miércoles, 17 de enero de 2007

Ante la ley

La fuga. Crecerá un jardín[1]

por Rodolfo Walsh

1

-Aunque sólo fuera por usted -le dijo el juez-, lamento que hayan sacado la pena de muerte.
El juez Olivia era un hombre de mirada bondadosa, que afilaba sin descanso un Fáber nº 2, soplando las virutas y apilando el polvo de grafito en pequeñas cordi­lleras.
Esa frase que Arias no olvida, pero que acaso va pu­liendo con los años hasta darle una tersura de guijarro que no tuvo, sitúa el comienzo de su historia allá por el 32, a lo mejor el 33.
-Matar a su madre -dijo, y enumerando las circuns­tancias en que la mató-: lo que ella era para usted y aún para cualquiera, lo que significa matar a una madre. Consumió un tercio del lápiz, sin cesar de mirarlo de reojo.
Arias repitió, sin mayores esperanzas, la historia que al principio contaba a gritos: que su madre era pobre, era desgraciada, sufría permanentemente con sus malos pensamientos, y que él no podía hacer por ella otra co­sa que aliviarla de la vida.
-¿Con un garrote?
-El garrote -volvió a decir- fue una inspiración del momento.
El juez dejó por un instante la yilé, el lápiz resbaló de sus dedos, y en ese pequeño gesto advirtió su enorme desesperanza.
-La escoria de la tierra -canturreó tristemente-, el salitre de las viñas, el verdín del estanque, la quereza [sic] de la carne, el que pudre la semilla. ¿Qué pena bastaría pa­ra usted, hijo mío?
Después volvió a sacarle punta al Fáber, una mina lar­guísima, tal vez microscópica en su ápice.
-Ninguna -confesó Arias.
Entonces el juez, con el canuto de lápiz que le que­daba, en un papel cualquiera, hizo la suma: 214 años.
(En esa cifra advirtió Arias por primera vez la impre­sión que causaba en los demás.)

2

-Detrás del primer muro -dijo el director-, hay un foso profundo. El agua no se renueva, es posible que adentro haya cosas vivas. Digo posible porque hace unos meses un guardián metió la mano sin querer, y cuando la sacó, le faltaba un dedo. Después del foso viene un dispositivo de alambradas, enseguida otro muro. Unos quince años atrás un recluso llegó hasta ahí, antes de que lo descubrieran los perros. El muro tiene ahora un reflector cada quince metros, una ametrallado­ra cada cincuenta. No existen horas fijas para cambiar la guardia. Detrás de este muro no hay nada, es decir, un talud de césped con flores, que se ve muy lindo desde afuera. ¿Quiere consultar los planos?
-No pienso escaparme -contestó Arias.
-Error -dijo el funcionario. Es natural que trate de escaparse, pero también es imposible. Para serle franco, preferimos a los penados que piensan en la fuga, son los más tranquilos, los que mejor trabajan, jamás intervienen en un desorden. Llegamos a estimular algunas tentati­vas, hasta cierto punto.
-¿Hasta dónde?
-En este momento -apoyó un dedo en el plano-, siete penados del pa­bellón C están cavando un túnel. Llevan cuatro meses en eso. El túnel -deslizó el dedo- ya llega hasta aquí. Va­mos a pararlo -otro movimiento del dedo- aquí.
-¿Y si yo les cuento? -preguntó Arias.
El director enarcó una ceja.
-Es lo mismo. Ninguno de ellos cree realmente que yo lo ignoro. Necesitan un motivo para vivir, ¿comprende?

3[2]

Arias trató de volverse loco. Ayunó días enteros, se re­sistió a dormir, ensayó largas risas sin objeto, obligó a su cara a sostenidas muecas de idiotez. Cuando esto fraca­só hizo mentalmente una lista de las cosas que todavía le importaban. Eran pocas: la Virgen de Luján, la bande­ra nacional, una vecina del barrio, el Racing Club. Len­tamente empezó a demolerlas: al Botasso verde que re­cortaba en la Crítica lo agujereaban por todas partes, le rompían el travesaño, le perforaban la red; lo goleaban de taquito, de chilena, de palomita. Cherro lo cabecea­ba, Bernabé lo demolía de un taponazo. ¡Cortina metáli­ca! A veces Arias gritaba "¡No, no!", pero era inútil, una gambeta triunfal se había colado tras la línea de cal, y el incursor sacaba pecho y miraba sobrador al arquero, co­mo diciendo "No me atropelle". La Virgen, que también era la vecina inaccesible, gozaba como una sirvienta en brazos del cantor de barrio, y así todos los respetos se despeñaban en esquirlas celestes y blancas.Consiguió un espejo. Se miraba horas y horas hasta hipnotizarse, sus ojos se perdían en sus ojos, un mar gris en otro mar de niebla y de esperanza, se agarraba a sí mismo por las orejas y se sumergía, hasta que ambos re­flotaban, sin aliento.


[1] Original de dos páginas (escritas entre el 3 y el 6 de marzo de 1965), muy corregido. Fuente: Rodolfo Walsh. Ese hombre y otros papeles personales. Buenos Aires, Seix Barral, 1996 (edición a cargo de Daniel Link)

[2] Al margen, manuscrito: "Hilvanar cada chapitre, hacer un coso só­lido".

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