sábado, 21 de noviembre de 2020
Una cancelación por acá
Por Daniel Link para Perfil
El Manifiesto de la revista argentina de vanguardia Martín Fierro (1924) terminaba con una apelación más marketinera que vanguardista: “¡Colabore Ud. con “Martín Fierro”! ¡Suscríbase Ud. a “Martín Fierro”!” (¿alguien recuerda otro manifiesto de vanguardia que pidiera plata a sus lectores?). El manifiesto lo redactó Oliverio Girondo, cuyos versos todavía tienen alguna gracia. En la revista escribieron también Jorge Borges, Ramón Gómez de la Serna, Evar Méndez, Norah Lange y publicaron sus dibujos Emilio Pettoruti y Xul Solar.
Una maestra mía, la Seño Beatriz, acuñó la expresión “criollismo urbano de vanguardia” para referirse a ese mazacote de arrogancia, xenofobia y racismo. Otra maestra mía subrayó en el último párrafo un error. El texto dice que Martín Fierro “rectifica para él, la sospecha de que hay muchos más negros de lo que se cree”. Debería decir: ratifica. Y ese error, nos decía la Seño Elvira, era el rastro de un esfuerzo para resolver un problema ideológico.
Los “negros” de los que parece hablar la revista son los que se encandilan con cualquier cosa. Pero luego dice: “Martín Fierro sólo aprecia a los negros y a los blancos que son realmente negros o blancos y no pretenden en lo más mínimo cambiar de color”. O sea: los que saben cuál es su lugar. Pero después me enteré de que a partir de 1874, en los Carnavales, había jóvenes blancos que se disfrazaban de negros para bailar el candombe (se los llamaba “lubolos”). Y, al revés, hubo un poeta afroagentino, Horacio de Mendizábal, que acarició el sueño de llegar a Presidente. ¿A quién se le ocurre?
De modo que el asco que siempre me dieron los martinfierristas ahora adquiere un nuevo estatuto: no sólo fueron xenófobos, racistas y oportunistas sino también transfóbicos (enemigos de lo transracial).
No creo que haya que “cancelar” Martín Fierro, sin embargo. Que se estudie en las escuelas y se sepa lo que fueron como grupo.
miércoles, 18 de noviembre de 2020
Anarchivismo y desacato
lunes, 16 de noviembre de 2020
Cartulina (2005-2020)
El domingo pasado (¡ayer!) había tenido una crisis respiratoria ("los domingos pasa todo", nos había advertido Estefania, su veterinaria de cabecera). Nos asustamos bastante y llamamos a Martín, el otro veterinario. Nos aconsejó que le duplicáramos la dosis de antihistamínicos y diuréticos que le veníamos aplicando desde hacía diez días.
La crisis pasó pero era evidente que Cartulina, nuestra rusita azul, la gata más buena del mundo, ya no aguantaba más. Le pedí que nos hiciera un último favor (en quince años fueron tantos que sería imposible contarlos): que pasara la noche tranquila y yo le prometía que hoy lunes ya ibamos a dejar de molestarla.
Me hizo caso, y durmió toda la noche relajada, entre nosotros. Yo elegí velar su sueño, y por suerte justo habían estrenado The Crown, de modo que podía seguir superficialmente la serie, en maratón nocturna.
Esta mañana hablamos con los veterinarios y nos dijeron que nos esperaban. Ella se tomó su tiempo y todavía quiso ir a mearles las piedritas y a comerles la comida a los gatos de mi mamá antes de subir al auto. En la veterinaria, le canté mientras le daban un calmante antes de la inyección letal (me salió "Duerme, negrita", totalmente inadecuado). Después ya no quise ver cómo su cuerpo se transformaba en otra cosa.
Le dije, también, que cuando llegara al cielo de los gatos preguntara por los gatos Molloy (Cartulina no era muy lectora, pero nos oyó hablar mil veces de los mil gatos de Sylvia y ella eligió fotografiarse la mayoría de las veces con Cartu). Eso fue un error, ahora me doy cuenta, porque es seguro que los gatos Molloy maúllan en inglés o en irlandés y Cartulina nunca tuvo cerebro para los idiomas.
Pero seguro que va a encontrarse con Rorro Palmeiro, con los gatos de María Moreno, con la gata de Laura y Martín, con Irma, la gatita de Mariano López o con Sabático, nuestro gato que murió en batalla, o con Piqui. Con Mía, la primera gata mala de mi mamá no creo que se encuentre porque está en el infierno.Fue feliz en estos quince años, y nos dio tanto amor como el que le dimos nosotros. Cartu: te pido disculpas por haberte obligado a pasar un domingo en crisis. No sabíamos... Fuimos egoístas.
Volvimos a la quinta e hicimos un pozo detrás de las plantas de frambuesas. Nos habían preparado un balde con cal para que los perros no fueran a escarbar la tierra. Niro, nuestro "gran danette" (en la libreta sanitaria le pusieron "gran danés", no entendemos por qué), su mejor amigo, de todos modos, no para de buscarla, olfateando todo el terreno.
Te veremos en nuestros sueños. Descansá en paz.
La mujer araña ataca de nuevo
¿Por qué los libros del Siglo XX siguen siendo nuestros clásicos?
Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. ¿Qué novela de Manuel Puig nos conviene incluir en ese selecto grupo de libros que todavía, milagrosamente, hablan nuestro tiempo? Probemos con El beso de la mujer araña.
Por Daniel Link para Perfil Cultura
Juan Manuel Puig Delledonne (General Villegas, Provincia de Buenos Aires, 28 de diciembre de 1932) nació en la madrugada del día de los Santos Inocentes en un pueblo asfixiante de la provincia de Buenos Aires. A partir de sus trece años, se instaló con su familia en Buenos Aires para hacer su bachillerato en el colegio Ward de Ramos Mejía. Después, intentó cursar estudios de Arquitectura y Filosofía y Letras y frecuentó las aulas de la Alianza, el British Institute y la Dante Alighieri, de donde surgiría una beca que le cambiaría la vida. A partir de 1956 se instaló en Roma, estudiando en el Centro Sperimentale di Cinematografia. En Italia, encontró a Cinecittà entregada a la pasión por lo Real, el neorrealismo para el que "sólo contaba el conocimiento de la realidad". Bien pronto quedó claro para el joven que añoraba los gestos del período clásico de la cinematografía que sus guiones no iban a encontrar una ecología propicia para transformarse en películas.
Todas las novelas de Manuel Puig son obras maestras. Todas ellas, tienen, además, un modelo libresco. La traición de Rita Hayworth tematiza la vida pueblerina, "un sistema machista total" que produce formas de odio y de muerte. Hay, en esa novela familiar, un instante de identificación con la ficción glamorosa del cine clásico. Pero luego hay un instante de distanciamiento garantizado por la forma novelesca. Una vez, Puig hojeó el Ulises de Joyce y vio que cada capítulo tenía un estilo diferente y decidió que esa mezcla le convenía a La traición. Boquitas pintadas, su segunda novela, toma a La montaña mágica como referencia y al espacio cerrado de la enfermedad (la tuberculosis) como ecología amorosa. Formas de podredumbre (es decir, de hipocresía).
Una y otra vez, de acuerdo con su programa maníaco, Puig se obliga a vivir en esos universos terroristas (donde el terror a lo viviente son la norma) y a sostener esas voces de la discriminación y el odio. ¿Cómo vivir juntos en el pueblo, en la enfermedad, en el mundillo del arte, en la ciudad, en la cárcel o en el cine? ¿Cómo sobrevivir en el mundo sin la asistencia de esos fantasmas benévolos que nos acompañan y nos reconfortan? "Pasión por lo real": así llaman los filósofos a ese deseo de destrucción y de catástrofe que recorrio el siglo XX como una sombra desoladora. Puig fue el más consecuente enemigo de esa pasión que no hizo sino producir formas de muerte.
El programa Puig se deja leer completo desde su primera novela: la renuncia al lugar del supuesto saber narrativo, la identificación total con los personajes. No es que los personajes representen a Puig (porque compartan su lenguaje y sus gustos). Es él quien ha decidido compartir con ellos el universo que habitan (sea éste cual fuere). Jamás la literatura fue tan lejos en una exposición del mundo tan respetuosa de las formas de vida y tan solidaria con quienes estaban, efectivamente, presos del mundo.
La literatura nunca fue para Puig una máquina de hacer novelas sino, sobre todo, un dispositivo ético: la manera de analizar (postular, rechazar) formas de vida y formas de vivir juntos. Imaginada entre Roma, Nueva York, México, Río de Janeiro y Buenos Aires, durante los años en que todas las revoluciones parecían al alcance de la mano, la obra de Puig es el despliegue obsesivo y sistemático de una misma y única pregunta: ¿cómo vivir juntos? El beso de la mujer araña (publicada en Barcelona en septiembre de 1976) es tal vez la novela más dogmática de Puig, y la de mecanismo narrativo más complejo. El modelo es obviamente Las mil y una noches, donde cada historia vale por un día más.
La novela encuentra a comienzos de 1975 a Valentín Arregui Paz, un militante de 26 años (ebrio de deseo de justicia), en una celda a la que ha sido trasladado Luis Alberto Molina (37 años, vidrierista y condenado en una causa por abuso de menores, protegido de Parisi, amigo del director de la cárcel). Molina ha sido trasladado a esa celda con el objetivo de que obtenga de Valentín detalles sobre la organización política de la que participa, que la tortura no ha podido arrancarle en el ya largo tiempo durante el que ha estado detenido. Molina está dispuesto a todo, incluso a traicionar las confidencias de su compañero de celda, para poder salir de la cárcel para cuidar de su madre enferma.
El beso de la mujer araña pone a coexistir dos comunidades más o menos inconfesables: la militancia (que no puede decir su nombre por razones estratégicas) y la homosexualidad (que no osa decir su nombre por razones ontológicas: no hay, y nunca habrá, identidad sexual posible). En ese petit comité carcelario circulan tres deseos: el deseo de belleza, el deseo de justicia y el deseo de verdad (y esos deseos, dice Puig, son el Bien). "Si estamos en esta celda juntos mejor es que nos comprendamos, y yo de gente de tus inclinaciones sé muy poco", dice uno de los personajes. No importa, en rigor, cuál, porque lo que importa es la coincidencia "en esta celda juntos": es la celda lo que establece el punto de juntura entre personas cuyas inclinaciones son tan misteriosas para el otro que cada diálogo, que comienza con una secuencia de encantamiento cinematográfico (o un fragmento de vida que se escucha igual que una película) se resuelve en una discusión antropológica para principiantes: "qué es ser hombre, para vos".
A los habituales intercambios conversacionales y a la reproducción de documentación (informes de la policía), Puig agrega en este caso notas al pie que reproducen el kitsch cientificista y psicologizante de las torpes teorías sobre la sexualidad humana. Frente al loco deseo de belleza que se escucha en la voz de Molina, un desesperado deseo de verdad que viene desde el fondo de la página. Puig inventa para esas notas a una doctora danesa, Anneli Taube, a quien le presta sus ideas para polemizar con el Frente de Liberación Homosexual (el niño sensible se aparta deliberada y estrategicamente del universo héteropatriarcal que la figura del padre le propone).
El beso de la mujer araña permanece y su mundo se mezcla con la nuestro: su perspectiva y la nuestra se confunden, y esa confusión se funda la excentricidad del dispositivo. Excéntrico, populista: ése el Puig al que cada tanto vuelvo con el mismo placer que sentí la primera vez que lo leí y cada vez encuentro cosas nuevas.
Por supuesto, cualquiera sabe que el sentido de un texto está incompleto hasta que encuentra a sus lectores. Lo que yo había interpretado (junto con otros) como una cárcel imaginaria sustentada en “el penoso teorema de la inversión: anima muliebri virile corpore inclusa” bien podría leerse hoy, más de cuarenta años después, como una teoría ya no sobre la sexualidad sino sobre todo de las identidades trans. ¿Acaso no se presenta Molina de ese modo?: ““Yo y mis amigas somos mujer. Esos jueguitos no nos gustan, esas son cosas de homosexuales. Nosotras somos mujeres normales que nos acostamos con hombres” (para quien quiera seguir esta pista, el asunto estaba planteado, casi literalmente, y Puig lo sabía, en Roberto Arlt).
A medida que El beso de la mujer araña fue instalándose con comodidad creciente en esa avenida de sentido imprevista por lectores previos se desanudó absolutamente de sus tiempos y vino a comentar los nuestros. No hay tantos textos que consigan algo semejante.
sábado, 14 de noviembre de 2020
Educación y cultura
Por Daniel Link para Perfil
Hemos deplorado la separación gubernamental entre educación y cultura, que es un combo tanto más armónico que cultura y turismo, por poner sólo un ejemplo.
¿No es la educación lo que garantiza el acceso a la cultura? ¿No es, acaso, el cultivo de las mejores potencias de las personas aquello que debería constituir el norte del sistema educativo?
Pero es inútil subrayar un diferendo contra esa ya larga desasociación cuyos efectos, sin embargo, son cada vez más alarmantes. Pongo un ejemplo.
En estas últimas semanas se discutió bastante el “Proyecto Artigas”, patrocinado por Juan Grabois, entre otros. La prensa porteña festejó con algarabía su “derrota” (fue la palabra que el propio Grabois utilizó) en el episodio Etchebehere, pero más allá de ironizar sobre la moda que ponía en primer plano a un prócer casi desconocido en Argentina, no abundó en caracterizar ese nombre, Artigas, y su papel en las luchas de la independencia y la constitución de las repúblicas sudamericanas.
No es sorprendente: la incultura va de la mano de la deseducación.
Oficial del cuerpo de Blandengues, José Gervasio Artigas (Montevideo, 1764-Asunción, 1950) luchó contra los ingleses, los portugueses y los españoles. El 29 de junio de 1815 lideró en Concepción de Uruguay la primera Declaración de Independencia (Congreso de Oriente o de los Pueblos Libres). Gauchos, guaraníes, negros y mestizos constituían la base social de la revolución que promovía Artigas.
Antes, había rechazado la resignación de la Banda Oriental a los realistas por parte del Primer Triunvirato y había enviado representantes a la Asamblea del Año XIII con instrucciones de reclamar la Independencia absoluta de España, organizar el estado federalmente y fijar la capital fuera de Buenos Aires, ese nido de serpientes. Los representantes de la Logia Lautaro en la Asamblea (liderados por Alvear) rechazaron a los delegados de Artigas.
Desde 1814 Artigas estuvo en guerra contra el Directorio porteño. No era para menos: su federalismo proponía la recuperación de los antiguos fueros de las autoridades comunales, integradas al gobierno nacional, y abogaba por la expropiación de la tierra a los terratenientes para distribuirla con criterios según los cuales “los más infelices serán los más privilegiados” (negros libres, zambos, indios y criollos pobres).
El Directorio unitario no sólo le mandó tropas, sino que permitió al Imperio Portugués la invasión de la Banda Oriental (1816).
Derrotado, Artigas se refugió en Entre Ríos, donde todavía debió sufrir la traición de Francisco Ramírez. Murió en el exilio paraguayo.
La reasociación de educación y cultura serviría al menos para discutir el destino más justo para la tierra cultivada y para decidir a qué proyecto (del pasado y del futuro) se adhiere, con la necesaria distancia crítica que la educación provee.
miércoles, 11 de noviembre de 2020
Halcones y palomas
por Daniel Link para Perfil
Tal vez haya algo que se me escapa pero no puedo entender la antipatía que ciertos sectores políticos ostentan contra las compañías low cost y contra el aeropuerto de Palomar.
Lo primero es respetar las regulaciones comerciales y sanitarias y establecer los controles necesarios para garantizar el correcto funcionamiento de los aviones y del aeropuerto. Pero el asunto no parece pasar por ese lado sino directamente por un principio trascendental (cuyos fundamentos se me escapan) contra cualquiera otra compañía que no sea Aerolíneas Argentinas, lo que es no sólo un disparate sino sobre todo un abierto castigo a los posibles beneficiarios de los vuelos de otras aerolíneas. Después de todo, uno quiere volar lo más cómodamente posible y por el menor precio disponible y punto. Volar por Lan (cosa que creo que ya no podremos hacer) no me parece equivalente a pegarle a la esposa o faltarle el respeto a la madre, como parece ser el caso.
Yo he usado muchas compañías low cost en Europa. Todas, siempre, me resultaron más baratas y además muchas veces unen de forma directa ciudades que las grandes aerolíneas de bandera no conectan (por ejemplo, viajé de Antalya a Leipzig en un vuelo directo).
En Argentina nunca tomé ninguna low cost porque no se me presentó la oportunidad y, por lo tanto, no conozco el aeródromo del Palomar, que ahora los halcones han puesto en su mira. Me da bronca, porque va a convertirse en uno de esos míticos lugares malogrados del que todo el mundo escuchó el nombre pero nadie conoce.
Parece que a los sindicatos aeronáuticos les molesta el Palomar. Insisto que el asunto no puede resolverse sencillamente mediante una cancelación: hay un problema, cerremos el aeropuerto y obliguemos a las compañías que en él operan a que se vayan. Es como si, porque hubo una serie de choques en una autopista la cerraran o como si, porque hay muchas tomas en el Conurbano, la policía saliera a cuidar terrenos baldíos de noche (ah no, cierto: es verdad que eso lo están haciendo).
Si yo tuviera mañana que volar, digamos, a San Rafael (Mendoza) me gustaría comparar los vuelos disponibles y, dado que estoy viviendo donde en este momento estoy viviendo, si hubiera un vuelo desde Palomar me quedaría mucho más cómodo que salir de cualquier otro aeropuerto.
Me parece que la gente que anda metida en los asuntos regulatorios en su vida tomó un vuelo low cost y no sabe los beneficios que implican.
Una charla con Mauri
martes, 10 de noviembre de 2020
El artista del momento
En instantes... se acaban las localidades para la charla de mañana
sábado, 31 de octubre de 2020
Toque de quena
Por Daniel Link para Perfil
El malhadado año bisiesto se nos escapó de entre los dedos y ya estamos a las puertas del verano. Habrá que devolver las resrvas anticipadas o guardarlas para más adelante. No sé cómo se nos ocurrió que íbamos a poder tomar algún avión, o lo que fuera.
Lo único que nos queda en el horizonte es agarrar el auto y salir a la ruta, encapsulados. ¿Con qué destino? ¿Qué no conocemos?
Mi marido no conoce Cataratas. A ninguno de los dos nos seduce demasiado el sur. Pero a donde vayamos habrá que prever al menos tres días de ida y otros tantos de vuelta. ¿Y si fuéramos a Mendoza, nos dejarían cruzar San Luis? Sabrán los señores feudales de aquellos lares... mejor es no arriesgarse.
Otra opción sería la Puna, las Quebradas, las salinas, los campos de Piedra Pómez, la Sierra de Cachi, la Quebrada del Toro, los conos de lava petrificada, las lagunas lechosas donde toman agua los flamencos y las inmensas altas pampas donde pastan las vicuñas.
Así dicho suena hermoso, pero hay que llegar hasta allá, calcular los costos (altísimos) y confiarse a la buena voluntad de los caminos, los lugareños y las políticas sanitarias provinciales.
Córdoba, que es como lo más a mano (en cuanto a costos y a deseo), estará aparentemente cerrado al turismo “externo”.
Nos damos cuenta de que el programa “Previaje” es, al fin de cuentas, una de las tantas ilusiones en las que nos tienen. Octubre ya terminó y no hemos podido planear nada.
viernes, 30 de octubre de 2020
¡Me voy al campo!
martes, 27 de octubre de 2020
Cerrado por inactividad
"El apoyo del Papa a las uniones civiles no es una aprobación de la actividad homosexual" señala el también prefecto de la comisión para la protección de menores del Vaticano en unas declaraciones el pasado 22 de octubre que fueron publicadas en la página del arzobispo de la diócesis de Boston (EEUU). (Fuente https://www.perfil.com/noticias/internacional/arzobispo-de-boston-aclara-que-el-papa-francisco-no-aprobo-la-actividad-homosexual.phtml).
sábado, 24 de octubre de 2020
Eppur si muove
Por Daniel Link para Perfil
Estoy exhausto. Cada una de las grietas en las que vivimos nos obligan a tomar decisiones de profundísimo alcance. Grietas hubo siempre, pero antes no eran tan infinitesimales como ahora. En el debate entre geocentristas y heliocentristas era tan fácil (aunque peligroso) colocarse como en la querella entre evolucionistas y creacionistas. Todo era una cuestión de racionalidad y cultura. Una vez adoptada la posición ya se sabía con quién iba a ir uno a cenar o al teatro.
¡Ni que hablar si hubieramos sido convocados a tomar partido por los antiguos o los modernos! Por más melancolía que nos provoquen las cosas viejas siempre íbamos a estar con los modernos (al menos, hasta que nos volvimos viejos).
Pero todo es cansador: llegamos a tomar partido en el sordo debate entre objetivismo y subjetivismo o en el subsidiario realismo vs. nominalismo por el poder del nombre y por lo tanto, de la palabra como fundadora de las cosas.
Con el perspectivismo no nos fue tan bien, porque nos acusaron (por izquierda) de liberales trasnochados (por eso del pluralismo mediático y el multiculturalismo integrador). Por fortuna pudimos argumentar contra el relativismo nihilista del “segual” y nos quedamos instalados en el perspectivismo multinatural.
Entre el empirismo y el idealismo estuvimos desgarrados durante mucho tiempo hasta que Gilles Deleuze nos regaló el empirismo trascendental. Sólo por eso, amor eterno.
Desde entonces, siempre es mejor encontrar una salida a toda dicotomía rígida. Entre innatistas y culturalistas, ¿qué duda cabe? Aunque despreciemos la cultura actual, no podemos negarle el papel de formadora de individualidades y subjetividades.
Hasta que... ay... tuvimos que responder la pregunta de si puto se nace o se hace. Si la putez es un efecto de la historia (una desviación, digamos, del recto camino), abríamos la puerta para que los correctores de la sexualidad intervinieran con sus patrañas viles.
Entonces, somos culturalistas pero hasta cierto punto donde afirmamos lo innato de ciertas inclinaciones (las óperas de Richard Strauss, el arte del bordado, el San Sebastián que Miguel Angel pintó en la Capilla Sixtina, usté me entiende) pero no la tendencia golpeadora del macho.
¿Y sobre la prostitución? ¿Abolicionistas o regulacionistas? (ya una vez en una cena de “amigs” me apedrearon entre tods por mi posición).
Ya ven que cada operación supone un desgaste mental que en estos días llega a la niebla cerebral. ¿Peronismo o antiperonismo? (ambas opciones son la misma, en última instancia, con diferente afecto). ¿Peronismo de derecha o peronismo revolucionario? Como soy exterior al movimiento, ahí me pierdo. ¿Kirchnerismo o albertismo?
Esperen... estoy tratando de llegar a algo.
¿Salud o economía? ¿Salud o educación? (obviamente, la salud sin educación no tiene futuro: vean Matrix o cualquier engendro semejante o, mejor lean Nunca me abandones de Ishiguro).
Hoy en el diario leo que hay un conflicto entre Juan Grabois y la familia Etchevehere: ¿Grabois o Etchevehere? ¿Francia o la Vasconia? No, no, no podemos apresurarnos, el asunto es más sutil: Dolores Etchevehere o Luis Miguel Etchevehere (¡Dios nos libre!)? ¿Donación o usurpación?
En Mataderos, parece, la cosa se puso fulera entre vegans y carnicers. Obvio que los chicos y chicas vestids de negro que iban a despedir al ganado antes de entrar al matadero merecen nuestra simpatía. Pero yo hoy almorcé un ojo de bife con ensalada. No sé, creo que nos están pidiendo demasiado.
Entre presencialidad y virtualidad, yo ya elegí presencialidad (aunque no pueda ejercerla). Entre trabajo y subsidio, creo que es mejor el trabajo. Entre River y Boca, opté por San Lorenzo después de ser padre (para no alimentar tensiones entre mis hijos, cada uno de un bando enemigo).
Demasiados trascendentales para tanta ignorancia como la que tenemos hoy por hoy entre nosotrs. Entre trascendencia e inmanencia, yo ya opté por la inmanencia hace ya bastante, así que no me jodan más con tantos binarismos berretas.
Después de todo, detrás de todo mal dilema, siempre hay un buen trilema y la política del “casi”: adherir casi a algo.
lunes, 19 de octubre de 2020
Locas de archivo
por Daniel Link para Soy
Todo comenzó en el archivo visual más a la mano del espectador televisivo, Netflix. Allí se estrenó la película The Boys in the Band, producida por Ryan Murphy, estelarizada por un grupo de actores abiertamente gay (Jim Parsons, Zachary Quinto, Matt Bomer, Andrew Rannells, Charlie Carver, Robin de Jesús, Brian Hutchison, Michael Washington y Tuc Watkins) y desparejamente eficaces en sus perfomances.
La película está basada en la pieza del mismo nombre de Mart Crowley, quien la estrenó en el circuito off broadway en 1968, antes de que los disturbios de Stonewall se trasformaran en una conflagración fundadora de la militancia gay global.
Dos años después, William Friedkin dirigió la primera versión cinematográfica de la pieza, que esta producción sigue prácticamente plano por plano (salvo el episodio de la tormenta, que es muy distinto). Afortunadamente, el film está disponible en ese otro archivo un poco más especializado, Vimeo (bajo el número 333642754).
En Buenos Aires, la pieza teatral se estrenó el viernes 24 de abril de 1970 en el teatro Odeón con el nombre Extraño clan, dirigida por Román Viñoly Barrete y elenco integrado por Alberto Argibay, Gianni Lunadei, Oscar Ferrigno, Enrique Fava y José María Langlais. Dos días después, el domingo 26, la obra fue prohibida por decreto municipal. En su edición del 30 de abril de 1976, la revista Gente deploró la censura, no sin subrayar que la pieza no es en absoluta apologética sino, por el contrario, bien moralizante (“trata un problema existente”).
En 1972 también se prohibió la exhibición de la película de Friedkin, que pudo verse recién a finales de 1973, en el cine Ideal (¿será por esa marca pecaminosa que luego mutó en cine porno?).
Conocemos estos datos preciosos gracias a Jorge Luis Peralta, quien nos regala además dos documentos de “lectura”: la crítica publicada en el diario Noticias (“un modelo de película conformista, declamatoria, llena de golpes bajos. Y para colmo, aburrida.”) y una gacetilla del grupo Eros del FLH (cuya autoría atribuye verosímilmente a Néstor Perlongher). Todos estos documentos (y un análisis brillante del conjunto a cargo de Peralta) pueden verse en el sitio de archivo en línea Moléculas Malucas.
Como se ve, la posibilidad de la loca no se mide ya en relación con un hipotético armario del que estaría presa o liberada, sino respecto de un sistema de archivo.
Sería difícil entender el sentido de The Boys in the Band en Netflix sino como el despliegue interesado de esos fragmentos de pasado: una intervención de archivo que recupera una memoria de la que sabíamos poco y nada.
Por supuesto, la trama abunda en estereotipos pasados de moda y en truculencias varias, pero también presenta intervalos de diálogo memorable. Pero sería inútil detenerse en estos aspectos porque ni la obra de teatro ni las películas (primera y segunda versión) hablan de nuestro presente sino las condiciones de posibilidad para sostener un discurso (eso es un archivo): del habla y del comportamiento de la loca podrá decirse cualquier cosa menos que sea poco sensible a las tensiones de los tiempos.
De modo que en la arqueología de la loca, el conjunto de tensiones y la distancia entre la revista Gente, el diario Noticias y la prosa de Perlongher (“Los homosexuales organizados denunciamos este nuevo intento de arrojar piedra sobre piedra, y de desalentarnos en nuestra vida amorosa y de relación, y de hacernos sentir indeseables o enfermos incurables. Nos negamos a ser idiotas útiles, cómplices de la destrucción de nuestras propias vidas”) encuentra en The Boys in the Band una pieza clave en la evolución de un pensamiento sobre lo queer, eso que ni entonces ni hoy puede imaginarse como una comunidad identitarias sino más bien como un sistema de complicidades y exclusiones.
Cómo funcionaba eso aún antes de que la militancia de Stonewall ocupara las calles merece un análisis pormenorizado que hoy podríamos hacer gracias al rescate de Ryan Murphy cuya ganancia, por una vez, es también la nuestra (aunque en otro plano completamente distinto, el puramente arqueológico).
sábado, 17 de octubre de 2020
Plan de fiesta
Por Daniel Link para Perfil
¡Hoy es día de fiesta y, literalmente, tiramos la casa por la ventana! Mi nieta Juana cumple tres años y aunque el último le tocó casi íntegro bajo el reinado del siniestro Gran Kan del encierro indefinido (lo que le ha dejado cicatrices caracterológicas que difícilmente se podrán corregir) hemos decidido festejar la circunstancia al aire libre: sacamos todas las mesas para que el número de diez participantes del festejo puedan acomodarse con la debida distancia social según los grupos familiares que integran.
A mi madre le armamos una burbuja plástica dentro de la galería, para que participe con la seguridad de que el Mal quede fuera de su alcance.
Han sido días de intensos preparativos. Dispusimos para los tres niños que serán en la fiesta una cama elástica a la que sólo podrán entrar acompañados siempre del mismo adulto, debidamente alcoholizado. Para las mesas hubo que encargar manteles nuevos de hule, cuyos diseños se sometieron a un comité estético. Aparentemente alguno debía combinar con la torta de Tainá.
La piñata recayó en mí. Demasiada violencia hay en el mundo para enseñarle a mi nieta a cagar a palos a un unicornio con el objetivo de que vomite premios. Por fortuna las hay reciclables, que se abren tirando de un hilo (nada fáciles de conseguir en pandemia). Y, por supuesto, tratándose de hijes de la new age terzamilenaria, nadie come caramelos ni chocolatinas. Sólo podemos rellenar la piñata con frutos secos, crayones y bocaditos de brócoli.
Independientemente de la torta encargada (con una ecologista brasileña indoamericana en su diseño) yo preparé mi budín de calabaza y una carrot cake (con azúcar de coco para disminuir el índice glucémico), sensiblementes magros en harinas transgénicas (ese otro veneno) y galones de limonada con jengibre y menta (endulzada con stevia).
Sé que en algún lado éste es un día peronista, pero no claudicaremos ante el tóxico choripan.
sábado, 10 de octubre de 2020
A punto de caramelo
Por Daniel Link para Perfil
Muchas veces nos hemos refugiado en la etimología de la palabra crisis, que viene de un verbo griego cuyo significado es, al mismo tiempo, cortar, separar y decidir.
La Argentina en particular y el mundo en general han llegado a esa situación crítica en la que es necesario interrumpir (el curso de los acontecimientos, la inercia del capitalismo extractivo, los autoritarismos) para ver cómo seguir.
Estamos en una situación singularísima cuya potencia no debemos desaprovechar. Y cuando uso la primera persona del plural quiero decir exactamente eso: no quienes gobiernan, no quienes obtienen rentabilidad a toda costa (que serían una tercera persona) sino nosotros y nosotras, quienes vivimos la fuerza de disolución de los vínculos comunitarios al borde mismo del agotamiento.
Señoras y señores, lo que es inviable debe ser cortado, no importa si se trata de una provincia (Buenos Aires), un conjunto general de gestos de gobierno (desde la soberbia de Trump al resentimiento de Maduro) o un régimen semiótico de producción que privilegia la técnica antes que la humanidad.
En 1909 E.M. Forster (¡sí, el de Pasaje a la India y Maurice!) publicó una historia breve llamada The machine stops (“La máquina se detiene”) que hoy deberíamos leer como un mandamiento. Antes de que la máquina (la inteligencia artificial, Internet: literalmente se trata de eso en el relato de Forster, en el cual las personas viven aisladas y provistas por la máquina capitalista) se haga pedazos y, con ella, todos los que la usan, convendría desenchufarla hasta tener en el horizonte un nuevo pacto civilizatorio.
Han pasado 111 años desde aquel llamamiento de Forster. La máquina funcionó a pleno durante ese tiempo y nos ha dejado al borde de un abismo inconmensurable. Si eso no es una crisis ante la cual conviene tomar una decisión drástica, no sé qué podría serlo.
Paremos la máquina antes de que sea demasiado tarde.
lunes, 5 de octubre de 2020
sábado, 3 de octubre de 2020
El amor absoluto
Por Daniel Link para Perfil
Cuando Sebastián y yo decidimos que podíamos vivir juntos, al poco tiempo una amiga encontró en las vías del tren una gata negra que nos ofreció como amuleto para la longevidad conyugal. Tita Merello (así llamada por su intensidad impar) es una gata de Bombay que gusta de los espacios elevados. Tardamos diez años en darnos cuenta de esa necesidad tan suya y entonces le armamos un sistema de estantes a la altura de los techos que ella disfruta como una pantera de la estepa, lo que no puede ser genético, porque es una raza inventada por unas viejas gateras de Kentucky, como homenaje al leopardo negro Bagheera de El libro de la Selva.
Como buena Bombay, Tita nos ama con una exclusividad renegrida y atormentada. No soporta estar sin nosotros y a cualquiera que se le acerque le tira arañazos y mordiscones crudelísimos. A nosotros, jamás.
Estoy seguro de que su carácter es, de alguna manera, responsable de las quemas medievales de mujeres progresistas (curanderas, aborteras, reparadoras de virgos), porque es la clase de gato cuya mirada puede abrir las puertas del inframundo. Las brujas eran carne y uña con los gatos negros (probablemente burmeses, antepasados de los Bombay).
De noche, cuando estamos viendo alguna película o por la mañana, cuando leo los diarios en el celular, Tita baja de sus dominios aéreos y desde la otra punta de la cama me mira fijamente hasta que no puedo más y tengo que llamarla a mi lado. A veces no me doy cuenta de inmediato de que me está mirando, pero mi cuerpo se siente expuesto a una fuerza intolerable.
Cuando tuvimos que decidir qué hacer con la gata en nuestros viajes laborales, decidimos adquirir para Tita (no para nosotros), una mascota que le hiciera compañía en nuestra ausencia. Cartulina vino a cumplir ese rol. Tita la maltrata sin misericordia alguna, lo que a Cartu le importa más bien poco. Cartulina es una rusa azul que parece tonta, pero cuya inteligencia social es infinitamente superior a la de Tita. Se lleva bien con todo el mundo, anda con los perros (a los que no teme), en suma: sufre menos.
Todas esas características a Tita la desesperan. Considera una frivolidad semejante entrega a lo social y una traición al amor exclusivo, que ella es capaz de llevar hasta su propia muerte (nunca querrá a nadie como a nosotros).
Maria Emilia, la gata que pretendimos incorporar a la manada hace unos años para completar la paleta (negra, gris y blanca) no murió por un pelo ante los sistemáticos ataques concertados de Tita y Cartulina. Tuvimos que regalársela a Albertina Carri, donde encontró una felicidad que estas gatas nuestras le negaron. Mientras Tita esté con nosotros, nos debemos a ella.
Después, las fauces del infierno se abrirán para nosotros.












