre a la policía o a los enemigos de clase. Hoy, en cambio, los provocadores son ustedes”.
Los manifestantes de la Plaza no tenían cultura de enfrentamiento físico (ni siquiera parecía que tuvieran cultura de cancha). Jóvenes que podrían haber reaccionado con cierta resistencia física salían disparando por la calle San Martín o corrían por Avenida de Mayo hacia la Diagonal. En poco rato quedó claro que la Plaza les pertenecía a D’Elía y a Pérsico. El que haya asistido a cualquier enfrentamiento por el espacio público sabe que podría haber habido mucha más violencia si los manifestantes solidarios con el campo hubieran resistido sólo un poco a los kirchneristas.
Para el peronismo, la ocupación de la Plaza de Mayo tiene una carga simbólica enorme, cuya larga historia comienza el fundacional 17 de octubre de 1945.
Pérsico y D’Elía responden a una tradición que no hay que subestimar ni pensar que es totalmente instrumental: hay destellos de memoria y de identidades en conflicto, además de provocación e impunidad.
El 1° de mayo de 1974, los montoneros retiraron sus columnas de la Plaza de Mayo después de desatar una guerra de consignas mientras Perón estaba hablando. Se retiraron al grito de que volverían victoriosos. En cada acto peronista de esos años, la disputa por los lugares en la Plaza entre juventud peronista y juventudes sindicales incluyó desde el cuerpo a cuerpo, que avanza ganando metros por presión física, hasta el enfrentamiento a golpes o con armas.
Los bosques de Ezeiza fueron escenario, en 1973, de una disputa por el espacio que comenzó la noche anterior a la llegada de Perón: nuevamente juventudes peronistas y juventudes sindicales se toparon para colocarse en las primeras filas frente al palco que el líder no llegó a ocupar.
Finalmente, ese gigantesco forcejeo que cubrió hectáreas terminó con un enfrentamiento armado: desde el palco, grupos de la derecha peronista, que luego serían parapoliciales, tirotearon a los de abajo, donde también había algunas armas.
Si Cristina Fernández de Kirchner no ignora esta historia (o no la olvidó en los años pasados en Santa Cruz), debió elegir con más cuidado las palabras de su discurso del martes, que empezó así textualmente: “Las imágenes que me tocó ver especialmente en Semana Santa, siempre Semana Santa ha sido emblemática para los argentinos, como si fuera una señal pegada en esta oportunidad a una de las peores tragedias que tiene la historia argentina, y que fue la del 24 de marzo de 1976. Señales, tal vez, que se toma la historia, la casualidad, pero lo cierto es que en estos cinco días, el último día fue 24 de marzo”. La Presidenta les dio línea a Pérsico y D’Elía, que a los gritos acusaron a los manifestantes de haber apoyado la dictadura militar.
Se dice que Cristina Fernández de Kirchner habla bien. Su discurso no lo prueba, si hablar bien significa algo más que hablar de corrido, no vacilar ni confundirse con los tiempos de los verbos.
El comienzo de su discurso, al señalar un vínculo entre las manifestaciones ruralistas actuales y el golpe de Estado de 1976 tuvo dos defectos graves. En primer lugar, se trató de una sugerencia, como si una cuestión de esta magnitud pudiera ser dicha al pasar, sin tomar en cuenta que va a ser escuchada como línea interpretativa que puede dar paso a las acciones y no como la ocurrencia de alguien que visualiza “señales” sin ton ni son.
No era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.
Por otra parte, cuando un político pronuncia un discurso de esa dureza debe saber que cada uno de sus párrafos puede tener efectos poco controlables sobre quienes se sienten atacados y quienes se sienten expresados por sus palabras. Cuando la gente de Pérsico y D’Elía entró en la Plaza de Mayo para desalojar a los manifestantes, la consigna gritada contra ellos asimilándolos a la dictadura militar había estado sugerida por las “señales” que creyó descubrir la Presidenta, emanadas de una clásica oposición “oligarquía versus pueblo” que palpita, desde hace cincuenta años, en el corazón del peronismo. No era momento para reactivarla.
No puede decirse con certeza si los grupos de Pérsico y D’Elía fueron enviados allí. Lo que parece cierto es que el discurso duro de la Presidenta, la insinuación de coincidencia, las “señales” intuidas y la irrupción de los piqueteros constituyen un dispositivo político, más allá de quienes se mueven dentro de sus engranajes o quienes creen que pueden manejarlo.
miércoles, 26 de marzo de 2008
Vergüenza ajena
Ordenan al Ejército y a la Armada proveer de vacas para el consumo.
Cristina Kirchner cometió un error de los que hay pocos ejemplos aún en la política argentina.
Anoche, en inmediaciones a la manifestación en Plaza de Mayo agredieron al director de Editorial Perfil. Le pegaron y lo insultaron.
Los medios de todo el planeta reflejaron los incidentes de ayer tras las críticas de la Presidenta al campo; "Kirchner vive su primera gran crisis", tituló El Mundo, de España.
La plaza de las trillizas
martes, 25 de marzo de 2008
La interpretación de los hechos
OTRA PUEBLADA DESPUES DE UN DISCURSO PRESIDENCIAL
Un gobierno hipotecado, una crisis de largo alcance
Cristina Kirchner ha logrado con su discurso arrogante y provocador lo que solamente De la Rua había conseguido antes de ella: suscitar una rebelión popular. La presidente ataca el paro de los grandes pulpos y pequeños y medianos productores agropecuarios desde la ‘caja’ de De Vido, los fondos de Santa Cruz, la reprivatización de YPF y la creciente entrega del petróleo, los sobreprecios de Skanska, la 4x4 que Varizat tiró contra los docentes de su provincia, el pago de la deuda externa con la plata del Anses, una inflación imparable, los techos salariales y, por último, desde las patotas de la burocracia que ella ungió como sus aliadas, que van al ataque de los trabajadores que luchan, o desde los piquetruchos como D’Elía, que encubren las fechorías del oficialismo.
El paro agropecuario expresa el agotamiento definitivo de la política de devaluación monetaria y de intervencionismo arbitrario del gobierno en beneficio de la ‘burguesía nacional’ adicta.
Estamos ante una lucha por el reparto de la renta económica entre diversos sectores capitalistas, cuyas consecuencias las paga el pueblo con carestía y superexplotación. La Federación Agraria Argentina e incluso muchos chacareros autoconvocados han desvirtuado el carácter independiente de su lucha al aliarse a la Sociedad Rural y a los pulpos agrofinancieros, que serán los mayores beneficiarios de la reivindicación de suspender los aumentos de las retenciones a las exportaciones. Los pulpos y los terratenientes tienen valuaciones fiscales irrisorias con la complicidad de los Kirchner, los Scioli, los Schiaretti o los Binner.
Estos grandes pulpos son los que sustentan, en América Latina, la ofensiva de Bush contra los procesos populares o de liberación nacional.
El componente popular de los cortes de ruta agrarios está desvirtuado por la dirección política y los reclamos del movimiento, que son los de la gran propiedad capitalista agraria.
El Partido Obrero quiere destacar el derrumbe completo de la política económica oficial, que es también una expresión de la crisis capitalista mundial.
La salida a este derrumbe no pasa por tomar partido por cuál sector capitalista se queda con el fruto del trabajo de la clase obrera y de los productores independientes.
Pasa por impulsar la nacionalización de la gran propiedad agraria y su arrendamiento a los chacareros necesitados de tierra y al servicio del poblamiento agrario, o de los obreros del campo.
Pasa por la nacionalización del comercio exterior y por sobre todo de los puertos privados (por donde los grandes pulpos contrabandean la exportación sin pagar retenciones), bajo control de productores y obreros, para asegurar que los beneficios de la producción sirvan a la industrialización agraria y a superar las grandes carencias sociales.
Ante la crisis abierta llamamos a los trabajadores a no permitir que la burocracia siga manejando las paritarias y a intervenir en ellas para imponer un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar y el fin de la flexibilización laboral.
Se ha abierto una crisis de largo alcance, económica pero por sobre todo política. El nacionalismo burgués concluye en un fracaso. El gobierno matrimonial está definitivamente hipotecado. Impulsemos una alternativa obrera y socialista.
Jorge Altamira
Para comunicarse con Jorge Altamira: 15 44 23 78 73
domingo, 23 de marzo de 2008
El tránsito lento
Hay preguntas que vuelven como un ritornello, como un agua que no desemboca: "¿En qué se reconoce una política? Por supuesto, en sus efectos reales o imaginarios (previstos)". En dos años y un mes, Argentina celebrará con no se sabe para qué su Segundo Centenario.
Tal vez, sólo tal vez, el Teatro Colón esté reinaugurado para algarabía de embajadores, ministros y princesas invitadas. El Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Buenos Aires, por su parte, seguirá siendo la nada que es ahora. La obra de ampliación del Museo Nacional de Bellas Artes no ha comenzado, como tampoco el reciclado del edificio de Correos. El Centro Cultural Recoleta es una ruina y los miles de metros que el "nuevo" Centro Cultural San Martín destinará a la tecnología de punta parecen un chiste de mal gusto en un país con problemas de provisión energética (sin ninguna nueva central prevista, salvo las termoeléctricas compradas a los apurones, que son como un plug and play de bajísimo rendimiento, y además contaminantes), con trenes catatónicos y sin rutas adecuadas (la autopista Rosario-Córdoba no estará terminada este año y es sólo un tramo de los miles de quilómetros que se necesitan). El Teatro Nacional Cervantes sigue esperando el tiro final, el Riachuelo cada vez hiede más y la Reforma Educativa quedó en declaraciones de principios bellos. Mientras tanto, las clases en la Universidad de Buenos Aires comenzaron con edificios en situación crítica (algunos sin provisión eléctrica, otros sin gas, sin ascensores, con déficit de aulas y de implementos básicos) y la lluvia y el frío nos dan miedo como nunca antes.
No hay una sola obra de envergadura que permita pensar en efectos (reales o imaginarios) a mediano plazo. El gran problema argentino pasa estos días por las retenciones: no las retenciones a la renta agraria, ni la retención insensata de reservas en un país sin crédito, ni la retención suicida de los índices inflacionarios, sino la retención de políticas de Estado. Es como si la casta de ministros tuviera problemas para evacuar ideas y proyectos: cien días de estreñimiento. Preguntas que no vuelven como un ritornello, me corrijo, sino como un cólico.
domingo, 16 de marzo de 2008
sábado, 15 de marzo de 2008
Pensamiento vivo
por Daniel Link para Perfil
El Sr. Fogwill, gracias a cuyo desafío público disfruto ya de una computadora libre de las inmundicias que la empresa Microsoft desparrama por el mundo, anunció la aparición de tres libros en el mismo mes. Dejé de lado las reediciones y me apresuré a leer Los libros de la guerra (Buenos Aires, Mansalva, 2008), porque la contratapa incluye un texto mío y quería saber qué peregrinos vuelcos de la imaginación y la opinión aparecía yo avalando. En algún momento del proceso de armado de ese libro, el editor me pidió que le escribiera un "Prólogo". "Si lo escribís vos, debería llamarse 'Trólogo' ", intervino el Sr. Fogwill, con la velocidad de réplica que tanto le envidiamos. Pero después la idea se disolvió en los calores del verano. Por fortuna, porque Los libros de la guerra no necesita de prólogo alguno y mucho menos de uno mío.
Hace muchos años (tantos que ninguno de los dos llevamos ya la cuenta) recibí una carta firmada por el Sr. Fogwill en la que me reprochaba una lectura que yo hacía sobre El entenado de Saer y, más precisamente, sobre el artículo de Frege "Über Sinn und Bedeutung" que yo usaba apresuradamente para justificar mi desagrado por esa novela.
Hace unos meses, el Sr. Fogwill me obsequió una cajita de los asquerosos bocadillos de regaliz que un amigo le trae de Francia para ayudarlo a combatir su tabaquismo. Los adopté para mi propia cura y hace unas semanas Edgardo Cozarinsky (que aparece elogiado tres veces a lo largo del libro) me proveyó una partida entera de Cachou Lajaunie. Gracias a esa acción concertada, ha disminuido considerablemente mi rendición a ese placer que (como todos) me perjudica un poco.
Los libros de la guerra recopila veinticinco años de intervenciones públicas sobre sexo, tabaco, políticas culturales, literatura, Estado y guerra. Leído de corrido, es de una lucidez y una coherencia que espantan (decir que está muy bien escrito sería caer en obviedades). Las personas de mi generación recordaremos sólo algunos de esos textos (las intervenciones del Sr. Fogwill, cuando creyó oportuno realizarlas, se inscribían en la lógica del terrorismo discursivo: aquí o allá, sin previo aviso). Pero los ejercicios de pensamiento vivo del Sr. Fogwill, sus educadísimas y elegantes argumentaciones, su confianza en la verdad y en la belleza, nos han formado. No diré que Los libros de la guerra es uno de los libros más importantes de este año ni que los jóvenes lo leerán con provecho. Diré sólo que debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas de la Patria.
viernes, 14 de marzo de 2008
Olor a hombre
Tom de Finlandia es el nombre de una fundación dedicada a preservar la memoria de un dibujante notable y de lo que, con gran generosidad, sus autoridades llaman “arte erótico”, pero también identifica la obra de aquel dibujante, nacido un 8 de mayo de 1920 con el nombre de Touko Laaksonen en el seno de un matrimonio de maestros luteranos de Kaarina, pequeño pueblo finés.
Un perfume que dentro de poco saldrá a la venta estará asociado a la misma marca y, por lo tanto, a la misma sencilla utopía que Touko se habría propuesto realizar en su obra futura. La Fundación Tom de Finlandia pidió a Etat Libre d'Orange, la empresa que había lanzado la fragancia Rossy de Palma, un producto que no ocultara el verdadero olor de un hombre sino que lo potenciara. Antoine Lie, el perfumista de la firma, interpretó la utopía cabalmente y la tradujo en una mezcla que evoca “el aire libre y la profundidad de los bosques”.
La asociación entre Tom de Finlandia y L'Etat Libre d'Orange, cuyo manifiesto de seis artículos incluye frases como “El perfume ha muerto, viva el perfume”, “una tierra de libertinaje olfativo”, “un territorio de expresión subversiva”, hace prever que usar esa fragancia equivaldrá a una declaración de principios.
A los 19 años, el joven Touko huyó a Helsinki, donde estudió dibujo publicitario en la Academia de Arte, bebió del caliz prohibido, adoptó el nombre que haría temblar de expectación al mundo. Movilizado en 1944, participó de la batalla de Karelia donde tuvo que matar a un soldado del ejército soviético. Vuelto a la vida civil, estudió diseño gráfico y música, trabajó como dibujante publicitario free-lance, tocó el piano en hoteles de dudosa categoría.
En 1957 comenzó a colaborar con la publicación masturbatoria de bolsillo Physique Pictorial (1951-1990), donde publicó los dibujos y las historias gráficas que le darían fama y fortuna, sobre todo a partir de la década del setenta y sus repetidas incursiones en la escena leather californiana, que encontró en él a su huesped de honor y a su Picasso.
Physique Pictorial se especializaba en fotografías de pin-ups masculinas y fisicoculturistas (por ejemplo: LaLanne, Dallesandro, Steve "Hercules" Reeves y Mickey Hargitay, más conocido como marido de Jayne Mansfield).
Sus artistas más importantes fueron George Quaintance,
Etienne y Tom de Finlandia, responsable de varias portadas.
Hay libros con recopilaciones de dibujos del finlandés, y periódicamente también hay muestras en importantes museos de arte contemporáneo de Estados Unidos y Europa. Podría tratarse de un gigantesco malentendido, de los muchos que suceden cuando dos culturas se tocan, pero mejor es pensar que la obra de Tom de Finlandia dio, como la flecha del arquero zen, en un blanco que estaba dispuesto a que le dieran desde hacía ya bastante tiempo.
¿Dónde y por qué triunfó la utopía Tom de Finlandia? La pregunta no es fácil de responder porque lo primero que los comentaristas destacan es el modo en que el artista ha influido en el imaginario de y sobre la sexualidad masculina contemporánea (desde el gimnasio de acá a la vuelta hasta Fassbinder). El modo, podría decirse, en que lo ha embrollado todo, obligándonos a tener que callar, no por pudor o respeto, sino por no saber qué decir. Tom de Finlandia supo captar un silencio de época e hizo con ese silencio una fiesta del sinsentido: arte por el arte.
Lo segundo que se señala de esa obra es el triunfo y la apoteosis del chongo: se trate de retratos de hombres solos o de escenas de intercambio sexual (géneros ambos en los que Tom de Finlandia descollaba),
leñadores, vaqueros, soldados, policías, deportistas, malandras (los emblemas más trillados de la masculinidad nórdica) aparecen como animales de producción sexual de una superioridad física (que no hay que confundir con perfección, ni mucho menos) tan barroca como desenfrenada. Y, además, son la transcripción visual de un goce que es el resultado de una usurpación histórica: el goce femenino (o la versión que de él es capaz de hacerse cualquier hombre). Eso, parecerían decirnos esos personajes inverosímiles desde todo punto de vista (el físico, desde ya, pero también el caracterológico), es un hombre verdadero: la carne trabajada, la erección, y el goce femenino. ¿Pero, cómo? ¿No había, nos dijeron....diferencia?
Lo tercero que hay que destacar de la obra de Tom de Finlandia es la deliberada y obsesiva negación de la diferencia o su deslizamiento hacia un sistema de clases pueriles (hombre/ mujer, macho/ afeminado, activo/ pasivo, hard/ soft, que no son patrimonio de ninguna “comunidad organizada” sino de la cultura contemporánea en su conjunto).
Al incorporar ese sistema de clasificación, y al celebrar siempre el mismo término (hombre, macho, activo, hard) podría pensarse que Tom de Finlandia no hace sino refrendar el más transitado de los esquemas de pensamiento (el mismo que hace del sol un principio activo y de la luna un principio pasivo, basado en la sola disposición a extasiarse ante la emisión lumínica, es decir: la eyaculación solar. Pero no, y por eso la marca resiste todos los embates: esos hombres conocen el secreto del goce femenino y, además, lo experimentan.
Son los herederos, podría decirse, de Tiresias, aquel sabio griego que, juguete de los dioses, había atravesado las fronteras de la sexualidad y de los géneros, al mismo tiempo. Lo más festejado de la obra de Tom de Finlandia no es sino la recreación en otro contexto cultural de los mismos sueños eróticos de la mitología griega, esa pesadilla de pasiones que atravesó los siglos y todavía nos alcanza. Ovidio, a quien se reconoce también como precursor del cinematógrafo, es el más célebre de los precursores de Tom de Finlandia: el poeta que cantaba los deseos de los dioses, aquél a quien el fascista Octavio Augusto tuvo que desterrar de Roma porque le arruinaba el efecto en general piadoso de su estilo de gobierno.
El gusto pueril de Tom de Finlandia por lo mitológico se nota, por ejemplo, en la predilección del dibujante por equivalencias fijas entre profesiones y caracteres, propio del imaginario de infancia, es decir: de lo que se supone que la infancia (esa zona indiscernible de lo humano) imagina (“¡Qué querés ser cuando seas grande?”). Masculinidad: profesiones rudas, sexo hard (y goce femenino, y además: solo eso).
La utopía Tom de Finlandia, como toda utopía, es ajena a la razón, como la infancia, y, francamente, por eso mismo inocente y encantadora: no hay maldad en ese universo, tampoco estado, religión, raza, clases sociales, nos dicen esos dibujos. Los hombres se nos aparecen más allá de las fuerzas de este mundo: dioses, héroes, dispuestos a y merecedores de todo.
Los dibujos de Tom de Finlandia gustan. Y gustan a públicos exigentes. Son incorporados a las colecciones permanentes de museos como el MOMA. Se elogia mucho la terminación de esos dibujos y la maestría con la que Tom de Finlandia (7 de noviembre de 1991: enfizema) hizo del acabado (el orgasmo, la atención al detalle) un gran asunto de las artes visuales en la época pop.
Sea. Pero también gustan porque se lo asocia a la realización de un imposible: la infancia adánica, el heroismo griego, lo pueril, lo natural, al mismo tiempo: la reunión de masculinidad y goce femenino. Y ahora el perfume, resumen de todas las contradicciones: una fragancia que no distorsione lo natural del hombre (esa nada desenfrenada), sino que lo revele.
jueves, 13 de marzo de 2008
À la recherche du temps perdu
Oficina del reintegro del Tiempo Perdido
Durante nuestra última visita al Museo de Arte Contemporáneo de Vigo MARCO tuvimos el placer de conocer la obra de Gustavo Romano que utiliza acciones, videos o proyectos en Internet para subvertir y desarmar la percepción naturalizada de los sucesos cotidianos.
Con motivo de la exposición Tiempo al Tiempo, Gustavo creó La oficina de reintegro del tiempo perdido —producida específicamente para esta exposición— que se ofrece como lugar de recepción y clasificación del tiempo cedido involuntariamente, bajo presión o por razones arbitrarias (trabajando en un empleo no deseado, perdido en una relación equivocada, sirviendo al ejército, etc.).
En la oficina móvil, un representante de Time Notes House, toma recibo de la descripción de cómo ha perdido su tiempo el declarante, y se lo reintegra con un billete del valor correspondiente, en cuyo reverso, se imprime la causa de la pérdida. A través de esta obra se analiza, desde una perspectiva crítica, la obsesión actual por la pérdida del tiempo, la falta de productividad a todas horas, etc..
Fuente: Comunicación cultural
Nace una estrella
Ediciones Winograd presentará sus primeros libros en marzo de 2008. La editorial fue creada con el propósito de difundir obras de referencia imprescindible para los lectores interesados en las humanidades. El objetivo es amplio: nuestro catálogo comienza con textos de la Antigüedad tardía, de la Edad Media y del Renacimiento pero prevé extenderse hasta incorporar, en el futuro, autores contemporáneos.
Los criterios de selección de las obras a ser publicadas incluyen: la búsqueda o la preparación de una traducción ágil, la edición de libros bilingües en los casos en que el texto original haya sido escrito en una lengua clásica y la presentación de un estudio preliminar y un cuerpo de notas que satisfagan a la vez la curiosidad del aficionado y las exigencias del experto.
Tenemos dos colecciones previstas por ahora: Antologías y Clásicos. La colección Antologías publicará tanto colecciones de artículos como selecciones de textos sobre un mismo tema. Por ejemplo, el neoplatonismo medieval o la poesía isabelina. La colección Clásicos publicará textos significativos de la Antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento y la modernidad.
Quiénes somos
El director general es Alejandro Winograd. Es biólogo y autor de varios libros de ficción, de viajes y de geografía. Desde 2003 dirige la Colección Reservada del Museo del Fin del Mundo (Eudeba-Museo del Fin del Mundo), dedicada a editar las crónicas de los primeros viajeros y exploradores de la Patagonia austral . En abril de 2008 Edhasa publica su libro Patagonia: mitos y certezas.
La directora editorial es Paula Pico Estrada. Es profesora de filosofía. Fue editora de ensayo en la Editorial Planeta y directora editorial de Tusquets Editores Argentina. Es docente de Historia de la Filosofía Medieval en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Plan editorial
Marzo 2008
Todo y nada de todo. Selección de textos del neoplatonismo medieval. Edición bilingüe. Claudia D'Amico, editora. (Col. Antologías)
El Tratado acerca del régimen de gobierno de la ciudad de Florencia y otros escritos políticos de Girolamo Savonarola. Edición bilingüe. Traducción y estudio introductorio de Román Mazzittelli. (Col. Clásicos)
En preparación
Anatomía de la melancolía de Robert Burton. Selección e introducción de Pablo Maurette. Traducción de Agustín Pico Estrada. (Col. Clásicos)
Oración por la dignidad del hombre de Giovanni Pico de la Mirandola. Introducción, traducción y notas de Silvia Magnavacca. (Col. Clásicos)
Rimas de Dante. Introducción, traducción y notas de Mariano Pérez Carrasco. (Col. Clásicos)
Defensa de la poesía de Sir Philip Sidney. Introducción, traducción y notas de Lucas Margarit. (Col. Clásicos)
El problema de los universales en la Edad Media. Introducción, traducción y selección de textos de Antonio Tursi. (Col. Antologías)
Comunicación y prensa:
15 6513 0111
miércoles, 12 de marzo de 2008
Trajines
Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días de principios de marzo una indecisa traducción girriana (que no pienso dar a la imprenta) de "La canción de amor de San Sebastián" de T. S. Eliot.
sábado, 8 de marzo de 2008
Yo no sé si iré
Miércoles 19 de marzo a las 18:30. Auditorio. MALBA. Entrada libre y gratuita. Hasta completar la capacidad de la sala.
Los libros de la guerra (editorial Mansalva) de Fogwill contiene una muestra de intervenciones de prensa sobre política cultural y estrategias de marketing de autor. Los críticos Horacio González, Daniel Link, María Pía López y Eduardo Antín (Quintín) confrontarán con el autor acerca de los diversos –opuestos y polémicos– modos de hacer crítica.
Rodolfo Fogwill (Buenos Aires, 1941) es sociólogo, escritor y periodista. El autor de Muchacha Punk (1978) y Los Pichiciegos (1982), ha publicado, entre otros, la colección de poemas Lo Dado (2001) y las novelas La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002), Runa (2002) y Urbana (2003). Colabora con La voz del interior, La Nouvelle Revue Française, Revista de Occidente y El país de Madrid.
viernes, 7 de marzo de 2008
Invitación
Juan Villoro en Argentina
En el marco de su visita a nuestro país, el escritor mexicano Juan Villoro presentará Los culpables, su último libro, publicado por Interzona Editora. El evento tendrá lugar el miércoles 7 de mayo a las 19 hs. en la Boutique del Libro de Palermo (Thames 1762).
Consultar por más información
7 de mayo de 2008 • 19 hs
Boutique del Libro de Palermo (Thames 1762)
jueves, 6 de marzo de 2008
Tres botones
* "Si duermo, es por afuera del sueño, en ese anillo de asteroides en constante movimiento que rodea el vacío oscuro e inmóvil del olvido" (pág. 7).
* "¿Qué podía demostrar? ¿El agotamiento de la épica, en un mundo que había vendido la herencia de la palabra por el plato de lentejas de la imagen?" (pág. 101)
* "Todo estaba hecho de palabras, y las palabras habían hecho su trabajo. Hasta podía decirse que lo habían hecho bien. Se habían elevado en un enjambre confuso y habían girado en espirales, cada vez más alto, entrechocándose y separándose, insectos de oro, mensajeras de la amistad y del saber, más alto, más alto, hasta las zonas del cielo donde el día se volvía noche y la realidad sueño, palabras Reinas en su vuelo nupcial, siempre más alto, hasta consumar sus bodas al fin en la cima del mundo" (pàg. 117)
La estación neobarroca
Arturo Carrera es de esos poetas engañosos, porque uno cree que su poesía ya debe de haber alcanzado su punto más alto y con cada libro nos demuestra que no. La inocencia fue mejor aún que Potlatch y, también, que Noche y día. Y ahora nos regala Las cuatro estaciones (Buenos Aires, Mansalva, 2008, ISBN 978-987-1474-02-8), un libro que, como todos sus libros anteriores (sin excepción) cita el barroco para hablar de otra cosa o, mejor dicho: articula el misterio del barroco con el misterio de la vida, de la infancia, y también: de lo real.
La poesía de Arturo Carrera no puede "ser" (o no) neobarroca sino que participa (o no) del neobarroco en la medida en que el neobarroco sea comprendido como una configuración de fuerzas estéticas que definen la modernidad latinoamericana. Basta examinar con un poco de atención el doble centro que organiza el registro poético de Las cuatro estaciones para darse cuenta.
De un lado, el estribillo que, a lo largo del libro, marcan las citas a una sabiduría infinita considerada no tanto en su valor de uso sino como monedas, unidades doradas (y también un poco mágicas) de intercambio poético (lo que quedó dicho en Potlatch) entre la vida propia y el dudoso llamado de la naturaleza. Las cuatro estaciones se abre con (a) un despertar, es un parpadeo titubeante de la conciencia, que se pregunta: “pero,/ ¿llama un gallo? ¿Se dirige a cada uno/ o a su comunidad de centinelas?/ ¿Define en la certeza alguna duda/ o llena de incertidumbre el desvelo incipiente?”.
Entre esos dos centros de lo cierto y lo incierto sucede todo lo que importa en la poesía de Carrera: la errancia, la falla del presente y del sentido. No la unión o la conjunción de los polos opuestos (utopía que la poesía de Carrera no sería capaz de sostener), sino la in-decisión, el in-finito, el salto hacia lo in-cierto.
Pero, por otro lado, la frasecita “las cuatro estaciones” hace coincidir la cosmología barroca (la de Vivaldi, con sus contrapuntos que hacen casa, que cortan el caos con paisajes estrellados de interior-exterior) y los nombres de cuatro estaciones (de ferrocarril) de la infancia: Lartigau, Quiñihual, Pringles, Krabbe. Y todo sucede en un más allá de la melancolía, porque lo que Las cuatro estaciones viene a decir es que el pasado puede recuperarse siempre, y siempre bajo nuevas formas. Así, el poema se instala en el umbral de poiesis- politikós que siempre lo caracterizó, y desdeña todo solipsismo.
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Hace poco más de un año, Arturo Carrera estaba trabajando ya en este libro. En el curso de esa investigación sobre estaciones de ferrocarril, Carrera y quienes lo acompañaban en aquellos meses llegaron hasta Quiñihual, un lugar habitado por los fantasmas de infancia del poeta, que le dijeron al oído sus secretos anhelos y contagiaron la misma fiebre a una “comunidad de centinelas”, una pandemia que (la poesía no es sino esa fuerza de combustión y transformación de la energía en materia y la materia en energía y… ), de inmediato, volvió real lo imaginario: había que crear una sociedad (llamada, por supuesto, Estación Pringles) para recuperar esa parte de nosotros que habíamos dejado que se nos escapara como arena en el viento.
Gracias a la fuerza de un deseo colectivo, lo que en principio era apenas el rumor de un poema en marcha se transformó en el tren de la historia: las antiguas estaciones de ferrocarril desmanteladas volverán a existir por (y para) el arte y por (y para) el pueblo. Una forma de descentramiento pero, sobre todo, una forma de hacer política. Los primeros funcionarios a quienes se interesó en el proyecto exclamaron: “Ah, pero ustedes quieren fundar un pueblo”. Sí. Y, de paso, devolverle al pueblo la memoria poética que le pertenece.
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¿Participa o no la poesía de Carrera (ese verdadero programa de la filosofía futura) de un conjunto de tensiones que (sino por Góngora, al menos por Quevedo, “Política de Dios”, y Mallarmé, “La siesta del fauno”) podríamos seguir llamando neobarroco?
miércoles, 5 de marzo de 2008
Travas eran los de antes
martes, 4 de marzo de 2008
Circo criollo
lunes, 3 de marzo de 2008
Relaciones carnales
("La carne fue otra vez la excusa para que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner recibiera dos veces en menos de una semana al ministro de Economía, Martín Lousteau.")
sábado, 1 de marzo de 2008
La crisis del castrismo
Se habla de transición, se habla de defender los antiguos valores contra toda posible desviación de la ortodoxia, se habla de pérdida de identidad, de la fuerza avasallante de la historia y de la crisis económica que inevitablemente dominará el ingreso en la globalización capitalista. ¿Y qué es mejor? ¿Mudarse a otra parte, hacer la propia vida allí donde mejores perspectivas uno tenga, o aferrarse sentimentalmente al lugar de pertenencia, a las costumbres aprendidas, al amable folclore que nos confirma en lo que creíamos ser, en nuestros sueños? ¿O quedarse, pero tratar de que algo cambie, de que a través de las grietas de la unanimidad de pensamiento aparezcan nuevas formas de imaginar la convivencia futura? ¿Dejar espacio al enemigo? ¿Luchar contra qué fantasmas y con qué objeto? ¿Qué soy yo y en qué medida estoy dispuesto a convivir con el otro, con el que no piensa como yo, con el que vive de otro modo, con el que tiene sueños que repugnan a mi sensibilidad? ¿Y cómo garantizar la supervivencia para las generaciones venideras de aquello que considerábamos bueno, necesario, intelectualmente estimulante, existencialmente provocativo?
No importan las respuestas que uno quiera dar a esas preguntas, que dependerán de las posiciones políticas que uno tenga, pero lo cierto es que se discute mucho sobre la crisis del castrismo. Lo que alguna vez tuvo un valor emblemático de enclave (“aquí estamos, no pasarán”), parece haber perdido parte de su fuerza y, más allá de la aprobación o censura a tal o cual estilo, lo que pareciera imponerse es el miedo a la pérdida de los rasgos distintivos de la historia y la cultura de una comunidad que alguna vez se imaginó a si misma como rigiendo los destinos de parte del planeta. Naturalmente hay dos miradas sobre ese proceso: una mirada interior (más o menos desgarrada por las implicaciones personales, familiares, existenciales, del proceso) y una mirada exterior, un poco más distante, que puede oscilar entre la compasión o la indiferencia.
Para las personas de mi generación, que vivimos además en un rincón tan apartado del universo, la crisis viene acompañada de una profunda melancolía (si entiendo bien las palabras de Martín Kohan en estas mismas páginas) en relación con algo que sólo por relatos de otros conocimos en su etapa heroica. ¿Cómo habrá sido? ¿Qué se habrá sentido? ¿Hasta qué punto habríamos compartido las grandezas y miserias de un régimen de vida semejante? ¿Era ese el modelo que se nos escurrió de entre los dedos?
Hoy, nos dicen, el Castro agoniza. No sólo el Castro, sino todos los Castros del mundo, todos los barrios “gays” imaginados a semejanza del célebre reducto sanfranciscano. Entre 2000 y 2005, las parejas del mismo sexo en San Francisco declinaron un cinco por ciento, dos veces y media más que las parejas heterosexuales. El mismo fenómeno parecería registrarse en Philadelphia, Washington, New York, Houston, Detroit... ¿Es que acaso están desapareciendo? ¿El cartero ha vuelto a llamar a la puerta? Aparentemente, no. Las parejas del mismo sexo emprenden viajes radicales -muchas parejas optaron por mudarse a alguna playa mexicana en décadas pasadas (Vallarta, paradigmáticamente); ahora, incluso, la oleada migratoria parece haber favorecido a Buenos Aires- y, cuando no, eligen suburbios corrientes, sin emblemas. O las “culturas” ya no tienen centro o nunca lo tuvieron y todo lo que en relación con esa idea se construyó carece, en nuestro tiempo, de sentido. Mejor: ahora hay que pensar todo de nuevo.










