Los impresentables
sábado, 21 de junio de 2025
¡Volvé, Cristina!
sábado, 13 de marzo de 2021
La campaña electoral ha terminado
Por Daniel Link para Perfil
Hoy mi mamá (86) recibió la segunda dosis de su vacuna rusa. El sábado pasado murió de COVID un tío mío, que no había alcanzado a vacunarse. La madre de una amiga (que vive en Barcelona pero viajó con urgencia) está desde hace semanas en terapia intensiva con pronóstico incierto, sin vacuna. La madre de otra amiga tuvo COVID, pero como había alcanzado a darse la primera dosis, la infección fue leve. Son los casos más cercanos, que agotan más o menos todas las posibilidades combinatorias entre edad de riesgo e inmunización. Seguramente se multiplican por cientos y por miles.
Eso permite evaluar los altísimos niveles de angustia de la población ante el quimérico y errático plan de vacunación que se nos ha impuesto, plagado de posiciones estratégicas y de escasez de dosis.
El plan de vacunación ha sufrido un golpe mortal de credibilidad en las últimas semanas y, lejos de revertirse, cada día que pasa muestra más agujeros, más arbitrariedades y más deshumanización por parte de quienes son los encargados de administrarlo.
Cada vacuna mal asignada cuesta una vida en alguna parte, y no se sabe cómo hay gente que es capaz de minimizar semejante ecuación. ¿Será que, como el bello Moyano, piensan que todo el asunto es un poco psicosomático?
Beatriz Sarlo (con una generosidad que yo no comparto) dijo que quienes vulneraron el orden de prioridades deben de estar viviendo “un infierno ético”. Lo más probable es que ni siquiera. No porque sean personajes entregados al Mal absoluto, sino por frivolidad.
Puesto a imaginar cómo fueron capaces de anteponerse a si mismos por encima de los demás tampoco creo que el miedo ante la propia enfermedad haya sido el único motor. Seguramente habían confiado en las promesas gubernamentales: durante el verano íbamos a tener decenas de millones de dosis disponibles. Si iba a ser así, no era tan grave saltearse un lugar en la fila y privilegiar los propios 30 años de edad, con una mínima relación con la burocracia partidaria, antes que los más de 70 de cualquier jubilado de quien, por lo general, nadie se entera ni lo que piensa ni lo que sufre.
Por razones bastante incomprensibles, sin embargo, esas dosis no llegaron ni llegarán antes del inminente otoño lo que, lejos de provocar la indignación de los estratégicos aumentará sólo su codicia: lo poco que venga será para los happy few, antes de que empiece el manoseo propio de la campaña electoral.
lunes, 23 de marzo de 2020
Diario de la peste, día 7
En estos días terminó el neoliberalismo, tal como lo conocíamos, y no nos dieron tiempo de cantar en su entierro.
La afirmación debe entenderse en toda su magnitud: Europa suspendió (dicen que temporariamente, pero esperemos que sea para siempre) el llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Es la primera vez que esa "cláusula de escape general" es aplicada desde la existencia de la Constitución Europea.
En USA, Trump ha prometido liberar una cantidad todavía indefinida de millones de dólares para paliar los efectos de la pandemia y el G20 autoriza a hacer "lo que haga falta".
Lo que debería terminar es un régimen insensato de acumulación indefinida que no sólo ha creado inmensas cantidades de desigualdad sino que ha puesto al planeta al borde mismo del colapso.
Mi amiga A.C. no cesa de mandarme imágenes de animales que recuperan espacios que habían perdido: los ciervos de Junín de los Andes, los elefantes borrachos de China, los jabalíes en las calles de Francia, los delfines en los puertos italianos y, por supuesto, los cisnes en la laguna de Venecia. Dicen que los niveles de CO2 han disminuido drásticamente y que la curva del calentamiento global ha dejado de crecer.
Los italianos recuperaron el viejo proyecto de una "Constitución (política) de la Tierra" y fundaron la Scuola “Costituente Terra” en la Biblioteca Vallicelliana a Roma (piazza della Chiesa Nuova 18). Una línea para investigar (nos acusarán de líricos, pero esperemos que no de frívolos).
Entre nosotres, el crujir y el crepitar de las formas actuales del capitalismo fue recibido con una algarabía vaga, que carece de toda hipótesis de futuro. Yo pienso al menos, que podremos librarnos de la protesta frívola contra el "neoliberalismo" de aquellos y aquellas que consideraron que esa propuesta era todo lo que podía hacerse para mejorar la cualidad de las condiciones de existencia comunes.
El gobierno decidió correctamente aceitar la maquinita de imprimir y darle a lo bicho a la distribución de moneda mientras algunos empezaban a pronosticar el regreso de los patacones. Mucho más gravemente decidió, hoy 24 de marzo, día de la conmemoración del trauma político más intenso que los argentinos hayamos vivido, para sacar el ejército a la calle:
La razón puede ser noble pero una vez despejada ésta del horizonte, ¿qué nos impediría recurrir a las FFAA para que repriman futuras "irregularidades" (digamos: los "estallidos" en el conurbano)?
Uno de mis colaboradores más cercanos, cuyo proceso de deterioro intelectual me alarma, me contesta, cuando le reprocho su aquiescencia a la militarización de la sociedad ("Lo que digo es que aca sin cierto ordenamiento del estado vamos muertos. Y no por el virus. Yo no tengo problema con tal de que sea un tiempo.") me contesta: "Por eso hace rato que me vendí a la frivolidad".
A estupideces así es imposible contestar nada. Como tampoco es posible contestar nada a quienes siguen comentando el "derrape" de Agamben sin haber entendido una sola línea de sus libros (o, llegado el caso, de los de Esposito o de Franco Berardi).
Que el liberalismo haya tocado su límite no implica que inmediatamente lo haya tocado la forma política con él asociada, la democracia republicana.
Podemos objetar el formalismo burgués, naturalmente, pero no para dejar el gobierno de nuestras vidas en manos de una alianza impensada de camporistas y generales.
Mientras Alberto Fernández, el que no se cansó de recordar al Cristo del "Nunca más", se vuelve cada vez más incomprensible, los otros toman por asalto el antiguo trono de Rosas.
Me voy a colgar un pañuelo blanco del portón.
(continúa)
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