lunes, 5 de junio de 2006

La fiesta deportiva sin igual

Fervor patriótico por default

por Beatriz Sarlo



Difícil cuestión la del nacionalismo, que durante el Mundial de fútbol levanta olas breves pero impetuosas, en un país donde la última dictadura militar invocaba a la patria, cantaba el himno a troche y moche, administraba el terror, eligió como logotipo del mundial un gauchito embanderado y condujo a una guerra supuestamente nacional donde murieron centenares de jóvenes que habían ido a ella obligados aunque fugazmente entusiastas. Para los argentinos, como para cualquier otro país donde hubo dictaduras y guerras dirigidas por dictadores, el nacionalismo es un problema. E, incluso, el propio país puede convertirse en un lugar repudiable.
Me va a ser difícil olvidar el miedo en las salas de cine, durante la dictadura, cuando en la víspera de las fechas patrias sonaba un disco con el himno nacional antes de la última película o, con mayor y más patética obsecuencia, en medio de la película al filo de las doce. Se podía caer preso si, en un acto de rebeldía silenciosa frente a la manipulación del símbolo patriótico, alguien tenía el coraje de seguir sentado. También es difícil olvidar que los vecinos podían denunciar a la policía a quienes no se mostraran adecuadamente fervorosos cuando los locutores histéricos del canal oficial anunciaban victorias sobre los ingleses que eran, por supuesto, falsas o poco significativas para el desenlace final de la guerra y, sobre todo, para el destino de los chicos que iban a morir en el Atlántico sur.
Para todos los que tengan más de cuarenta años, la palabra nacionalismo puede evocar no la legítima dignidad nacional sino también estos entusiasmos sin rumbo. Los golpes de estado se hicieron siempre bajo los pliegues de la bandera y en nombre de la patria. Sus proclamas, que
invocaban, sin falta, los valores nacionales, eran una injuria. Por eso, la palabra nacionalismo soporta esa mancha como, durante mucho tiempo y hasta hoy, la soportó en Alemania porque el partido nazi la tenía incorporada a su nombre, y la expansión nazi, sus crímenes contra los judíos y muchos otros pueblos se protegían con la idea de nación en su acepción más racista (que no ignoraron los militares argentinos).
Debo confesar que, después de 1976, nunca más pude agitar una banderita, usar un distintivo celeste y blanco, ni cantar el himno, aunque racionalmente me diga que todos los pueblos cantan su himno y agitan su bandera incluso después de que, bajo esos símbolos, se hayan cometidos crímenes vergonzosos.
En inglés, el mal nacionalismo, incluidas las expansiones imperialistas y las invasiones, se expresan con una frase: "Errado o en lo cierto, es mi país". Lo peor del nacionalismo está encapsulado en esa fórmula ciega que no describe la hermandad entre compatriotas sino la complicidad entre fanáticos que pueden pasar por alto los errores o los crímenes del propio país mientras ellos no conduzcan a una derrota.
En la Plaza de Mayo, hace poco tiempo, una manifestación de bolivianos pedía justicia por el asesinato a golpes de un compatriota en un boliche. Habían cortado una de las calles laterales, donde los colectivos se amontonaban en doble fila. A mi lado, un hombre me dijo: "¿Sabe? Los que cortan la calle son bolitas, fíjese la pinta, y además allí está la bandera de ellos". Boliviano había pasado a ser un escalón inferior a piquetero y a negro pobre del Gran Buenos Aires. El prejuicio nacionalista estaba fundido con el prejuicio racial. El fastidio por el corte (algo que se puede entender) se multiplicaba por el factor racial y nacional.
"Todos los pueblos son nacionalistas", se dice para atenuar los nacionalismos borrascosos del propio país. En efecto, el nacionalismo puede ser una especie de espontaneidad innata, una ideología por default. Por eso hay que examinarla con desconfianza. El nacionalismo funciona
por default, cuando no hay otras buenas razones colectivas para reconocerse como parte de una comunidad. Hace mucho tiempo, los argentinos sentían orgullo porque eran una nación donde estaba garantizada la escolaridad y se creía que todos sabían leer y escribir. Hoy nadie puede enorgullecerse con ese argumento legítimo, ni con una distribución más pareja del ingreso, ni con la inexistencia de grandes bolsones de miseria. La identificación nacional, entonces, se agota rápido.
Cuando los franceses ganaron la Copa del Mundo, ese triunfo se sumó a muchas otras victorias de una nación acostumbrada a los buenos y los malos nacionalismos. Cuando la Argentina ganó la misma copa, se trató del logro máximo de un país pequeño y poco significativo. Para Argentina o Brasil, la copa es más importante que para Francia o Alemania. Aunque en el partido final el ruido de las hinchadas sea idéntico, hay que pensar en las diferencias que marcan las vidas en América del Sur y en Europa durante los cuatro años sin Mundial de fútbol que muy pronto empezarán a transcurrir.

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