jueves, 27 de febrero de 2020

La invención de una epidemia

por Giorgio Agamben para Quodlibet.it (vía Ficción de la razón)

Frente a las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus, es necesario partir de las declaraciones de la CNR*, según las cuales no sólo “no hay ninguna epidemia de SARS-CoV2 en Italia”, sino que de todos modos “la infección, según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, provoca síntomas leves/moderados (una especie de gripe) en el 80-90% de los casos”. En el 10-15% de los casos, puede desarrollarse una neumonía, cuyo curso es, sin embargo, benigno en la mayoría de los casos. Se estima que sólo el 4% de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos”.
Si esta es la situación real, ¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?
Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento desproporcionado. En primer lugar, hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”. Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes. Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de expulsión del municipio o zona en cuestión por parte de todos los individuos presentes en cualquier caso en el municipio o zona; b) prohibición de acceso al municipio o zona en cuestión; c) suspensión de eventos o iniciativas de cualquier tipo, actos y toda forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, aunque se celebren en lugares cerrados y abiertos al público; d) suspensión de los servicios de educación para niños y escuelas de todos los niveles y grados, así como de la asistencia a actividades escolares y de educación superior, excepto las actividades de educación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otras instituciones y lugares culturales a que se refiere el artículo 101 del Código del Patrimonio Cultural y del Paisaje, según lo dispuesto en el Decreto Legislativo 22 de enero de 2004, n. 42, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre e irrestricto a esas instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes educativos, tanto en Italia como en el extranjero; g) suspensión de los procedimientos de quiebra y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la prestación de los servicios esenciales y de los servicios públicos; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa entre las personas que hayan estado en estrecho contacto con casos confirmados de enfermedades infecciosas generalizadas.
La desproporción frente a lo que según la CNR es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.
El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.
26 de febrero de 2020
* CNR es la sigla de El Consiglio Nazionale delle Ricerche [Consejo Nacional de Investigación].

sábado, 22 de febrero de 2020

Peronismo invertido

por Daniel Link para Perfil


Entre las más raras aseveraciones escuchadas en los últimos tiempos se cuentan las del Sr. Barba, quien dictaminó que la Sra. Fernández es la política más brillante de toda la historia argentina.

Es, sin duda, la más carismática y ha demostrado una capacidad ciclópea para sobrevivir a la adversidad. Pero si se la mide según el rasero peronista, la cosa cambia bastante. Como se sabe, la octava de las “Veinte verdades” reza: “En la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: primero la patria, después el Movimiento y luego los hombres”. Las mujeres quedaban circunscriptas primero al Partido Peronista Femenino fundado por Eva Duarte y después a la “Rama Femenina” (oprobiosa concesión de una cuota del 33% de acceso a cargos públicos para las mujeres).

La Sra. Fernández invirtió todas las reglas y valores. Puso, en primer término, a su propia persona, en segundo término al Movimiento (transformado ahora en un Frente variopinto) y, por último, a la Patria.

La “jugada maestra” de la Sra. Fernández, proponiéndose como vicepresidente de una fórmula lo fue sólo porque le permitió garantizar para ella y su familia una cierta tranquilidad jurídica. No está claro que el movimiento peronista, en primer término, o la patria, en última instancia, hayan ganado nada con esa movida de una astucia impar. Sobre todo porque fue contestada por otra jugada memorable, el presente griego macrista: “¿Quieren gobernar? Háganlo sin plata”.

Ninguna de las dos jugadas engrandece la política, sólo la historia particular de la mezquindad.




lunes, 17 de febrero de 2020

Gobierno y administración

por Beatriz Sarlo para Perfil

Alberto Fernández asumió el 10 de diciembre de 2019, hace poco más de dos meses y, según todas las noticias, se ocupó intensamente de las designaciones. Parece lógico, puesto que en ministerios y secretarías se reemplaza a los responsables de políticas llevadas a cabo por el frente macrista, que perdió las elecciones en gran parte por el fracaso de sus actos de gobierno.
La Argentina no se caracteriza por la continuidad, sino por hacer cambios bajo cada nuevo presidente, que reza, al mismo tiempo, la homilía de que esos cambios son indispensables, porque nos pondrán en el buen camino. Nuestras instituciones administrativas tienen, con agobiante frecuencia, una quebrada continuidad que recomienza cada cuatro u ocho años. No cambian solo los ministros y sus equipos, sino más abajo, en la estructura burocrática del Estado. Esta no es la regla en otros países, cuyas administraciones admiramos por la solidez y la experiencia. En general, no toquetean excesivamente los organismos que no sean instrumentos políticos propiamente dichos y definidos.
Pongo un ejemplo: la Library of Congress de Washington, la mayor biblioteca de Estados Unidos, fue fundada en 1800 y tuvo, desde entonces hasta hoy, 14 directores. Conocí a James Billington cuando lo nombraron, en 1987, y allí se quedó hasta su retiro, en 2015. Casi treinta años. Son cargos del más alto nivel de la administración cultural y técnica del Estado, no cargos políticos. Investigué sobre literatura argentina en la Biblioteca del Congreso, entre colecciones completas de revistas y primeras ediciones de libros rioplatenses. Los subsuelos son tan extensos que es posible desplazarse en carritos similares a los que se usan para transportar valijas en los aeropuertos. El acceso a los anaqueles es libre para quienes demuestren ser investigadores, así como es libre el acceso a los anaqueles en las bibliotecas de todas las universidades a quien posea la credencial de alumno. La Biblioteca Nacional de Francia tuvo 15 directores entre 1840 y 1993. Son muchos, pero no habría que olvidar que, en ese período, sucedió la Comuna, el cambio de régimen político, dos guerras mundiales y la ocupación alemana.
Sigan leyendo, por favor, en vez de insultarme por elitismo cosmopolita, ya que no estoy pasando datos de difícil acceso sino de lo que cualquiera puede enterarse en un folleto o la página web de esas instituciones. Cosa parecida sucede con los teatros nacionales, donde sus directores no duran un período presidencial, como hoy sucede en Argentina, donde Alejandro Tantanian, director del Teatro Nacional Cervantes, acaba de presentar su renuncia y nadie en el Ministerio de Cultura intentó disuadirlo. La Biblioteca Nacional cambió de director cada vez que hubo cambio de presidente. Cuando llega el nuevo ministro o secretario, la historia empieza de nuevo.
Repartija. En otros países, la administración cultural y técnica no está inexorablemente definida por la repartija de cargos; en consecuencia, no todos los funcionarios son reemplazados con cada cambio de gobierno. Por eso, hay administración y no ocupación temporaria del Estado. El problema argentino no es que el número de funcionarios sea elevado, ya que es levemente menor que en otros países de la OCDE, sino si esos funcionarios tienen los antecedentes que prueban su preparación para el cargo y, una vez allí, se les concedan plazos razonables para desarrollar un proyecto.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Hoy, la cuestión es más grave porque, además, es preciso responder a los pedidos o las órdenes de la vicepresidenta Cristina Kirchner, que no piensa privar a ninguno de los suyos de un lugar bajo el sol. El doble comando ha instalado su ventanilla de nombramientos.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Y aquí viene mi interrogante: ¿necesitamos más cargos porque la militancia partidaria está sostenida por la promesa de un lugar en la administración del Estado? ¿Los partidos existen porque, además de los cargos electivos, se juramentan a repartir la administración? ¿Hasta qué nivel de la administración el acceso a cargos es casi puramente político y no técnico?
Elites de todo pelaje. Los países europeos tienen extensas administraciones, pero sus reglas de acceso y permanencia son diferentes: los cargos de la administración no se vacían ni se llenan según los períodos presidenciales. Son administraciones y no botines de guerra. A esos cargos se accede según normas cuyo carácter estricto llega incluso a ser cuestionado, porque tienden a consolidar elites sociales y educativas. Lo que no sucede es que se renueven según el subterráneo oleaje de los compromisos electorales, ni que el nuevo presidente deba pagar deudas contraídas durante la campaña que lo llevó a la victoria. La burocracia conserva una relativa continuidad suprapartidaria.
Algunos países europeos crean elites administrativas (Oxford y Cambridge son el caso en Gran Bretaña; las grandes Ecoles, en Francia). La Argentina ha renunciado a esa selección académica y meritocrática porque, una vez más, justificamos nuestra débil calidad administrativa con el cantito de que no somos elitistas.
Las buenas causas. Declararse feminista, solidario con los de abajo, obsesionado por la pobreza, etc., etc., solo certifica una opción ideológica. Como la de alguien que se declarara católico o antiimperialista. No compensa la falta de preparación específica ni las sobreactuaciones. Los ministros Daniel Arroyo o Ginés González García han demostrado que la experiencia y el conocimiento son cualidades indispensables para que las convicciones ideológicas no armen un cepo al funcionario y al gobierno.
El caso contrario fue, en estos días, el de Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de Mujeres, Género y Diversidad. Ella cree que puede seguir emitiendo sus opiniones como si estuviera en una organización social y no en el Estado. No diferenciar entre uno y otro espacio resulta de una ignorancia provocadora. Gómez Alcorta parece no saber que, en un sistema presidencialista, es el presidente quien marca la dirección fundamental y decide los debates. Apoyada por Cristina, agita el estandarte de Milagro Sala para convertirla en símbolo y prueba de que en Argentina hay presos políticos. Se ve que no le informaron sobre los años en que hubo presos verdaderamente políticos y desaparecidos de la misma especie.
Es probable que esto sea resultado de la democracia desordenada que todos conocemos. Sin que se le cayeran los anteojos, Gómez Alcorta contradijo al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, que expresa las ideas de Alberto Fernández. Dijo Gómez Alcorta: “A veces hacemos eje en cuestiones semánticas e intentamos poner diferentes posiciones, pero cuando vos tenés a una persona a la que se le hace un proceso judicial con la única finalidad de detenerla por cuestiones políticas, eso es un preso político”. Fernández ha repetido que su gobierno no tiene presos políticos. Gómez Alcorta interpreta que “la finalidad de la detención de Milagro Sala es política”. Son opiniones. Pero es grave que sea el propio Presidente quien quede incluido en el juicio de la muy progresista ministra, que está haciendo sus primeras armas en el aparato del Estado, después de militar en organizaciones de la sociedad civil.
 En un reportaje de Página/12 afirmó que es la primera universitaria de su familia, como para disolver sospechas sobre el segundo apellido que ella misma elige usar. Si le pesa el apellido, podría llamarse tranquilamente Elizabeth Gómez y no despertar suspicacias, diría algún gracioso con prejuicios sociales. La tensión entre el monopolio de las elites (sean de universidades reconocidas mundialmente como de grandes escuelas de administración) y la ampliación democrática no se resuelve con la incorporación de ideólogos que pasan por alto las complejidades del gobierno y creen que sus creencias son las únicas verdaderas. Se equivocan, aunque defiendan buenas causas. Dejémosle la pedantería a Cristina, su dirigente táctica y estratégica.


sábado, 15 de febrero de 2020

En defensa de una vida

por Daniel Link para Perfil

Quienes se dicen “pro vida” son hipócritas o peones de las causas más siniestras. Por eso sus manifestaciones públicas son una mezcla de (comprensible) terror y de desprecio por el otro.
La hipocresía queda clara si se analizan los argumentos en defensa de “la vida” en abstracto (como si un espermatozoide, un embrión, un niño de diez años o un melón pasado fueran lo mismo).
Por supuesto, entrenados en la debatología, podríamos desarrollar ese argumento con el mismo rigor que le aplicaron los textos vetotestamentarios en su momento (por razones históricas en las que no tiene aquí sentido detenerse): el onanista merece la muerte porque impide la continuidad de la especie; la adúltera merece la muerte porque enturbia la distribución de la herencia.
Nada de eso nos interesa ya, como tampoco nos conviene una defensa de lo vivo que prive a la humanidad del derecho soberano a elegir en qué condiciones se puede elegir éticamente.
Estamos, en abstracto, contra el aborto, porque supone una confrontación violenta (en el sentido de no deseada ni buscada) no tanto con la muerte, como se pretende, sino con el sentido de la vida.
Ahora bien, eso no puede ser un obstáculo para la promulgación de una ley de salud pública que garantice que las personas que no estén en condiciones de decidir la continuidad de un embarazo sin peligro (para sus propias vidas y para la comunidad de la que forman parte) puedan interrumpirlo en condiciones sanitarias comunes y seguras.
Puestos a decidir en qué contextos la interrupción del embarazo y el cuerpo de la mujer pueden ser pensados puede presuponer un horizonte antisocial, de la pura negatividad, tal como se pretende, desde el mismo lugar “pro-vida”, de los sujetos designados como queer, porque desafían las así llamadas leyes naturales y esa otra abstracción ridícula: la ciencia.
En la interrupción del embarazo resuenan los problemas éticos de la responsabilidad y el consentimiento y, más en general, el de la vida y la muerte, pero especificadas: “qué vida” y “qué muerte”.
Si la vida puede legítimamente plantearse como un continuo, de ningún modo puede pensársela en abstracto, como si la mapaternidad hubiera sido lo mismo para los esclavos de la Grecia antigua, para los obreros de la Inglaterra del siglo XVIII o para los millenials a quienes nos gustaría restringirles el acceso a las redes sociales por un tiempo. Cada vez, la producción de lo viviente ha significado cosas diferentes.
Los peones de la ideología pro-vida, algunas veces sin saberlo, pero la mayoría de las veces con muy mala conciencia, atribuyen a las mujeres que militan en favor de la legalización de la interrupción del embarazo (lo que no significa aplaudir el aborto, ni mucho menos) una capacidad ilusoria para dañar a los niños y al futuro (de la nación y de la especie). Por eso los vientres gestantes son condenadas a un nuevo estado de excepción: hay que vigilarlos, para que no desbaraten los objetivos del capitalismo y para que sigan produciendo a toda costa esclavos y para que el cálculo optimizador de lo viviente que caracteriza a nuestros Estados no se desbarate.
Esa responsabilización de la mujer funciona como coartada del poder para atar el cuerpo de la mujer a una función reproductiva cuyo objetivo es la producción a gran escala de esclavitud maquínica, de vidas precarizadas (incluida, claro, la de la madre condenada a serlo).
El Niño fantasmático que invocan los ideólogos pro-vida y la Madre imaginaria complemento de esa figura de discurso delimitan el espacio de excepción en el que se juega no tanto el principio liberal de decidir algo sobre el propio cuerpo, sino el derecho soberano a elegir en qué condiciones uno es capaz de decidir sobre la propia vida calificada (esto quiere decir: una vida tal o cual, una vida imaginada en esta o en aquella dirección).
Una respuesta ética mucho más luminosa que la actual criminalización sería decir no al aborto (en el sentido de no desearlo, y de no considerarlo una opción) en un contexto legal que no prohiba su ejercicio ni criminalice a quienes deciden no poder decidir en algunas condiciones específicas la mapaternidad.

domingo, 9 de febrero de 2020

El pensador del mundo

Por Daniel Link para Perfil Cultura



En el campo de las humanidades (“palabra orgullosa y triste”), Georg Steiner, que acaba de morir a sus noventa años, ocupa un lugar que ya no existe o es imposible. Steiner fue, como Eric Auerbach, uno de los grandes lectores del siglo XX. Había nacido en París en 1929, en el seno de una familia judía de origen vienés. En 1940, su familia emigró a Nueva York, para huir del nazismo. Estudio en Chicago, en Harvard, en Oxford. Se especializó en literatura comparada, no porque quisiera jactarse de su erudición (abrumadora) sino porque entendía que era el ámbito adecuando de desarrollo de las experiencias de los “maestros-refugiados”, esos nómades como él (y como Auerbach y como Leo Spitzer) que necesitaron inventarse una patria porque ninguna de las existentes podía ser vivida como propia sin desgarraduras. Esa patria fue para ellos el mundo, esa extraña creación del espíritu. Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967), En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura (1971) y Extraterritorial: Ensayos sobre literatura y la revolución lingüística (1972) son algunos de sus fundamentales aportes a la mejor comprensión del mundo y los trazos y los ritmos a través de los cuales su voz se deja apenas entrever.

Pero hay sobre todo una idea que Steiner nos regaló. Está desarrollada en

Después de Babel - Aspectos del lenguaje y la traducción (1975).

Estamos acostumbrados a pensar que, cuando los hombres quisieron construir una torre que llegara al cielo, Dios castigó esa arrogancia confundiendo para siempre sus lenguajes. Se cometió un error atroz, se produjo una liberación accidental del caos, semejante a la que desencadenó la caja de Pandora. Así, la situación lingüística del hombre, las barreras absurdas que le impiden comunicarse, son un castigo. Deseoso de escuchar, como Tántalo, la charla de los dioses, el hombre mortal se vio convertido en un bruto y perdió todo recuerdo de su palabra nativa y universal.

Para Steiner, por el contrario, la pródiga diversidad de los lenguajes naturales (unos veinte mil, históricamente considerados) ha sido la condición indispensable para que hombres y mujeres gocen de la libertad de percibir, de articular y de “reescribir” el mundo existencial en plural libertad.

El lenguaje único es concentracionario y Dios quiso librarnos de esa pesadilla a la que los nacionalismos pretenden devolvernos. El mundo es uno y es diverso y cada vez que una lengua desaparece, muere con ella un mundillo entero, una forma de vivir, una manera de hacer memoria.

Georg Steiner podría no haber dicho otra cosa, y esto ya sería un bien a agradecerle. Por fortuna dijo, escribió y pensó mucho más. Pensó el mundo como posibilidad.


sábado, 8 de febrero de 2020

Gobernantes historiadores

Por Daniel Link para Perfil


Empezamos a cansarnos de la gubernamentabilidad historicista, que justifica sus acciones en el pasado, llámese “tierra arrasada” o “herencia recibida”. Al Sr. Macri no le toleramos ni una sola vez que justificara en la década previa sus dislates. No creo que sea el momento de cambiar de criterio.

Es imposible historiar el presente sin haberlo abandonado previamente. Dentro de treinta años alguien se atreverá a trazar el cuadro de los procesos por los que atravesamos en este primer quinto de siglo y habrá querellas sobre cómo entender las palabras y los números que surjan de los archivos (antes polvorientos, hoy luminiscentes).

Lo que nos importa no es el pasado que fue (irremediablemente) sino el futuro: ¿cómo llegaremos al final de la década del 20, qué hipótesis podemos formular para el lugar en el mundo de nuestra descendencia? ¿Tiene Argentina algún destino diferente de la decadencia?

Parte de mi familia se ha abocado a la gestión de nacionalidades dobles, adecuadas para una huida intempestiva, lo que no parece ser un buen augurio. Sé de artistas (cuya decisión no apruebo) que ya han abrazado la bandera paraguaya.

Independientemente de las razones económicas, que pueden ser comprensibles (más o menos), lo que alimenta esa fantasía global de vivir en cualquier parte es la angustia ante la ausencia de un proyecto un poco más concreto que abstracciones como “justicia”, “solidaridad”, “derechos”, que son principios tan obvios que no alcanzan para marcar ningún rumbo de mediano plazo.

Ya sé que la delicadeza de la hora implica inventos para engañar a los acreedores, pero al margen de esas opacas negociaciones de las que participo sin algarabía a través de los portales de noticias, no me molestaría un poco de futuro, aunque no se trate de la “cornucopia de sentidos” con la que Beatriz Sarlo definió en su momento a la era alfonsinista. ¿Podemos discutir “una que sepamos todos”?


¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

Se produjo una rasgadura en el tejido de los días del verano y apareció un más allá del sentido: el Mal absoluto existía y se había materializado en Villa Gesell, en la figura de una Hidra de diez cabezas, monstruo acuático ctónico con forma de serpiente policéfala.
El resultado: una muerte completamente gratuita pero, sobre todo, un asesino colectivo que sale a desayunar después de haber matado, como si nada.
Todas las hipótesis se desplegaron: alcohol, droga, noche, la insensibilidad del poder, el desprecio de clase. Nada sonaba satisfactorio. Pola Oloixarac manifestó su fastidio en estas mismas páginas. Martín Kohan fue a revisar los textos fundamentales de la infamia argentina: “La fiesta del monstruo”, “El niño proletario”. Las feministas editorializaron: “¿Vieron? Nadie está a salvo”.
Esta semana, se descubrió el registro en video del ataque en uno de los dispositivos del Monstruo policéfalo (que otros llaman Horda, pero que es un Único: el Único fascista).
Surgió una nueva posibilidad, una nueva figura: el “homicidio por placer”. Ignoro todo sobre esa carátula, pero desde el punto de vista pulsional convendría pensar antes en el goce que en placer, porque cuando la satisfacción se liga con la muerte (propia o del otro), ahí, en esa sutura, lo que está pasando desafía la noción misma de la vida, del viviente, del animal y de lo político.
Si el exterminio del otro (matarlo a golpes, lo que fuere) es lo único que garantiza mi propia supervivencia, habría que preguntarse qué clase de vida es la vida que yo llevo, que llevamos, y cómo nos define esa compulsión, la misma que llevó a Leopold y Loeb, dos estudiantes ricos de Chicago, a secuestrar y asesinar (por puro placer intelectual) a Robert "Bobby" Franks en 1924. El asunto le interesó a Cortázar, le interesó a Hitchcock (La soga) y si vuelve a interesarnos es porque interroga nuestra noción de humanidad y de vida. 

 

martes, 4 de febrero de 2020

Nuestro Kafka



¿Por qué los libros del Siglo XX siguen siendo nuestros clásicos?

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El litigio sobre Kafka, que se resolvió recién en 2015, indica la imposibilidad de comprender su parábola “Ante la ley”.

Franz escribió el 29 de noviembre de 1922: “Querido Max, quizá esta vez no vuelva a levantarme, es muy probable una pulmonía después de un mes de fiebre pulmonar, y ni siquiera el hecho de que lo escriba la ahuyentará, aunque tiene algún poder.
“Para ese caso, mi último deseo en relación con todo lo que he escrito: De todo lo que he escrito son válidos únicamente los libros: La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, El médico rural y el relato «Un artista del hambre». (Los pocos ejemplares de Contemplación pueden quedar, no quiero imponerle a nadie el trabajo de destruirlos, pero no ha de reimprimirse nada de ello).
“En cambio todo lo demás que yo he escrito (publicado en revistas, manuscritos o cartas), sin excepción, en la medida en que sea accesible o que se pueda conseguir pidiéndoselo a los destinatarios (tú conoces a la mayoría de los destinatarios, en lo sustancial se trata de la señora Felice M., la señora Julie Wohryzek y la señora Milena Pollak; sobre todo, no olvides un par de cuadernos que tiene la señora Pollak)— todo eso sin excepción y de preferencia sin ser leído (no te prohíbo a ti que lo veas, aunque preferiría que no lo hicieras, pero no deben verlos ninguna otra persona)— todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible”.
Lo que sigue es conocido: Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924 después de haber apenas terminado su último, extraordinario relato “Josefina, la cantante (o el pueblo de los ratones)”. Brod publicó gran parte de su legado (las novelas, el Diario, algunos volúmenes de relatos, la correspondencia). A su muerte en Israel en 1968, legó todos sus papeles, incluidos los de Kafka, a su secretaria personal, Esther Hoffe, con la obligación de que los entregara a un archivo público, en Israel o el extranjero.
Esther tampoco cumplió con la voluntad póstuma y empezó a gestionar el legado provisional de documentos como una colección privada. Hoffe se dedicó a subastar manuscritos y documentos al mejor postor para conseguir millones de dólares.
Muchas de las decenas de miles de páginas que recibió en custodia acabaron en manos del Archivo de Literatura Alemana (Marbach). El resto de los documentos se ocultaron en 10 cajas de seguridad situadas en bancos de Tel Aviv y Zúrich, así como en las paredes de la casa de la secretaria.
A su muerte en 2007, Esther Hoffe legó los manuscritos y cartas a sus dos hijas. Fue entonces cuando la Biblioteca Nacional, amparada por el Gobierno de Israel, y las herederas hermanas Hoffe, apoyadas por el Archivo de Literatura Alemana iniciaron un complicado pleito que se cerró recién en 2015, en favor de la Biblioteca Nacional de Israel, que se quedó con el archivo.
Kafka era consciente de que la literatura era para él un paso de vida, una experiencia personal, y por eso decidió que no hubiera ni obra ni legado, es decir, patrimonio. En términos muy generales, lo que se lee en esa experiencia es un sentido de repugnancia a todas las formas de autoritarismo, desde las más familiares hasta las más estatales o económicas: la máquina edípica, la máquina burocrática, la máquina capitalista son no sólo los temas de sus parábolas y novelas, sino también el objeto de su crítica radical de inspiración libertaria (Kafka era naturista, vegetariano, simpatizante de los movimientos anarquistas, estudioso de la cultura idish). Rechazar la transformación de su experiencia en mercancía es parte de ese dispositivo.
Kafka es, por supuesto, un maestro de la forma breve. “Ante la ley”, uno de sus más célebres textos, que aparece reproducido en películas como Laberinto o Después de hora, es un texto extremadamente complejo (aún en su sobriedad, porque Kafka encuentra en la sobriedad el camino hacia su propio infinito). La parábola “Ante la ley” formaba parte de la novela inconclusa El proceso, que Kafka pretendía que fuera quemada, pero había sido publicada previamente como fragmento autónomo. Esa página le importaba más que todo el resto. Y le importó al Siglo XX, que hizo de Kafka uno de sus pilares fundamentales. Kafka le llega a Borges, pero también a Burroughs, a Foucault, a Copi.
La potencia nihilista de Kafka ha sido subrayada desde distintas posiciones políticas. Max Brod cuenta esta conversación sobre la maldad y la locura de Dios (es decir, de la Ley). “¿Pero cómo, entonces no hay esperanza en el mundo?”, preguntó Max. Y Kafka le contestó: “Sí, claro que hay esperanza, hay muchísima esperanza, hay infinita esperanza, pero no para nosotros”. Como no se puede esperar nada, conviene hacer explotar las fuerzas de la espera para encontrar una salida.
Volvamos al comienzo: dos Estados se disputaron durante medio siglo el archivo de Kafka. El Estado alemán alegó que Kafka escribió en el alemán más puro que pudiera imaginarse. Correspondía que sus manuscritos estuvieran en territorio alemán. El estado israelí argumentó que Kafka era judío, y que por lo tanto, su archivo tenía que estar en el Estado que representa al pueblo judío.
Los dos argumentos son falaces (Kafka escribió en un contexto multilingüístico; el Estado israelí no representa a todos los judíos y es, además, un Estado multicultural) pero sobre todo, tristes: obturan la discusión de la experiencia llamada Kafka que atraviesa el siglo XX (una fuerza que no implica el reconocimiento sino el desconocimiento, la suspensión de los mandatos y las categorías; la huella de una ausencia y la experiencia pura del olvido y de la desaparición) y en su lugar pone, como ha señalado Judith Butler, la pregunta mezquina “¿A quién le pertenece Kafka?”.



sábado, 25 de enero de 2020

Historia de una obsesión

por Daniel Link para Perfil

Nada nos obsesiona tanto como la propia historia: la de la familia en la que crecimos, la de la generación de cuyas fantasías participamos, la de la patria imaginada. Es que en el fondo sólo hay una patria, la de la infancia, ese estado de la imaginación del que por suerte no terminamos de desprendernos del todo.
Por eso, leemos la cadencia y los ritmos de las sagas con fruición: dicen lo que de nosotros va quedando en el olvido y lo que de nosotros sobrevive en el presente. A mí me pasa sobre todo con Starwars y sus productos derivados (la extraordinaria Mandalorian, por ejemplo). A muchos de mis alumnes de otras épocas, hoy colegas de trabajo, con Terminator (1984), esa pesadilla amortiguada que nunca entendí del todo y de la que siempre me burlé sin culpa. ¿Se puede, en efecto, sostener una fascinación por el mensaje apologético sobre la humanidad exhausta que Terminator no cesa de proclamar en cada una de sus entregas y, al mismo tiempo, comulgar con las teorías feministas radicales de Donna Haraway y su «Cyborg Manifesto», estrictamente contemporáneo de la primera entrega sobre las desventuras de John Connor?
Terminator 2 (1991), Terminator 3 (2003), Terminator 4 (2009), Terminator 5 (2015) y Terminator 6 (2019) son como los reencuentros de compañeros de secundario o de servicio militar obligatorio, que, cada vez, ven menos sentido en lo que los unía (el amor o el espanto compartido).
Y, cada vez, no queda claro por qué las máquinas no terminan de alcanzar la conciencia del mal que se les auguraba desde 1985. Si Siri es lo más lejos que la inteligencia artificial ha llegado, podemos confiar en que la extinción nos llegará antes por la irresponsabilidad ecológica que por ataque maquínico.
Siempre pensé que las tres Matrix (1999-2003) eran mejores versiones del mismo espanto ante los tiempos poshistóricos y poshumanos que vivimos. Un poco más cool, en todo caso.
La primera Terminator me pareció tramposa, tonta, encantadora. La segunda y la tercera me llevaron al sopor y al fastidio. Nada me pareció más bajo o más asqueroso que la cuarta, protagonizada por el abominable Christian Bale y su manía de escuchar casettes sin digitalizar.
El fracaso rotundo de Terminator 5 me llenó de algarabía. Tal vez ahora las máquinas fueran puestas en su justo lugar, entre el lavarropas y la dirección hidráulica asistida.
Pero James Cameron recuperó la franquicia y nos dio esta entrega póstuma, inconsistente, pedagógica, esclava del Ni una menos y el Me too, que fracasa precisamente por no poder prescindir del orden patriarcal, del patriarca, de Schwarzenegger, aun cuando el asesinato temprano de John Connor, la declinación mexicana (heroína y villano), y la ciborg buena me dieron cierta felicidad. Pensé en mis alumnes de otras épocas y en nuestra común, irremediable caducidad.




sábado, 18 de enero de 2020

Temporada de gatas peludas


por Daniel Link para Perfil

Conversábamos con un visitante anual de nuestra ciudad sobre las nuevas tribus urbanas. Él disfraza sus intereses eróticos de “trabajo de campo”, de antropología silvestre.
Le interesaba particularmente encontrar una denominación para esa variedad de hombres enloquecidos por la rutina gimnástica y la ingesta de complementos deportivos de todo tipo que han optado por dejarse la barba y sonreír sin ton ni son desde alguna playa en sus páginas de Instagram.
Para nosotros esos son “osos”, le decimos y él protesta, porque por lo general se asocia esa categoría con hombres cuyo índice de masa corporal supera holgadamente los 30 puntos. Tratamos de que entendiera que eso es un error conceptual, porque el IMC no distingue entre grasa corporal y muscular y porque, además, la categoría “oso” es tanto morfológica como actitudinal.
Aclaró que se refería a personas de clase media alta, por lo general blancas y que frecuentan primariamente reuniones específicas y privativas para esas especies. Como quien dijera: un grupo cerrado de personas más o menos idénticas.
Nadie quiso dar un nombre propio pero era evidente que todos teníamos en la cabeza a la misma persona, una musculoca excesiva y con fantasías rayanas en el delirio sobre su propia presencia.
Repasamos las tribus: él no quería identificar a ese grupo sin nombre con los osos. No podíamos pensarlos como nutrias (flacos velludos, no necesariamente con barba) por una cuestión morfológica. Tampoco como chacales, porque éstos son de piel morena y costumbres y hablar más bien barriobajeros. Por otro lado, suelen ser más bien lampiños (la cosa india) y cultivan los tatuajes y el entrenamiento callejero.
De las otras clases, ni hablar (lo “leather”, que cualquiera puede cultivar como un adorno, exige sin embargo un compromiso con el goce que no creíamos que ninguna de estas personas fueran capaces de sostener en el tiempo).
La clave vino, una vez más, del lado de la economía. Porque aunque no pudiéramos encontrar el nombre, sabíamos que tampoco podía identificarse a esta clase con el sugar daddy, el hombre mayor que colma de regalos a su pareja más joven.
Por el contrario, la musculoca objeto de nuestra indagación se pone siempre en el lugar del regalado, nunca del regalador.
Impaciente, mi marido dio con el nombre exacto de la nueva especie: “gata peluda, así se llaman”, dijo. “Siempre encuentran a alguien que les amortice su 30 %”.

sábado, 11 de enero de 2020

El malestar

Por Daniel Link para Perfil


Y me llegó el día y me convertí en un viejo mendigo. Viajo a Chicago, en encomienda laboral. La Universidad de Northwestern se hace cargo de mis gastos. Me dicen que van a reintegrarme todos los dólares, incluido el taxi de aeropuerto y los desayunos (no incluidos en la reserva de hotel que tan gentilmente realizaron en mi nombre). De pronto me doy cuenta de que al pagar las comidas, el transporte, sabe Dios qué imprevisto farmaceutico, todo me saldrá un 30 % más caro, que la Universidad no va a reconocer porque ellos son tan inocentes como yo de la laberíntica política cambiaria que rige en Argentina.
Podría rendir algún gasto a través de mi cuenta de investigación, pero no creo que ese 30 % pueda pasar los rigurosos controles y las auditorías de las universidades criollas.
No tengo ropa para el frío extremo de los lagos de Illinois. Una colega que trabaja allí me promete que va a poner a disposición mía una campera de su padre.
Me dirán que no debo quejarme en un país donde mucha gente pasa hambre, y aclaro que no lo estoy haciendo. Sencillamente informo las condiciones en que se desarrollará nuestro trabajo en el futuro inmediato: habrá que mendigar para obtener lo que nadie puede aquí, en “tierra arrasada”, garantizarnos.
Mientras escribo esto, mi madre me interrumpe para interrogarme severamente por su jubilación: ¿por qué cobrará en enero menos que el mes pasado? Por el aguinaldo, le digo. Y le digo más: vas a cobrar cada vez menos, porque para vos no hay bono porque no cobrás la mínima. 


sábado, 4 de enero de 2020

Solidaridad, un proyecto inconcluso

Por Daniel Link para Perfil

No participo de las redes, ese laberinto de iniquidades, pero cuyos ecos amortiguados me llegan cada tanto a través de los comentarios de mi marido.
Así me entero, desde la playa brasileña donde elegimos despedir la segunda década del tercer milenio, de que muchos de nuestros amigos, volcados nuevamente al oficialismo, consideran solidario veranear en Argentina, no cruzar la frontera, ahogarse de viento en los mares de las pampas.
Como no he podido comprobar el rigor argumentativo del que esa conclusión se derivaría, me limito a subrayar su carácter falaz porque el impuesto PAIS, para cumplir con eficacia con su noble propósito, presupone el gasto o el ahorro en dólares, en este caso: veranear fuera de Argentina.
Confieso que el asunto me tiene un poco confundido porque la mayoría de mis viajes suelen ser laborales, salvo estas escapadas de fin de año, cuyo mayor mérito es librarme de la tarea de drogar a los perros para que no enloquezcan por la pirotecnia y de la planificación de una diversión forzada que, por lo general, me produce más malhumor que otra cosa.
Los pasajes los habíamos comprado con millas mucho antes de las elecciones. Habíamos pagado el alquiler del auto en ese mismo momento y sólo nos quedaba liquidar la reserva del departamento que nos habíamos gustado, cosa que pudimos hacer antes de la entrada en vigor de la ley solidaria.
Como no me siento culpable de poder desarrollar una magra capacidad de ahorro y mi esposo tiene la suerte de vender su talento allende las fronteras, decidimos viajar con dólares contantes y sonantes para evitar todo gasto imponible a través de la tarjeta de crédito.
Claro que no contaba con la astucia de las locadoras de automóviles que, una vez frente al mostrador, nos amenazaron con mil percances posibles para obligarnos a contratar seguros exorbitantes, sobre todo después de agregarle el 30 %. Como fuere, pensamos en todes quienes se beneficiarían de nuestra responsabilidad civil. Como habíamos alquilado un pisito en una locación remota, el auto se nos hacía imprescindible para ir a la casa de cambio a comprar moneda local.
El año viejo ya casi desaparecía como una bola de fuego que se traga el horizonte y habíamos establecido una rutina de almuerzos frugales y cenas baratas, pagadas en riguroso efectivo, sobre todo porque el marzo nuevo nos encontraría con el añadido entuerto de la jubilación desindexada de mi madre.
En algún momento pensé qué raro es que nuestros viajecitos de morondanga desequilibren las cuentas del Estado, pero como ese pensamiento me llevaba a la convicción tenebrosa de que Argentina no tiene solución o a la presunción cabalística de la dolarización, preferí abstenerme de ahondar en el asunto, para comenzar la segunda década del tercer milenio con alguna esperanza.
Pienso, de todos modos, que el impuesto PAÍS sabe más a revancha que a cualquier otra cosa porque los que más tienen no lo van a pagar (tienen cuentas en el exterior, tarjetas corporativas, agentes de bolsa) y es una manera de castigar a quienes votaron en contrario, ¡oh Chetoslovaquia, desmembramiento del Imperio austrohúngaro, con su Sissi peronista!
Pero las deudas hay que pagarlas, no importa quien las haya contraído y no son los pobres, los pauperizados y desalfabetizados, quienes están en mejores condiciones para hacer frente a ese desafío, y bien mirado: a ningún otro. Casi veinte años han pasado desde el comienzo del tercer milenio y no ha sido posible, con gobiernos de distinto signo, y con estrategias de cualquier estilo, disminuir las tasas de pobreza.
Yo no creo que sea nuestra culpa (me refiero a los profesores universitarios, a los escritores, a los fotógrafos y pequeños ahorristas), pero a lo mejor me equivoco.
En todo caso, espero que se comprenda que mi resistencia al 30 % adicional por mis suscripciones a sitios bibliográficos que no están certificados como académicos porque contienen cualquier cosa, no es por falta de solidaridad. Me pregunto, ahora, ¿cómo haré para justificar ese 30 % en las rendiciones anuales de los subsidios para investigación que recibo?
Levanto mi copa por una década más justa.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Cuento de navidad


Por Daniel Link para Perfil

Vimos El ascenso de Skywalker con la melancolía de las cosas cumplidas. Desde siempre, era una cita obligada con mis hijos, creo que a partir de El regreso del Jedi (antes ellos no existían). “Es la última película que vemos juntos”, dije. Sobre todo porque yo ya no voy al cine sino muy excepcionalmente y porque dudo que alguna otra película alcance a concitar nuestra unánime atención, que ni el amor más tenaz (el de mi yerno por mi hija) consiguió resquebrajar. De hecho, él se sumó a esta última aventura, e incluso posó para la foto de rigor con una remera de Starwars que le llevamos especialmente.
Disfrutamos de esta última entrega, sobre todo por la inteligencia con la que J.J. Abrams resolvió los ofensivos desatinos perpetrados por Rian Johnson en El último Jedi.
Desde el comienzo, la película nos arrebató en su vértigo narrativo y su intensidad emocional. Como todos, queríamos saber quién cuernos era Rey y cómo encajaba en la familia trágica de los Skywalker. La solución urdida por J.J.Abrams podrá resultar un poco forzada, pero era la única posible.
Quedamos conformes con la doble filiación (la biológica y la autopercibida) y con las pequeñas arbitrariedades que los guionistas y el director se permitieron (los caballos espaciales, esas cosas).
Estaba cifrado, en ese final, gran parte de nuestras vidas (en el caso de mis hijos: su vida entera) de modo que temblábamos de ansiedad en nuestras butacas. Una amiga, que estaba en otro cine a la misma hora que nosotros, nos dijo que lloró una hora de continuo.
Ahora nos toca decidir qué haremos con el grupo de whatsapp del que participamos desde hace años, donde hay incluso dos benjaminianos recalcitrantes que no quisieron sumarse al culto.
Mi hija propuso echarlos del grupo. Yo no sé si vale la pena continuarlo. The Mandalorian es una serie extraordinaria, pero su épica es menor.
Juana, mi nieta, heredará un imperio de recuerdos.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Mutante




sábado, 21 de diciembre de 2019

La era de Macedonio

Por Daniel Link para Perfil

Estalló el verano y el macedoniofernandismo floreció en una explosión tan vívida que no dejaba ver bien a la distancia. Los diarios insistían en señalar que lo que el Sr. Fernández pretendía unir, la Sra. Fernández lo dividía. O viceversa, en un fragor espiralado que anulaba causas y efectos: lo que Fernández separaba lo juntaba Fernández.
Para peor, durante la semana que ya termina 5.000 líneas de colectivos se declararon en huelga y dos “facciones” (cito por la prensa burguesa) se enfrentaron en la sede de la UTA, cuyo secretario general, el Sr. Roberto Fernández, no aprobó la medida de fuerza impulsada por el delegado opositor Walter Fernández. Mientras el enfrentamiento crecía y se multiplicaban los heridos, el Sr. Fernández (¡pero cuál!) se refugió en los techos y dijo: “Es mi vida o la de ellos”.
Pero no: es la vida de todos y cualquiera. Eso es el macedoniofernandismo: el continuo viviente.
Macedonio Fernández (1874-1962) escribió hacia 1927, junto con algunos amigos, los capítulos de una novela que nunca fue terminada, El hombre que será presidente, con dos intrigas contrapuestas: las curiosas gestiones de Macedonio para ser presidente de la República, por un lado; por el otro, la conspiración urdida por una secta de millonarios neurasténicos y tal vez locos, para lograr el mismo fin.
Como se sabe, el macedonismo alcanzó a Borges, a Piglia, a Horacio González, quien se refirió a ese proyecto como una “fábula anarquista-economicista-biologista”.
El macedoniofernandismo llegó más lejos: alcanzó a Cinthia Fernández, que decidió (sigo citando a la prensa burguesa) un profundo cambio que incluyó corte y tintura, alcanzó a la periodista Mariela Fernández ("¡Ahí voy de nuevo!"), alcanzó a la Fernández Fierro, que lanzó una nueva versión de un viejo tema: “¿Dónde hay un mango, che Fernández?” y me alcanzó a mi, que empecé a pensar al autor del Martín Fierro como José Fernández.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Elogio de la historia

Elogio de la historia

Por Daniel Link para Perfil

¿Lloverá o no lloverá? Imposible saberlo. Hasta que eso suceda, la “lluvia” es del orden de lo posible, aún cuando se diga: “es necesario que llueva”. Lo posible se abre a lo imaginario: imagino un sinfín de posibilidades (todas ellas tienen como punto de partida mi propia capacidad de imaginar). ¿Recuperará mi salario su poder adquisitivo (noviembre fue el mes más cruel)? ¿Me alcanzarán los ahorros que tengo para las magras vacaciones planeadas?
Por definición, con el nuevo gobierno se abre ante nosotros un abanico de posibilidades que los fanáticos de siempre quieren cerrar porque no pueden imaginar que suceda algo diferente de lo que indican sus propias convicciones (que son casi siempre artículos de fe). La forma “manantial” (lo que surge, en el lugar y en el momento en el que surgen) tiene ese encanto: todo puede suceder y nos abrimos a la aventura de lo imaginable.
Lo que no puede sino suceder, lo im-posible, es lo necesario: lo que sucederá, no importa lo que yo piense. Cada vez que arrojo un objeto al aire (pelota, piano, pantalón), éste cae al suelo. La necesidad del cumplimiento de la ley de gravedad es el fundamento de las ciencias físicas (al menos, las que se corresponden con este plano dimensional).
La historia es, también, necesaria: lo que pasó, pasó y hemos llegado a donde estamos porque pasó lo que pasó. Los procesos históricos son im-posibles porque no se pueden ni olvidar ni falsificar. Hemos llegado a este punto (a este abanico de posibilidades) porque el Sr. Macri gobernó como gobernó. Y Macri llegó a gobernar porque la Sra. Fernández había gobernado como había gobernado. Y así sucesivamente hacia atrás, hasta el asesinato de Dorrego por Lavalle, quien fue el primero que dijo “La historia me juzgará”.
No tiene sentido quejarse por el pasado, que necesariamente ha sucedido y que no es un mero posible librado a la imaginación o el deseo. Lo que hay que hacer es analizarlo para ver cómo y por qué llegamos a donde llegamos: cómo y por qué, por ejemplo, llegó el Sr. Macri a gobernar, evitando en la medida de lo posible las teorías conspirativas, muy adecuadas para la falsificación de lo que fue.
Cada momento manantial es como una página en blanco, pero la página en blanco no está vacía, sino plagada de cosas ya dichas y en relación con las cuales se podría diseñar un posible sólo si se leen bien las huellas previas.
La semana que viene estaremos ya en territorio de necesidad porque, si el nuevo gobierno propone una medida, habrá una reacción, un resultado, una consecuencia, un proceso que se desarrollará indefectiblemente.
No sabremos nunca si pudo o no evitarse, pero lo cierto es que es necesario que el peronismo metiera la pata tantas veces para haber llegado a este momento que, todos deseamos, tal vez sea el de su última radiante mutación.


sábado, 7 de diciembre de 2019

Juego de tronos

por Daniel Link para Perfil

Estábamos en interregno. El monarca saliente promulgaba ridículas ordenanzas regias, se dedicaba a triquiñuelas baratas con su bufones y sus ministros y jugaba al golf para no pensar en las miserias que dejaba.
La corte entrante estaba formada por una alianza coyuntural entre el orden feudal y el orden despótico, pero confiábamos en la diplomacia del monarca futuro para limitar la capacidad de movimientos de la madre de los dragones e, incluso, para evitar su muerte a mano de los caudillos del norte.
Como vivíamos un tiempo de nadie, nos enredábamos en discusiones sobre lo que pasaba en otros reinos. El mismo orden que aquí se deshacía como un castillo de arena era acribillado a pedradas, palazos y falsas balas de goma detrás de las montañas. Tardaron casi treinta años, los de aquel lado, en rebelarse y revelar al mundo que no estaban dispuestos a acatar el yugo constitucional creado por un asesino usurpador del trono que todavía muchos años después de su muerte seguía teniendo simpatizantes, incluso en las mesas a las que ocasionalmente nos invitaban. Un día, una nimiedad casi inconsecuente encendió la mecha de la revuelta y la capital de ese reino de pesadilla ardió sin que hiciera falta la intervención de dragonantes.
Más al norte, en los reinos ecuatorianos y los ducados caribeños, la situación era la misma: sublevaciones, huelgas generales, reuniones en la plaza pública. El rey moreno quiso agregar nafta al fuego y se topó con la llamarada de furia de sus súbditos.
Lo peor sucedió en los reinos lacustres, cuando el monarca cocalero quiso extender su señorío más allá de lo que las normas se lo permitían. Hubo descontento entre sus súbditos, que los rancios sectores independentistas de la Media Luna, cuyo fascismo confesional había sido puesto a prueba durante los quince años previos, aprovecharon para desatar un proceso destituyente que obligó al rey a abdicar (su cabeza estaba amenazada). Para nuestra alarma, la progresía local y global casi quema en la plaza pública a la bruja mayor de todos los reinos por haber osado señalar en nombre de las mujeres, la selva y los indígenas, algunos errores y defectos del depuesto.
Si en ese momento nos asustó la pérdida de la dimensión crítica e histórica, algunos días después nos dominó el terror: en la capital del mundo, el rey tramposo se puso en pie de guerra contra los reinos mercosureños porque devaluábamos adrede nuestra moneda.


domingo, 1 de diciembre de 2019

¡Qué no inventan estos gringos!





Siglo XX: Grandes Éxitos (1)


 por Daniel Link para Perfil Cultura

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. Los “Grandes Éxitos” del siglo XX son la antología de la literatura que sigue sonando para nosotros.

Memorias de un enfermo nervioso de Daniel Paul Schreber

Aquella mañana, Daniel Paul Schreber se demoró en uno de esos estados de duermevela que Marcel Proust habría de novelizar pocos años después. De pronto se sobresaltó ante un pensamiento inesperado. Pensó (naturalmente, en alemán): “Sería realmente lindo ser una mujer sometida al coito”. Y se volvió loco.
Daniel Paul Schreber había nacido en 1842 en el seno de una familia burguesa protestante. Su padre fue un célebre médico y educador socialdemócrata que introdujo en Alemania la gimnasia médica y promovió la venta de pequeñas parcelas de terrenos para que los obreros usaran como huertos y jardines (Schrebergarden). El hermano mayor de Daniel se había suicidado, su hermana menor murió enferma mental. A los 42 años, Daniel, ya un reconocido juez y jurisconsulto, es internado por primera vez, bajo un cuadro grave de hipocondría. Dado de alta, vuelve a vivir con su esposa (con quien no ha podido tener hijos) y a seguir cosechando éxitos profesionales.
En 1893, poco después de su ocurrencia matutina que rechaza con la mayor indignación, lo nombran presidente del Tribunal de Apelaciones de Sajonia, cargo que puede desempeñar por muy pocos meses antes de ser dominado por sensaciones de reblandecimiento cerebral, ideas de persecución, alucinaciones visuales y auditivas, anonadamiento y estupor. Vuelven a internarlo en el asilo Sonnenstein, donde escribirá, durante 1900, sus Memorias de un enfermo nervioso, con el solo objeto de que le reviertan la incapacidad jurídica en la que se encontraba y le den el alta. Lo consigue en 1902. Al año siguiente, las Memorias se publican bastante expurgadas.
Poco después tiene una nueva recaída, ya definitiva. Muere en 1911, mientras otro autor, que había publicado en 1900 (o en noviembre de 1899) La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung) se interesó por las Memorias y, sin saber nada sobre el destino de Daniel Paul Schreber, se dedicó a analizar su libro con las típicas interpretaciones abusivas características de Sigmund Freud. El análisis propuesto en "Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])" tuvo una extraordinaria carrera y permitió definir la paranoia clínicamente y, también, culturalmente: el mal del siglo XX.
Tan así fue que Jacques Lacan, cuando escribió su tesis doctoral, eligió la paranoia como tema y cuando tuvo que prologar la traducción francesa de las Memorias, destacó el carácter monumental del libro, al que relacionó con las investigaciones estéticas de Salvador Dalí. El seminario Las psicosis de Lacan retoma el análisis freudiano de las Memorias para señalar sus aciertos y censurar sus defectos (“¿cómo puede ser que algo que da tanta razón a Freud sólo sea abordado por él bajo ciertos modos que dejan mucho que desear?”).
Desde otro marco de lectura, Elías Canetti subraya que en las Memorias "La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder".
¿Qué escribe Schreber en su libro extraordinario para llamar la atención de lectores tan ilustres y para que siga siendo materia de examen más de un siglo después de su publicación original?
Por un lado, cuenta su cuerpo amenazado por la fuerza de Dios: le han extirpado los intestinos, tiene el esófago hecho trizas y las costillas quebradas, le han reemplazado el estómago por el de un judío, le arrancaron los nervios de la cabeza y unos homúnculos le comprimen el cráneo haciendo girar una llave. Todo es inútil porque Dios, al querer destruirlo, va en contra del orden del Cosmos, más poderoso que Dios mismo.
Pero Dios insiste: mediante los rayos que lo constituyen modifica los órganos internos de Schreber para transformarlo en mujer (“Miss Schreber”, lo llama). Hay un complot del que participan los médicos que lo atienden, para asesinar su alma y para entregar su cuerpo de mujer a la prostitución.
Al final, Schreber se da cuenta del objetivo de Dios y de la escala universal de la que forma parte: lo que Dios quiere es cogerse bien cogido a Schreber para generar con él (como pareja divina) una nueva humanidad, superadora de la anterior, ya decadente.
Por el bien de la humanidad, Schreber decide aceptar su rol: “Es pues mi deber ofrecer a los rayos divinos la voluptuosidad y el goce que esos rayos buscan en mi cuerpo”.
Lo único que Freud puede leer en el asunto es que el delirio paranoico de Schreber le sirve para reprimir su deseo homosexual. Para Elías Canetti, “apenas es posible imaginar un error más craso". Para él, el delirio del autor de las Memorias es, en realidad, el modelo exacto del poder político, “que se alimenta de la masa y está compuesto por ella". Schreber, para Canetti, hace masa en una dirección que “el pueblo alemán” seguirá con algarabía durante los años posteriores a la Gran Guerra.
Por otro lado, la deliciosa fantasía de Daniel Paul Schreber no es homosexual, en absoluto. Es transexual y megalómana (si me van a coger para que yo pueda parir al hombre nuevo, el que me coge tiene que ser Dios, el mejor garche).
Las Memorias de un enfermo nervioso son un clásico que todavía nos alcanza, porque inauguran un siglo que, por un lado, hará de las ficciones paranoicas y las conspiraciones la clave de la interpretación política y, por el otro, que hará de la “paranoia controlada” un método de cura (el psicoanálisis) y de la transexualidad una bandera política.
Los argentinos tuvimos la suerte de que Ramón Alcalde tradujera las Memorias y las sometiera a un riguroso trabajo filológico. Perfil publicó ese libro en 1999