
miércoles, 16 de marzo de 2011
Bochinchera y ladina
martes, 15 de marzo de 2011
Ese polemista incansable
Es difícil borrar los recuerdos personales de esta despedida a David Viñas. Cuando regresó del exilio en 1983, aterrizó en Ezeiza sin un peso. Vivió unas semanas en la oficina de la revista Punto de Vista . A pulso, por escalera, subió ocho pisos la cama que alguien le había prestado, mientras gritaba: "¡Hermanita, allá vamos, como Cristo!". Tenía entonces más de cincuenta años (había nacido en 1927) y llegaba como un joven, sin nada, todo por delante.
Aunque, en realidad, detrás de sí había muchos libros, y uno fundamental para pensar la cultura en este país: Literatura argentina y realidad política , de 1964. Ese libro comienza en la revista Contorno , que fundó con su hermano Ismael en noviembre de 1953. La edición facsimilar, publicada por la Biblioteca Nacional en 2007, permite ver que esa revista fue un banco de pruebas del pensamiento político, de la crítica literaria y de la historia cultural de la generación de Viñas: en la primera página del primer número hay un artículo de Juan José Sebreli; escribieron en Contorno Noé Jitrik, León Rozitchner, Tulio Halperin Donghi, Ramón Alcalde, Carlos Correas y siempre, con su nombre o con diversos seudónimos, los dos hermanos Viñas. Contorno quiso ser una respuesta a Sur y lo fue para los que vinimos después, no porque atacara a Sur, sino porque leía otra literatura argentina, de otro modo.
El número 4 de Contorno , de diciembre de 1954, está dedicado a Martínez Estrada. David Viñas lo llama un "heterodoxo argentino". Definiendo a Martínez Estrada, Viñas se definía a sí mismo anticipadamente. Siempre fue un escritor nacional; siempre fue un heterodoxo. Hoy ya es posible decir que Viñas y Martínez Estrada son los dos grandes ensayistas ideólogos del siglo XX.
Literatura argentina y realidad política fue el libro de quienes comenzábamos a leer en los años 60. Inauguró temas: nadie que lo haya leído olvidará "La mirada a Europa: del viaje colonial al viaje estético" ni el ensayo sobre intelectuales y escritores profesionales en 1900. "Los dos ojos del romanticismo" sigue siendo uno de los grandes textos de la crítica y mucho más: una hipótesis sobre literatura e historia, ese par conceptual que nunca dejó de obsesionar a Viñas; una hipótesis sobre la mirada intelectual y la mirada estética, esas perspectivas que también lo obsesionaron siempre. Literatura argentina y realidad política fue una revelación. Durante décadas, esa revelación se repitió en las clases de Viñas, en Rosario, en Buenos Aires, en Dinamarca, en Estados Unidos. Un estudiante de medicina que lo había escuchado en Los Angeles me contó el efecto convulsionante de una conferencia suya: se entraba de un modo y se salía cambiado: abandonó la medicina para dedicarse a la literatura. No tengo dudas de ese poder iniciático y transformador porque muchos comprobamos su potencia. Traerlo a Viñas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en los años 60 fue un programa de máxima que no se alcanzó nunca. Llegó a esa facultad con la democracia, en 1984.
Pero antes se podía escuchar a Viñas en los bares o en las reuniones de grupos políticos. Fugazmente, militamos en el mismo partido, para el que Viñas dirigió una revista cuyo título, por cierto, había sido idea suya: La Comuna . Viñas discutía como si invariablemente el desenlace fuera definitivo y en él se jugara todo. Tenía una visión totalizante de lo que una discusión ponía en juego. Violento y arrollador, era, al mismo tiempo, democrático: discutía con quien tenía adelante, escuchaba a quien se sentara a su mesa, no establecía jerarquías de interlocutores. Flamígero y horizontal, valga el oxímoron.
Fue durante toda su vida un hombre de izquierda. Su origen familiar era radical (léase esa sólida novela Los dueños de la tierra , donde hay pistas familiares) y ese origen le trasmitió saberes nacionales, lo hizo baquiano de las tradiciones, las herencias y los linajes desde el siglo XIX. Odiaba como si los personajes del pasado continuaran su vida en el presente. Nunca dejó de criticar a Lugones, como si fuera un contemporáneo. Su gran libro Indios, ejércitos y fronteras
(1982) fue al mismo tiempo una quebrada alegoría de los crímenes estatales del siglo XX y una denuncia de los del siglo XIX. Era partidario, siempre. Pero Tulio Halperin Donghi lo citaba con respeto. Hizo del partidismo el impulso vital de sus investigaciones: no fue el obstáculo que temen los débiles, sino la fuerza que permite ver más a los inteligentes.
Nunca pudo leer a Borges. En 1981 nos dijo a Carlos Altamirano y a mí en un reportaje que fue el primero que se publicó en la Argentina posterior al golpe: "A mí, Borges no me interesaba". Un insulto al sentido común literario, que Viñas pronunció impertérrito. Borges no le interesaba y tampoco le interesaba una parte importante (fundamental) de la literatura argentina del siglo XX. En cambio, entendió a Roberto Arlt y a Sarmiento. Este es uno de los enigmas que Viñas deja abiertos. Habrá que responderlo, porque no es justo ni perspicaz decir superficialmente: allí estaban sus límites. Más bien habría que admitir que Viñas tenía una mirada penetrante y estrábica. No hay que coincidir con Viñas para reconocer que ese "Borges no me interesaba" encierra una cuestión que tiene pliegues más atractivos que la adhesión ciega a un parnaso literario. En las palabras de Viñas no hay simplemente ceguera sino una discusión estética profunda. No es necesario coincidir para entenderlas.
Su literatura era sencillamente no borgeana. La gran novela (cada uno marcará la que considera su gran novela) fue Cuerpo a cuerpo , publicada en México en 1979. Allí colocó a un general del ejército, una guerrillera, un periodista. Pero es mucho más que un relato sobre un militar y la violencia. Viñas escribió esa novela experimental casi a los cincuenta años, como si se tratara de un proyecto de juventud enloquecida. Basta hojearla para descubrir un texto extremo, fuera del mercado, fuera del horizonte de los lectores: pura literatura, cuando la literatura es pura precisamente por no serlo, por tragarse todo: ideología, política, sexualidad, perversión, violencia. Pura literatura que busca contaminarse con todo. Fue hombre de teatro, guionista de cine. Se ganó la vida con la escritura, aunque no hablaba de profesionalismo jamás.
Las novelas de Viñas tienen el sentido de lo material. Maestro del detalle, capta los ademanes y los tics, persigue los cuerpos en sus convulsiones y recovecos. No es un escritor típicamente realista porque siempre desborda, siempre escribe más de la medida. Careció, en verdad, de medida. Con los años, sus novelas se hicieron más desmesuradas; se sujetaron menos a cualquier regulación; amplificaron los parlamentos de sus personajes o redujeron los diálogos a tres o cuatro palabras. Viñas era un realista que abandonó las técnicas del realismo. En sus comienzos, había leído a Dos Passos, a Hemingway, a Sartre y a Faulkner. Después vino un desmadre, un exceso, algo que fue su marca de escritura; pero conservó siempre, inalterable, el deseo de verdad histórica, esa tensión que no es representativa ni meramente estética sino ideológica.
Su muerte abre el capítulo "Viñas de la cultura argentina". Ignoro cuántos años pasarán antes de que ese capítulo se escriba. Como con Martínez Estrada o con Murena, puede haber momentos de oscuridad y grandes relecturas. Quienes lo conocimos, sabemos que la síntesis, tratándose de David Viñas, nunca fue sencilla. Producía admiración e inquietud; a veces, miedo; era posible pelearse con él y pensar que esa había sido la última vez. En un mundo de encontronazos mezquinos, las peleas de David Viñas siempre fueron generosas: discutía sólo por ideas. Desaforado, sus reacciones tuvieron siempre la nobleza de quien no calcula las consecuencias. Peleaba sin beneficio de inventario. Nunca administró su fuerza. En eso se pareció a Sartre. Un Sartre arrastrado por flujos de gasto personal infinito. También los une la idea de intelectual comprometido, esa fórmula que ya no se usa, que él mismo había dejado de usar, pero que lo definía bien porque algunos hombres (pocos) siguen pareciéndose a lo que quisieron ser en su juventud.
La última vez ha llegado ahora. Hace poco más de un año, lo encontré en un bar de la calle Corrientes y Rodríguez Peña. Nos habíamos alejado, y ambos nos abrazamos pensando (yo, por lo menos, lo pensé) que posiblemente la mayoría de las cosas presentes seguían separándonos, pero que valía la pena abrazarse porque nunca se sabe. Hoy ya se sabe. Quizás esta misma nota lo habría enojado a Viñas: "Hermanita, ¿en el diario de los Mitre?". Así llamaba invariablemente a este diario. La pregunta forma parte de lo mucho que nos separaba. Sin embargo, soy su alumna, de la manera infiel en que se puede serlo, de la única manera en que David lo habría admitido.
lunes, 14 de marzo de 2011
Cómo no se hace un clásico
Podría pensarse una receta derivada de una mala lectura de ese texto fundamental en la historia de la crítica cinematográfica: juntemos a un guionista extraordinario con un director de primera línea y ya tendremos una película memorable. Lamentablemente las cosas no son tan sencillas y Pauline Kael subraya el carácter colectivo del emprendimiento Kane: los que participaron de él, en algún sentido, formaron un colectivo (aunque fuera temporario), lo que explica la potenciación mutua de sus cualidades.
Ahora nos llega Morning Glory (2010), publicitada como "del mismo director de Notting Hill (1999) y la misma guionista de El diablo viste de Prada (2006)". Se trata de dos clásicos. Sea.
La mano de Aline Brosh McKenna se adivina en la historia de una chica de la que importan más sus expectativas laborales que sus problemas sentimentales, como en el caso de Andy Sachs, Emily e incluso la infame Miranda Priestly en Prada, e incluso como Tess McGill en Working Girl (1988) quien, al final de la película, llama desde su nuevo trabajo no a su nuevo novio sino a sus antiguas compañeras de oficina.
Y la mano de Roger Michell se nota en el trazo ligero y al mismo tiempo penetrante, en la solución visual de dilemas psicológicos (particularmente evidente en el encuentro de las dos "estrellas" decadentes del programa a mitad de camino entre los dos camarines), en la apenas insinuación de pormenores narrativos (como en el caso de la visita clandestina del periodista de fuste al camarín de la ex miss no-sé-qué-estado, que insinúa intercambio de fluidos corporales).
La historia encuentra a Becky Fuller en un indeseado impasse laboral, incorporándose como productora ejecutiva en un abominable show matinal de bajísimo rating, que combina recetas de cocina, entrevistas tardías a estrellas de tercer orden y pronósticos climáticos. Becky triunfará a las adversidades.
Y sin embargo... la película no es ni Prada ni Notting Hill ni, aunque esté Harrison Ford, Working Girl. Es una película inteligente y simpática, pero no un clásico. Es como si el guionista y el director hubieran dado casi todo de si, o incluso todo, pero sin que sus talentos realmente interactuen hasta un umbral de indescernibilidad.
Viejas preguntas que "el cine" (esa superviviencia) obliga a seguir formulándose y que, tal vez, no tengan respuesta cierta.
sábado, 12 de marzo de 2011
Espectadores postelevisivos
Hace años que veo mis programas predilectos de TV en series bajadas de Internet. Las ventajas de este atajo: por un lado me salvo de las odiosas tandas publicitarias y, por el otro, prescindo de los caprichos de los programadores en cuanto a qué y cuándo verlo. Mi menú incluye programas de televisión de todo el mundo, lo que desbarata la hegemonía norteamericana de las programaciones de cable.
No soy el único que ha adoptado una posición que me gusta llamar postelevisiva. Hace poco mi mamá, que descubrió en el cable un programa de concursos de baile que se emite desde Nueva Delhi me pidió que le bajara una temporada. Descubrimos que el programa es mejor que los que, en el mismo rubro, se producen en Buenos Aires.
En un cumpleaños, la semana pasada, intercambiábamos figuritas con una amiga: ella había odiado la versión sueca de Wallander, le recomendé la inglesa. Enterada de mi manía reciente por Merlín, me recomendó (con pinzas) el piloto de Camelot, cuyo realismo suponía que no iba a gustarme.
En otro rincón de la misma fiesta, se desmenuzaban algunos chismes tribunalicios relacionados con el descabezamiento de la gerencia de programación de un canal capitalino. El programa que había venido a salvar los ratings del verano empezó a desmoronarse por el carácter errático de la producción y, en un momento crítico, las audiencias se complotaron para dejar de verlo. La maniobra desesperada para recuperarlas desencadenó una catarata de demandas. El show sigue, pero sus pasiones se debaten mayoritariamente en Internet, que permite a los relacionarse sin mediación con las figuras que siguen. A mí, con mis programitas, me pasa lo mismo. Salvo los programadores, todos contentos.
viernes, 11 de marzo de 2011
Correspondencia
*David Viñas, yo mismo
Por Daniel Link
Nunca fui alumno de Viñas pero siempre lo tuve como maestro. Al principio, cuando me cruzaba con él en las escaleras o los pasillos de 25 de Mayo (donde funcionan los institutos de investigación de la Facultad de Filosofía y Letras) me sentía intimidado. Era, en mi perspectiva de entonces, salido apenas de mi primera juventud vivida en dictadura, como cruzarse con la estatua viviente de un prócer argentino. Yo había leído por entonces poca cosa de Viñas pero me había impresionado vivamente la calidad de su escritura y el alcance (megalómano, tal vez) de su mirada. Cualquiera de sus párrafos (el párrafo es su unidad de escritura) condensa bien ambas propiedades. Cito, de un texto famoso sobre Walsh, el siguiente, donde aparece una de sus dos palabras predilectas (“entonación”, la otra es “ademán”):
El derrotero crítico de Walsh culmina en Operación masacre, de 1957, ese testimonio fundamental que por su movimiento de página y por su entonación se graba con nitidez en un curso trágico: el que inaugura José Hernández con sus comentarios al degüello del Chacho Peñaloza en 1863, prolongado en el aguafuerte de Roberto Arlt con la descripción del fusilamiento de Severino Di Giovanni en 1931. Esos momentos portan tres blasones que corroboran las complejas y mediadas pero decisivas relaciones entre la política argentina y el espacio textual: la liquidación del gaucho rebelde, la eliminación del inmigrante peligroso y la masacre del obrero subversivo. La carta abierta de Walsh a la dictadura de 1977 –al inscribirse en esa secuencia como cuarto blasón– no sólo la continúa y ahonda sino que preanuncia ya el asesinato del intelectual heterodoxo.
Después, la frecuencia de nuestros esporádicos encuentros fue mitigando esa sensación aplastante que su figura me provocaba y, como nunca trabajé bajo su directa supervisión, tampoco tuve que participar de las asesinas recillas internas que a su alrededor se desataban.
Viñas nació en 1929 y ha modificado el modo en que se lee la literatura argentina (o, lo que es lo mismo: su modo de existencia). La mayoría de los clichés que pronunciamos los inventó él (y si hoy circulan como meros clichés no es su responsabilidad sino la nuestra). Como historiador de la literatura (Literatura argentina y realidad política, 1964; Historia social de la literatura argentina) no es el mejor, sino el único (y los demás, al pretender imitarlo, se hunden cada vez más en la ignominia).
Para mí fue siempre (y lo sigue siendo) una de los más lúcidos lectores (lo que, tratándose de un intelectual con sólidas ideas de izquierda, es más que un mérito: casi un milagro). Escribió un cuento precioso que casi nadie conoce, “Sábado de gloria en la capital (socialista) de América Latina”, más allá del cual yo mismo no podría pensar la literatura del siglo pasado, y un artículo luminosísimo, “Después de Cortázar: historia y privatización” (publicado en el número 234 de Cuadernos Hispanoamericanos, junio de 1969) del que he robado casi todo, salvo los juicios estéticos (excesivamente lukacsianos para mi sensibilidad o mi capacidad crítica). Sobre su formación, recuerdo particularmente lo que escribió en Radarlibros el 21 de diciembre de 2003, donde volvía sobre sus lecturas juveniles de Wilde (Oscar) en el Liceo Militar, un texto deslumbrante y necesario para comprender su heterodoxia.
jueves, 10 de marzo de 2011
La llamada de la tierra
¿No hay, en los vampiros, un no se qué de trascendentalismo (que se refleja en sus rostros pálidos y sus sempiternos humores de malcojidos) que los aleja de toda simpatía posible?
Es como si los vampiros hubieran sido capturados por lo peor de lo peor de la ideología higienista del siglo XIX (de la cual son la contraparte exacta, siempre asociados con la peste, la destrucción y la locura: Renfield) y, transformados en un principio trascendental, ya no pueden siquiera tener conciencia de lo que son: monstruos fuera de todo orden y registro (incluso y, sobre todo, el moral). Bram Stoker fue un escritor mediocre que supo capturar una figura inquietante y ponerla a funcionar como metáfora del mal social (las transformaciones nocturnas, la tisis). Un director de cine excecrable como Francis Ford Coppola retomó ese mismo impulso e hizo del vampiro un despechado de amor, una víctima y un victimario del contagio. Herzog, siempre tan admirable, estetizó al Nosferatu hasta el colmo de lo "bonitillo" (señalaba Enrique Pezzoni).
Últimamente, los vampiros se han vuelto tan intolerables que no pueden aparecer sino en compañía de licántropos (y su devenir manada), así en las sagas masturbatorias destinadas a adolescentes del campo norteamericano (Twilight, True Blood) como en Being Human, esa delicadeza donde el vampiro está siempre malhumorado y al borde del colapso nervioso y el asesinato, mientras los "perros" son simpáticos, graciosos y tienen los habituales problemas de su especie (el garche violento y el embarazo no deseado).
El vampiro, irritante, se mide siempre con las fuerzas más profundas de lo demoníaco. Dan ganas de decirle: "che, bajá un cambio".
Por fortuna, hay gente capaz de señalar eso y mucho más. Faye Jackson se casó con un rumano, lo que la llevó a visitar esas tierras liminares de la vampirología y a familiarizarse con sus leyendas y su folklore. Comprendió de inmediato las patrañas que implicaban las mistificaciones británico-norteamericanas sobre los vampiros y se decidió a escribir una historia que, llevada a la pantalla, se llama Strigoi.
En la mitología rumana, el strigoi (plural y singular son idénticos) sale de su tumba por las noches para aterrorizar a los aldeanos. Una strigoaicǎ (femenino) es una bruja.
La etimología latina es strix (una pequeña ave vampírica) que da en italiano strega (palabra que designó en las antiguas fábulas populares a a un pájaro nocturno que se alimentaba de sangre de bebés y, por extensión, a una bruja) y en rumano a striga (chillar). En castellano, nos queda la estridencia, de la cual Strigoi está totalmente exenta.
La película de Faye Jackson dice, además, que hay Strigoi viu (plural: Strigoi vii), nacidos strigoi y Strigoi mort (plural: Strigoi morţi) que son aquéllos que se transforman después de una muerte violenta. A ambos los domina un apetito insaciable.
La trama es así: el héroe (al que todos le dicen pussy, sin parar, en el sentido de "maricón") vuelve al pueblo miserable del que ha salido para irse a Italia. Se llama, por esas ironías del destino, Vlad, como aquel príncipe siniestro que inspiró la leyenda negra del vampiro. En total, no parece haber más de doce habitantes, incluyendo al rico, al cura, al alcalde y al policía. Como se avergüenza de su regreso sin gloria, Vlad va a vivir a lo de su abuelo, que está medio loco y no cesa de quejarse de los gitanos y los comunistas.
Hay un debate sobre tierras y catastros, que involucra a Don Tedesco, el ricachón del lugar, a quien los lugareños han dado muerte al comienzo de la película.
Fatalmente, Don Tedesco volverá de su tumba cada noche, junto con su esposa, que se come todo lo que encuentra e incluso algún que otro cuello. Una y otra vez, los lugareños asesinan a Don Tedesco, que sigue volviendo cada vez más enojado y descompuesto.
Vlad no entiende ni quiere entender lo que está pasando y se dedica a reconstruir la trama de los registros de propiedad de las tierras, incautadas por los comunistas en su momento, recuperadas y vendidas más tarde (o, sencillamente, apropiadas). Cada día se despierta más cansado y con el cuerpo cubierto de pústulas. Una noche, se despierta sobresaltado: es su abuelo quien le chupa la sangre por la noche. "¡No me chupes más mi sangre!", le dice. El viejo le contesta: "Es mía, yo te la di".
Los strigoi de Strigoi son más bien patéticos. Vlad los trata como a niños caprichosos o como a enfermos recalcitrantes. Ninguna metafísica en el asunto. Son cosas que pasan y con las que hay que acostumbrarse a vivir, como los comunistas y los gitanos con los que los viejos fantasean.
El film de Faye Jackson es de producción inglesa, pero ella, totalmente exterior a las bobadas precedentes, quiso que lo interpretaran actores rumanos en inglés. Hablan con acento (lo que confunde un poco), pero no queda nada mal en una película que se dice exterior a todos los lenguajes pero, en particular, a todos los estereotipos.
El protagonista, Catalin Paraschiv, es tan adorable como en su momento lo fue Petrişor Nicolae Ruge, y Strigoi es (por lo menos, si no más) un hito cinematográfico.
martes, 8 de marzo de 2011
El fantasma de las navidades pasadas
Los fanáticos sostienen que River (a quien muchos recordarán como la Dra. Corday de E.R.) es, además de esposa del protagonista, una Time Lady. Lo que importa es que vuelve a engrosar el elenco y a distraernos de la poca simpatía que nos provoca Matt Smith, el Dr. en ejercicio.
Ya comenté la última temporada de Doctor Who en términos no precisamente amables. Tal vez exageré. Los últimos episodios mejoraron considerablemente y el especial de navidad fue realmente delicioso,
y volvió a encantarnos con sus pesadillas de aniquilación, sus citas de la historia de la ciencia ficción, sus mundos posibles y sus formas de vida, sus decorados barrocos, sus tortuosas historias de amor perdido y su deliberada inclinación hacia las formas más estilizadas del gótico (esta vez, todo es como una actualización de Dickens, naturalmente).
Podemos esperar con confianza la nueva temporada de tal vez la mejor serie episódica de ciencia ficción de todos los tiempos.
lunes, 7 de marzo de 2011
Los árabes son los nuevos pioneros de la democracia
Traducción de Héctor Meleiro para Contrapoder
Estas revueltas han llevado a cabo inmediatamente una especie de limpieza ideológica, erradicando las concepciones racistas del choque de civilizaciones que menosprecia la política árabe como si fuese algo del pasado. Las multitudes en Túnez, El Cairo y Bengasi han roto con los estereotipos políticos que parecen obligar a los árabes a elegir entre dictaduras laicas y teocracias fanáticas, o que los musulmanes son incapaces de alguna manera de gozar de libertad y democracia. Incluso llamar a estas luchas "revoluciones" parece inducir a error a los comentaristas, que asumen que la progresión de los eventos debe obedecer a la lógica de 1789 o 1917, o alguna otra rebelión del pasado europeo contra los reyes y zares.
Estas revueltas árabes han prendido al calor del desempleo, y en su centro se ubican jóvenes con una alta formación académica cuyas ambiciones se han visto frustradas -una población que tiene mucho en común con los estudiantes que protestan en Londres y Roma. Aunque la principal demanda que ha recorrido todo el mundo árabe se centra en el fin de la tiranía y de los gobiernos autoritarios, detrás de este grito se levantan una serie de demandas sociales sobre el trabajo y la vida, que no tienen sólo como objetivo poner fin a la dependencia y la pobreza, sino de dar poder y autonomía a una población inteligente y altamente capaz. Que Zine al-avidina, Ben Ali y Hosni Mubarak o Muammar Gaddafi se vayan es sólo el primer paso.
La organización de las revueltas se asemeja a lo que hemos visto durante más de una década en otras partes del mundo, desde Seattle a Buenos Aires, y de Génova a Cochabamba, Bolivia: una red horizontal que no tiene un líder único en el centro. Actores políticos tradicionales pueden participar en esta red, pero no pueden dirigirla. Los observadores externos han tratado de designar un líder a las revueltas de Egipto desde su arranque: tal vez es Mohamed El Baradei, tal vez el Jefe de Marketing de Google, Wael Ghonim. Temen que los Hermanos Musulmanes o alguna otra organización tome el control de los acontecimientos. Lo que no entienden es que la multitud es capaz de organizarse sin un centro -que la imposición de un líder o la cooptación por parte de una organización tradicional socavaría el poder de la revuelta. El predominio en las revueltas de las redes sociales, como Facebook, YouTube y Twitter, son síntomas, y no causas, de esta estructura organizativa. Estos son los modos de expresión de una población inteligente y capaz de utilizar los instrumentos a su disposición para organizarse de forma autónoma.
A pesar de que estos movimientos organizados en red nieguen una dirección central, sin embargo, deben consolidar sus demandas mediante un nuevo proceso constituyente que una los segmentos más activos de la rebelión a las necesidades de la población en general. La insurrección de la juventud árabe no está ciertamente dirigida hacia una constitución liberal tradicional que sólo garantice la división de poderes y una dinámica electoral ordinaria, sino más bien a una forma de democracia adecuada a las nuevas formas de expresión y las necesidades de la multitud. Esto debe incluir, en primer lugar, el reconocimiento constitucional de la libertad de expresión -no en la forma típica de los medios de comunicación dominantes, que está constantemente sujeta a la corrupción de los gobiernos y de las élites económicas, sino una que esté representada por las experiencias comunes de las relaciones de la red.
Y dado que estos levantamientos fueron provocados no sólo por el desempleo generalizado y la pobreza, sino también por un sentimiento altamente extendido de frustración de las capacidades productivas y expresivas, especialmente entre los jóvenes, una respuesta constitucional radical está obligada a inventar un plan común de gestión de los recursos naturales y de la producción social. Este es un umbral a través del cual el neoliberalismo no puede pasar y el capitalismo pasa a ser cuestionado. Y la ley islámica es totalmente insuficiente para satisfacer estas necesidades. Aquí es donde la insurrección trastoca no sólo los equilibrios de poder del norte de África y Oriente Medio, sino también el sistema global de gobernanza económica.
De ahí nuestra esperanza para que el ciclo de luchas que se extiende por el mundo árabe llegue a ser como América Latina, que logre inspirar a los movimientos políticos y eleve las aspiraciones de libertad y democracia más allá de la región. Cada revuelta, por supuesto, puede fallar: los tiranos pueden desatar una represión sangrienta; juntas militares pueden tratar de mantenerse en el poder; grupos tradicionales de la oposición pueden intentar apropiarse de los movimientos; y las jerarquías religiosas pueden tratar de tomar el control. Pero lo que no muere son las demandas políticas y los deseos que se han desatado, las expresiones de una generación inteligente de jóvenes que aspiran a una vida diferente en la que poner sus capacidades en uso.
Mientras que las demandas y deseos se mantengan vivos, el ciclo de luchas continuará. La cuestión es lo que estos nuevos experimentos de libertad y democracia van a enseñar al resto del mundo durante la próxima década.
domingo, 6 de marzo de 2011
Cuando un viento del este barre la arrogancia de Occidente
Traducción de Contra l@s cuerd@s
El viento del este prevalece sobre el viento del oeste. ¿Hasta cuando el Occidente ocioso y crepuscular, la “Comunidad Internacional” de quienes se creen todavía los amos del mundo, van a continuar dando lecciones de buena gestión y buena conducta a todo el planeta? ¿No es risible ver a algunos intelectuales de servicio, soldados derrotados de del sistema capitalista – parlamentario que toman posición de un paraíso apolillado, donar sus vidas a los magníficos y bellos pueblos tunecinos y egipcios, con el fin de enseñar a esos pueblos salvajes el abc de la “democracia”?
¡Que preocupante persistencia de la arrogancia colonial! En la situación de miseria política, que es la nuestra, después de tres decenios ¿No es obvio que somos nosotros los que tenemos todo que aprender de la sublevación popular del momento? ¿Acaso no es urgente examinar de cerca, todo lo que allá ha hecho posible el derrocamiento, por la acción colectiva, de los gobiernos oligárquicos, corruptos, y también - quizás sobre todo - en un estado de vasallaje humillantes en comparación Estados occidentales?
Sí, es nuestro deber ser alumnos de estos movimientos, y no sus estúpidos profesores. Porque son ellos los que dan vida, en el genio propio de sus invenciones, a algunos principios de la política, los cuales desde hace ya buen tiempo muchos buscan convencernos de que son obsoletos. Y sobre todo el principio que Marat no se cansaba de recordar: “cuando se trata de libertad, cuando se trata de emancipación, nosotros debemos todo a los levantamientos populares”.
Tenemos derecho a la insurgencia. De igual forma que en la política, nuestros estados y aquellos que lo invocan (partidos, sindicatos, e intelectuales serviles), prefieren la gestión, mucho más que la rebelión, ellos prefieren la reivindicación, la petición, y en todo momento de ruptura prefieren la “transición ordenada”. Aquello que los pueblos de Túnez y Egipto nos recuerdan es que la única acción que se corresponde con un sentido compartido de la ocupación escandalosa del poder del Estado es el levantamiento de masas. Y en este caso, el único lema que puede unir a los elementos dispares de la multitud es: "Tú, que estás allí, lárgate". La importancia excepcional de la revuelta, en este caso, es que la consigna repetida por millones de personas, da la medida de lo que será, indubitable e irreversiblemente la primera victoria: la fuga del hombre allí designado. Pase lo que pase enseguida, este triunfo, ilegal por naturaleza, de la acción popular, ha sido siempre victorioso. Ahora bien, que una revuelta contra el poder del Estado pueda ser absolutamente victoriosa es una enseñanza de alcance universal. Esta victoria señala, más aún, el horizonte de sobre el cual se desata toda acción colectiva que se sustrae a la acción de la Ley, aquello que Marx denomina “la decadencia del Estado”.
A saber, que un día, libremente asociados desplegando la fuerza creadora que es de ellos, los pueblos podrán escapar de la fúnebre coerción del Estado.
Por ello, esta última idea, que una revuelta que echa abajo una autoridad instalada provoca en todo el mundo un entusiasmo sin límites.
Una chispa puede incendiar la pradera. Todo comienza con la inmolación por acción del fuego de un hombre sumido en el desempleo, a quien se le quiere prohibir el miserable comercio que le permite sobrevivir, y que una mujer policía lo abofeteara para hacerle comprender que este bajo mundo es real. Este gesto se expande en pocos días, en algunas semanas, millones de personas que gritan su alegría en alguna plaza lejana y el comienzo de la catástrofe de poderosos potentados. ¿De donde viene esta fabulosa expansión? ¿Es la propagación de alguna epidemia de libertad? No. Como lo dice poéticamente Jean-Marie Gleize, “un movimiento revolucionario no se expande por contaminación. Sino por resonancia, alguna cosa que se constituye aquí, resuena con la onda de choque emitida con alguna cosa que se constituye allá”. Esta resonancia, llamémosla “evento”. El evento es la brusca creación de, no de una nueva realidad, sino un sin número de posibilidades.
Ninguna de estas posibilidades es la repetición de lo ya conocido. Por ello, es oscurantista decir que “este movimiento reclama la democracia” (se sobreentiende, aquella que disfrutamos en occidente), o “este movimiento exige una mejora social” (es decir, la prosperidad media de la pequeña burguesía occidental). Iniciado de casi nada, resuena por todos lados, el levantamiento popular crea para todo el mundo posibilidades desconocidas. La palabra “democracia” casi no se pronuncia en Egipto. Se habla de un “nuevo Egipto”, de un “verdadero pueblo egipcio”, de Asamblea Constituyente, del cambio absoluto de la existencia, de posibilidades inauditas y antes desconocidas.
Se trata de la “nueva pradera” que vendrá a reemplazar aquella que fue arrasada por el fuego iniciada por la chispa del levantamiento. Esta pradera por venir esta entre la declaración de la transposición de las fuerzas y la toma en mano de nuevas tareas. Entre lo que dijo un joven tunecino: “Nosotros, hijos de obreros y campesinos, somos más fuertes que los criminales”; y lo que dijo una joven egipcio: “a partir de hoy, 25 de enero, tomo en mis manos las cosas de mi país”.
El pueblo, sólo el pueblo, es el creador de la historia universal. Es sorprendente que, en nuestro occidente, los gobiernos y los medios de comunicación que las revueltas en una plaza del Cairo sean “el pueblo egipcio”. ¿Cómo es esto? El pueblo, el único pueblo razonable y legal, para estas personas, no es por lo general reducido, sea a la mayoría de una encuesta, sea a la mayoría de una elección? ¿Cómo es que de repente, cientos de miles de revoltosos sean representativos de un pueblo de ochenta millones de personas? Esta es una lección para no olvidar, que no olvidaremos.
Pasado un cierto nivel de determinación, obstinación y coraje, el pueblo puede, de hecho, concentrar todo su espíritu en una plaza, en una calle, en unas cuantas fábricas, en una universidad… Es que el mundo será testigo de este coraje, y sobre todo, de las sorprendentes creaciones que la acompañan, estas creaciones serán la prueba de esas personas que están allí. Como lo ha dicho fuertemente un manifestante egipcio: “antes yo miraba la televisión, ahora es la televisión la que me mira a mí”.
Resolver los problemas sin ayuda del Estado
A raíz de un evento, el pueblo se compone de aquellos que saben como resolver los problemas que el evento les plantea. Así, la ocupación de una plaza: la alimentación, la vigilancia, las banderolas, los rezos, los combates defensivos, de tal forma que el lugar donde sucede todo, el lugar se convierte en un símbolo, de cuidar a su pueblo, a todo precio. Problemas que, a la escala de miles de personas venidas de todas partes, parecen irresolubles, y sobre todo que, el Estado ha desaparecido. Resolver problemas irresolubles sin ayuda del Estado, este es el destino de un evento. Esto es lo que hace un pueblo derepente y por un tiempo indeterminado, existe, aquí donde decidieron unirse.
Sin movimiento comunista, no hay comunismo. El levantamiento popular del que hablamos es manifiestamente sin partido, sin organización hegemónica, sin dirigente reconocido. Ya habrá tiempo de medir si esta es una fortaleza o una debilidad. En todo caso esto es lo que hay, bajo una forma muy pura, sin duda la más pura después de la Comuna de París, todas las características de lo que es necesario llamar comunismo de movimiento. “Comunismo” significa: creación conjunta del destino colectivo. Este “común” tiene dos características esenciales. Primero, es genérico, lo que representa un lugar común de toda la humanidad. En este lugar hay, todo tipo de personas de las que se compone un pueblo, todas las voces son escuchadas, toda proposición analizada, toda dificultad es atacada por lo que es. Entonces, supera todas las grandes contradicciones que el Estado pretende ser el único capaz de gestionar, sin llegar nunca a superarlas: trabajadores intelectuales y manuales, entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, entre musulmanes y católicos (coptes), entre las provincias y la capital…
Miles de nuevas posibilidades relacionadas con estas contradicciones surgen a todo momento, hacia las cuales el Estado, todo Estado, es completamente ciego. Vemos jóvenes doctoras venidas de provincia a curar a los heridos, durmiendo en medio de jóvenes salvajes, y ellas está más tranquilas de lo que han sido jamás, ellas saben que nadie les tocará un pelo. Vemos también una organización de ingenieros dirigirse hacia los jóvenes de las barridas para pedirles que mantengan la plaza, de proteger el movimiento con energía en el combate.
Vemos una fila de cristianos haciendo guardia de pie, para cuidar a los musulmanes curvados en su plegaria. Vemos a los comerciantes alimentando a los desempleados y a los pobres. Vemos a todos hablando con sus desconocidos vecinos. Vemos miles de pancartas donde la vida de cada uno se mezcla sin diferencias con la de todos los otros.
Todas estas situaciones, estas invenciones, constituyen el comunismo de movimiento. De ahí que el problema político único desde hace dos siglos es el de: ¿Cómo establecer en el tiempo los inventos del comunismo de movimiento? Y el único lema reaccionario que se mantiene: “esto es imposible, incluso dañino. Confiemos en el Estado”. Gloria a los pueblos de Tunez y Egipto, que nos recuerdan el verdadero y único deber político: frente al Estado, la fidelidad organizada en el comunismo de movimiento.
No queremos la guerra, pero no le tenemos miedo. Se ha hablado en todas partes de calma pacífica de las manifestaciones gigantescas, y se ha relacionado la calma al ideal de “democracia electoral” que recogía el movimiento. Constatamos, sin embargo, que ha habido muertos por centenares, y todavía los hay cada día. En muchos casos, estos muertos han sido combatientes y mártires de esta iniciativa, defensores del movimiento mismo.
Las posiciones políticas y simbólicas, han debido ser protegidas al precio de feroces combates contra los milicianos y la policía del régimen amenazado. De allí, ¿quienes han pagado con sus vidas, sino los jóvenes salidos de las poblaciones más pobres? como las “clases medias”, de las cuales nuestra inesperada Michèle-Alliot Marie ha dicho que el resultado democrático de los hechos en curso dependía de ellas y sólo de ellas, recuerda ese momento crucial la duración del levantamiento no estaba garantizado que por el compromiso sin restricciones de los destacamentos populares. La violencia defensiva es inevitable. Ella procede del resto, en las situaciones difíciles, en Túnez, después que hayan sido regresados a su miseria los jóvenes activistas provincianos.
¿Puede alguien pensar que estas innumerables iniciativas y sacrificios crueles tienen por objetivo fundamental nada más que conducir al pueblo a elegir entre Souleiman y El-baradei, como sí aquí entre franceses nos resignáramos lamentablemente a elegir entre los señores Sarkozy y Strauss-Khan? ¿Esta será la única lección de este esplendido episodio?
¡NO, mil veces no! Los pueblos de Túnez y Egipto nos dicen: insurgir, construir el espacio público del comunismo de movimiento, defenderlo por todos los medios, inventando las etapas sucesivas de acción, tal es el estado real de la política popular de emancipación. Ciertamente los Estados árabes no son los únicos anti-populares, en el fondo, con o sin elecciones ilegítimas. Cualquiera que sea el porvenir, los levantamientos de Túnez y Egipto tienen una significancia universal. Prescriben nuevas oportunidades cuyo valor es internacional.
sábado, 5 de marzo de 2011
Ejercicio de poder
Por Daniel Link para Perfil
Ya no recuerdo cuál fue la última novela de Mario Vargas Llosa que leí pero tal vez fuera La guerra del fin del mundo (1981). Antes, La tía Julia y el escribidor (1977) le había valido la censura de al menos un gobierno provincial en Argentina, porque se interpretó que los dichos puestos en boca del personaje Pedro Camacho, un guionista desquiciado, ofendían al ser nacional. Treinta y cinco años después, pareciera, el novelista sigue siendo irritante y ahora se lo acusa de haberse “ensañado de modo muy particular con nuestro país y nuestra sociedad” (cito una solicitada poco elegante y muy falaz que circuló en estos días).
El Sr. Vargas Llosa no necesita de nuestra defensa. Hace unos meses ganó un Premio Nobel que no le habríamos concedido no tanto por razones políticas (que, de todos modos habrían ocupado algún párrafo de nuestro dictamen) sino por el irremediable adocenamiento de su literatura que (me lo dicen personas de confianza, y por eso les creo) ha perdido toda capacidad de sorprender. Sucede siempre cuando un escritor asume dogmáticamente el lugar en que se encuentra y abandona lo más noble de la literatura y el arte: ponerse en riesgo, todo el tiempo.
Tampoco necesita la Fundación El Libro (organizadora de la Feria de referencia) de nuestras críticas, que no hemos cesado de manifestar a lo largo de su historia, sin que eso modificara un ápice las contradicciones que la arrastran lejos de la literatura y del libro, hacia las pantanosas aguas del show business y el entretenimiento de las masas que la visitan y que, mayoritariamente, buscan en ella lo mismo que en la televisión, los parques temáticos y los juegos de salón: pasar el rato, alrededor de un objeto cada vez más fetichizado (y por eso mismo más odioso), el Libro.
La carta sobre estos asuntos enviada por el Director de la Biblioteca Nacional, el Sr. Horacio González, al presidente de la Cámara del Libro, el Sr. Carlos de Santos, es muy justa y, al mismo tiempo, muy fuera de lugar (desencaminada en su destinatario, en principio, pero también en su alcance, como se verá).
Como queda claro, no comparto todos sus términos. Me parece que separar al Vargas Llosa “literato” del Vargas Llosa “político”, considerando al primero “el gran escritor que todos festejamos” y al segundo, “el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región” es un error que no estamos acostumbrados a reconocer en la siempre compleja prosa del Sr. González, a quien más de una vez hemos citado como bibliografía de referencia. No festejo al Vargas Llosa literato precisamente porque sus opiniones políticas (de una medianía y una mediocridad abrumadora: Vargas Llosa no es más que un liberal) me resultan antipáticas. Toda ilusión de autonomismo, en ese punto, me parece que conduce a debates estériles.
Eso no invalida el interés de una carta que, en rigor, tiene por objeto discutir antes una política curatorial (la de la Feria) que las cualidades éticas o estéticas de un escritor en particular. Es en relación con ese objetivo que convendría meditar en las palabras del Sr. González, más o menos justas en la evaluación de la figura pública de Vargas Llosa (a nadie puede importarle demasiado ese punto), fuera de lugar como intervención política.
Una y otra vez hemos visto la misma operación: no me gusta lo que piensa Tal (la Feria del Libro, Vargas Llosa, Mirtha Legrand) y por eso prefiero que no se lo escuche, porque su pensamiento ofende nuestras convicciones, confunde a la opinión pública (siempre propensa a dejarse engañar por los poderosos) y, sobre todo, perturba la marcha de la Historia.
En este caso: no me gusta la política curatorial de la Feria del Libro (un evento privado y exitosísimo hasta la náusea) y, por lo tanto, trataré de torcerla. Más valdría, pienso, crear (sobre todo cuando se tienen las herramientas conceptuales y logísticas para hacerlo) un espacio discursivo diferencial que debatiera con la Feria del Libro. El FILBA (sobre el cual podrían formularse varias objeciones) es otra institución privada que, en algún sentido, vino a debatir una hegemonía mal o bien ganada.
Pero pareciera que, desconfiando de las propias capacidades organizativas e incluso imaginarias, se prefiere destruir el espacio que se presume amenazante (¿alguien puede creer que la Feria del Libro puede torcer los destinos políticos de la Argentina?) antes que crear uno nuevo. Lo que se pretendía una manifestación de fuerza se revela como una debilidad constitutiva.
Hay que agradecerle, pues, al Sr. González la valentía de su carta: diseña un horizonte que es necesario debatir.viernes, 4 de marzo de 2011
Correspondencia (3)
Carlos De Santos y Gustavo Canevaro
Ss.
Estimados colegas:
Con mucha perplejidad e intensa preocupación, me enteré leyendo La Nación –y completé, luego, la información hablando con algún miembro del Consejo de la Fundación– que la Feria de este año será inaugurada en una doble jornada: el día 20 de abril con la presencia de las autoridades públicas nacionales y de la ciudad, miembros de las cámaras del sector, etc., y sin el cierre de escritor alguno; y el jueves 21, en una suerte de “inauguración cultural”, por el Premio Nobel Mario Vargas Llosa. La explicación para esta excepción sería que el nobel no podría arribar a Buenos Aires antes, lo que obliga a desdoblar el evento mayor de la Feria. La realidad es que Vargas Llosa estará en Buenos Aires por lo menos desde el 19/4 (día en que está anunciado para la “Cena de cierre”) participando del “Regional Meeting: The Populist Challenge to Latin American Liberty” (Encuentro regional: El desafío populista para la libertad de América Latina) que se desarrollará en nuestra ciudad del 17 al 20 de abril, convocado y organizado por la Mont Pelerin Society (institución fundada por Friedrich Hayek, “sumo sacerdote” de la Escuela de Chicago y asesor de los gobiernos de Reagan, Margaret Thatcher y Augusto Pinochet, como puede verificarse con facilidad en internet) y la llamada Fundación Libertad, instituciones en las que el escritor milita activamente. Participarán de las jornadas, conforme al programa que puede leerse en los sitios www.montpelerin.org, www.mpsargentina.org y www.libertad.org.ar, entre más de un centenar de connotados representantes de la derecha liberal mundial y vernácula, Gerardo Bongiovanni, Presidente de la Fundación Libertad, Kenneth Minogue, Presidente de la Mont Pelerin Society, José María Aznar, Álvaro Vargas Llosa, el escritor cubano (Miami) Carlos Alberto Montaner, los economistas argentinos Alberto Benegas Lynch Jr. y Jorge Ávila, el Jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, y el escritor chileno Jorge Edwards. Este evento termina el jueves 20 con “Un día intelectual en el campo”, en San Antonio de Areco, en coincidencia con la inauguración oficial de nuestra Feria. De ninguna manera me parece casual esto, para un encuentro que está programado y anunciado con muchos meses de anticipación y para el que la participación de Mario Vargas Llosa inaugurando la Feria del libro le servirá de caja de resonancia y amplificador de su presencia y sus mensajes, integrando una gran operación política.
Desconozco si las autoridades de la Fundación que tomaron la decisión estaban en conocimiento de lo que estoy informando (sé que no fue el consejo quien la votó, lo que puede haber restringido las posibilidades de enterarse), tampoco si las autoridades de las cámaras que la conforman fueron consultadas, dada la importancia del tema en cuestión. En cualquier caso me parece un grave error, que desvirtúa la tradición de la Feria y muy riesgosa para el desarrollo futuro de la Feria del Libro de Buenos Aires. Lo digo como antiguo socio de la Cámara Argentina del Libro y como editor que participa desde hace décadas con todo entusiasmo como expositor en la Feria. Es un grave error, porque el extraordinario escritor y muy merecido Nobel, Mario Vargas Llosa, es desde hace años, sobre todo, un propagandista, ostensible y florido, de las ideas y las políticas de la derecha liberal y, como tal, ha dicho las peores cosas de nuestro gobierno, de los gobiernos de América Latina con quienes integramos el Mercosur y la gran mayoría de los de Unasur, y en forma personal de la Dra. Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de la Nación, y del ex Presidente Dr. Néstor Carlos Kirchner. Estas expresiones pueden encontrarse consultando cualquier buscador de internet, pero para muestra transcribo una suavecita que cita La Nación en su artículo sobre la Feria: “La Argentina es un galimatías que nadie entiende. Deseo que termine el aquelarre” (?).
Desde la recordada gestión de Hugo Levín como Presidente de la Fundación el Libro, con la colaboración entre otros destacados consejeros de nuestro querido y recordado Elvio Vitali, la Feria incorporó a su tradición de discurso de autoridades, Fanfarria de Granaderos y bendición de instalaciones, la excelente costumbre de que un gran escritor argentino “abriera” la feria, lo que se pensó también como una instancia de consagración para ese escritor y de vidriera hacia el mundo de su obra. La saga que comenzó Saer fue continuada por otros destacados autores argentinos como Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, Roberto Fontanarrosa, Tizón, Gambaro, etc. Me considero ciudadano latinoamericano y, como a tantos, me produce mucho placer cuando un hermano de la Patria Grande visita la feria y participa de sus actividades. Mucho más si se trata de escritores del nivel del autor de Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo o Historia de Mayta, como pueden ser el gran “Gabo” García Márquez, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Roberto Fernández Retamar y tantos otros. Pero acá no se trata de eso. Su designación por la Fundación para abrir “culturalmente” la feria transforma su visita al predio ferial, su intervención, en un hecho político que es, objetivamente, prolongación del evento liberal ya comentado. No hay dudas de que Vargas Llosa tiene todos los pergaminos y, sobre todo, los merecimientos para ser una auténtica estrella en la Feria del Libro y motivo de felicidad para sus miles de lectores, y que un acto organizado por su editorial contará seguramente con récord de público, sobre todo en el año de su Premio Nobel. No es eso lo que está en discusión. Cuestionamos que, por una parte, se cierra la posibilidad de que un autor argentino se dirija a los concurrentes de la feria, al país y en parte también al mundo y junto con aspectos de su biografía, sus reflexiones, la historia de su relación con la palabra escrita, nos deje un testimonio del momento histórico, visto desde nuestro lugar en este convulsionado planeta. Y, además, que la participación del Nobel peruano en los términos decididos es, de hecho, una provocación política al gobierno nacional, a gran parte de las fuerzas políticas, tanto oficialistas como opositoras, y a un sector muy importante del pueblo argentino. A la vez pienso que, aun para Vargas Llosa y para su público, la reacción que puede generar su presencia, absolutamente teñida de color político, terminaría siendo desagradable.
La Fundación el Libro ha atravesado épocas políticas diversas y ha podido hacerlo manteniendo un equilibrio razonable entre las múltiples tensiones que la tironean: empresarias, propiamente políticas, de relación con autoridades de ámbitos institucionales diferentes, etc. El error de esta decisión, tomada además en un año electoral, con las sensibilidades exacerbadas que esto supone, corre el riesgo de tirar todo por la borda. Parte de los editores, de los expositores, de los escritores y del público no lo entenderá. Y no se trata aquí de gustos literarios. Se trata del destino mismo de la nación, disputa en la cual la Fundación con la decisión tomada, lo haya pensado así o no, opta. Pienso que hay tiempo sobrado para revertir la medida. Hay una enorme lista de autores argentinos (historiadores o ensayistas que no han tenido mucho lugar hasta ahora, como Rozitchner, Galasso, Sarlo, Verbitsky, Horacio Gonzalez, I. Bordelois, Bayer, Halperín Donghi, Grüner, Feinmann, Kovadloff, narradores como Viñas, Aira, Batista, Sasturain, Saccomano o De Santis, dramaturgos como Cossa, Kartun o Gorostiza o poetas como Gelman o Boccanera, para mencionar los que acuden rápidamente a mi memoria) de la que se podría elegir alguno que “abra” la feria. Incluso se podría elegirlo del excelente catálogo de la misma editorial que publica a M.V.LL., para no perjudicar a nadie.
Por todo lo dicho solicito a ustedes la consideración de lo expresado, la elevación a los organismos de dirección para su consideración y, en el caso de la Cámara Argentina del Libro, la convocatoria a una cesión especial del Consejo abierta a todos los socios o tal vez mejor a una asamblea, para discutir esta grave cuestión y con el sustento de la opinión de las empresas asociadas, poder instruir a nuestros representantes ante la Fundación en el sentido de trabajar por la reversión de la medida que cuestionamos. Cordialmente,
Aurelio Narvaja
K Forever
Por Daniel Link para Perfil
Muammar Khadafi ha dicho: “Todo mi pueblo me ama”, y la frase es conmovedora en más de un sentido, pero sobre todo en la asimetría que evoca.
Una concepción del poder es, naturalmente, siempre solidaria de una concepción de las masas, de sus potencias y de sus incapacidades.
Khadafi, y así lo entienden quienes en los últimos días han salido a respaldarlo, Fidel Castro y Hugo Chávez entre muchos, es un líder cuyo sentido se encuentra en un más allá de las instituciones (que son, por definición, la sepultura del amor y de lo vivo).
La concepción del poder que se deduce de una figuración de si tan atada al amor es necesariamente vitalicia y, aún, trascendental (el amor puede sostenerse más allá de la muerte, y está bien que así sea).
Cuarenta, cincuenta, mil años de amor dan la dimensión de un liderazgo necesario para conducir a las masas a través de los odiosos laberintos de la política imperial y resguardarla de sus propios deseos (porque las masas no tienen deseos propios y se equivocan permanentemente al dejarse encantar por los cantos sirenaicos).
Sí, Khadafi, en nombre de ese amor (del que él ahora es sólo el objeto: habría dejado de amar, aún cuando siga siendo amado), retomó la lucha anticolonial contra la Italia fascista para enfrentar una monarquía decadente y probritánica. Sí, Khadafi desmanteló, en nombre de ese amor, las bases militares de la OTAN en Libia. Sí, Khadafi desprecia las instituciones en favor de la vida (a la que protege como un padre diligente que vigila con qué monstruos chatean sus hijos). Sí, Khadafi piensa la vida como milicia (las doscientas vírgenes asesinas que lo guardan lo subrayan) porque (como han señalado sus pares latinoamericanos) hay “guerra civil” y esa guerra compromete a las formas de vida: las delimita, las coloca en situación de exterminio o de proliferación (según sean las fuerzas que triunfen en cada una de las batallas).
Pero, entonces, si tan inmenso y tan totalitario es el amor y tan intenso y tan continuo han sido los cuidados que se dispensaron los amantes, ¿qué fue lo que pasó y por qué Libia es hoy una herida abierta en el costado de la Historia?
No siendo un "experto" en política internacional contemporánea ni un orientalista convencido (porque me repugnan las posiciones imperialistas y eurocéntricas) trato de contestarme esa pregunta sin caer en las habituales simplificaciones al uso.
Karl Marx, de quien nadie podría sospechar complacencia para con los intereses de los estados líderes del capitalismo, llevó hasta sus últimas consecuencias la concepción romántica y mesiánico-redentora del capitalismo cuando señaló: “Inglaterra tiene que cumplir una doble misión en la India, una destructiva y la otra regeneradora: aniquilar la sociedad asiática y establecer los fundamentos de la sociedad occidental en Asia”. Para sostener una pespectiva tan penosa tuvo que usar en sus argumentaciones colectividades anónimas, totalizaciones abstractas parecidas a las que, ayer nomás, esgrimieron los paladines de la democracia (no en vano Alexandre Kojève dijo que los Estados Unidos eran el marxismo triunfante).
Los pesimistas presienten que lo que vendrá después de Khadafi será un protectorado norteamericano o un estado islámico puesto bajo los efectos alucinatorios de Al Qaeda, que la “revolución libia” se resolverá una vez que se entreguen los últimos chorros de gas y de petróleo a la explotación de la cara más vil del Imperio (los capitales norteamericanos, ingleses, holandeses e israelíes).
No es extraño que esas posiciones se dejen llevar por la melancolía del amor perdido y al hacerlo ignoren que las multinacionales del gas y del petróleo ya estaban operando en Libia, para beneficio de Khadafi, y que la casta militar de protectores del pueblo se reveló, con el correr del tiempo, tan decadente y corrupta como la monarquía que vino a suplantar o, dicho en los términos que Khadafi ha puesto a circular: que el amor está herido fatalmente de un componente narcisista.
La situación es penosa: Khadafi se ha (o ha sido) colocado en el lugar del muerto que habla, y los chacales se aproximan lentamente para devorar sus restos.
Nadie sabe qué piensan, qué desean, qué dicen los insurrectos. Sólo nos queda esperar que sitúen el amor popular en un sitial tan alto como su predecesor y que en su horizonte esté la felicidad de todos y cualquiera. No es tan importante saber quién va a ganar esta guerra, sino quién puede perderla.
El “amor de todo mi pueblo”, con certeza, empezó a escurrírsele a Khadafi al intentar perpetuarse en el poder.
jueves, 3 de marzo de 2011
Correspondencia (2)
Sr. Gustavo Canevaro
Presidente de la Fundación El Libro
"La carta que les escribiera en torno a la presencia del escritor Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro ha recorrido su largo camino matutino en múltiples notas periodísticas y radiales, de las cuales extraigo la idea de que estamos ante un debate complejo en torno a los compromisos literarios y políticos. He percibido que la discusión corre el riesgo de ser presentada como una vía para limitar la palabra de un escritor, que siempre leímos como el buen novelista que es, y cuestionamos como especial promotor de interpretaciones inadecuadas sobre la política y la sociedad argentina. No era aquel su sentido, sino el de resguardar la Feria del Libro como ámbito de múltiples voces, procurando que la calidad de las mismas predomine por sobre las inscripciones políticas inmediatistas.
"Esta mañana he recibido un llamado de la Sra. Presidenta de la República en el sentido de afirmar la sustancia, la forma y la pertinencia del debate democrático en todos los planos de su significación. En ese sentido me ha pedido en mi carácter de Director de la Biblioteca Nacional, retirar la carta que anteriormente les he enviado, en la que proponía que el Sr. Vargas Llosa de su conferencia pero no en carácter de acto de inauguración de la Feria. La Sra. Presidenta me hizo conocer su opinión respecto a que esta discusión no puede dejar la más mínima duda de la vocación de libre expresión de ideas políticas en la Feria del Libro, en las circunstancias que sean y tal como sus autoridades lo hayan definido. Tal como me lo ha expresado, no es concebible la vida literaria y el compromiso con la ensayística social sin un absoluto respeto por la palabra de los escritores - o de cualquier ciudadano-, cualquiera sea su significación o intención. Les escribo comunicándoles este diálogo con la Presidenta en la certeza de que estamos comprometidos en toda discusión que sirva para dar más cualidades a la vida democrática, como este intercambio de cartas también lo certifica".
Atentamente
Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional
Correspondencia
Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro
Estimado Carlos:
Ha cobrado estado público la sorprendente presencia de Mario Vargas Llosa como partícipe central de la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires. Le escribo como ciudadano, como director de la Biblioteca Nacional y como lector que aprecia la literatura de Vargas Llosa, a quien he seguido desde La ciudad y los perros hasta El sueño del Celta. No me mueve así ningún despecho ni deseo de limitar su voz –que no precisaba del Premio Nobel para ser justamente difundida- al decirle que considero sumamente inoportuno el lugar que se le ha concedido para inaugurar una Feria que nunca dejó de ser un termómetro de la política y de las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina. ¿Pero no sería este el máximo nivel de facciosidad al que llegaría este evento que a lo largo de los tiempos atravesó toda clase de vicisitudes y supo mantenerse como digno exponente de la cultura universal del libro? Es sabido que hay dos Vargas Llosa, el gran escritor que todos festejamos, y el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región con argumentos que lamentablemente no solo deforman muchas realidades, sino que se prestan a justificar las peores experiencias políticas del pasado. Mucho tememos que no sea el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral el que hable en la Feria sino el Vargas Llosa de la coalición de derecha que en estos mismos días realiza una reunión en Buenos Aires. Considero que para la inauguración hay numerosos escritores argentinos que pueden representar acabadamente un horizonte común de ideas, sin el mesianismo autoritario que hoy aqueja al Vargas Llosa de los círculos mundiales de la derecha más agresiva (aunque so pretexto de liberalismo), que diferenciamos del Vargas Llosa novelista, que mantiene viva su sensibilidad como autor de grandes ficciones del realismo histórico-social. Lo invito a que reconsidere esta desafortunada invitación que ofende a un gran sector de la cultura argentina y que junto a las respectivas comisiones directivas de la Fundación El Libro determine que la conferencia de Vargas Llosa –que podríamos escuchar con respeto en la disidencia- se realice en el marco de la Feria pero al margen de su inauguración, y que para este evento inaugural, como es costumbre, se designe a un escritor argentino en condiciones de representar las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina.
Afectuosamente
Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional
miércoles, 2 de marzo de 2011
martes, 1 de marzo de 2011
Evil Twin
La última que vimos es Wild Target (2010) donde personifica a una encantadora ladrona (un poco compulsiva) a quien Rupert Everett (una de sus víctimas) manda a matar. Contrata, a tal efecto, al mejor asesino del mundo, Victor Maynard (desempeñado por el siempre infalible Bill Nighy, el roquero desquiciado y sentimental de Love Actually, otro clásico de clásicos, que aquí es madre-dependiente y practica su francés mientras mata).
¿Hace falta decir más? Ah, sí: London, London, como escenario y personaje secundario (y el amigo de Harry Potter, pero eso, en fin...). Intrascendente y no mucho más que el trailer:
Pero ella es divina y tiene un sentido de la actuación y la elegancia que, ay, a Anne se le escapa.


