Blogs not dead #2: Linkillo
por Bache
(¡Gracias, Matías Raia!)
Por Daniel Link para Perfil
Son tiempos rarisimos. En una reunión docente, una profesora cuenta que le entregaron un parcial escrito con IA. El texto le atribuía a la profesora artículos que nunca había escrito aparecidos en libros que nunca existieron, algo que GPT hace siempre. Yo sospecho que lo hace deliberadamente, o bien para promover la suscripción paga (si pagás no te miento) o bien para desalentar el copy-paste que, sin embargo, las estudiantes practican sin darse cuenta que se hunden en un pozo sin fondo, porque la lista de falsificadoras de parciales circula ya de mano en mano, de docente en docente, de institución en institución. Si pensaban armar una carrera profesional a partir de semejante abuso de las herramientas que el presente les brinda, más bien que abandonen toda pretensión (académica o profesional): ya están quemadas.
El asunto es extrañísimo no sólo por el efecto que suscita en quienes prefieren no pensar y copiar algo que dice una máquina, sino también en quienes evalúan, que empiezan a titubear sobre si permitir o no el uso de IA. ¿Pero cómo? No tomábamos, en la década del ochenta del siglo pasado, parciales a libro abierto? ¿No verificamos, ya entonces, que el mero copy paste no alcanzaba para aprobar un parcial? ¿Y luego, alguna vez se nos ocurrió prohibir el uso de internet para resolver los parciales domiciliarios?
Por supuesto, ante la aparición de una nueva herramienta, lo primero que hay que hacer es aprender a usarla, enseñar a usarla. Una IA no te libera de leer libros, artículos, ni siquiera de pensar por vos misma, porque lo que te devuelve a cada pregunta que le hagas es un camino que deberías recorrer por cuenta propia. Cualquier artículo que hemos leído en nuestras vidas tenía notas al pie, que eran invitaciones a seguir leyendo.
Una IA no te resuelve el mundo, te dice que el mundo es más complejo y más vasto de lo que pensabas. Si vas a usarla como un atajo para sacarte de encima una evaluación es porque no entendiste nada. Toda carrera es una carrera de obstáculos y una IA es un obstáculo más para dejar atrás. Dudá de la IA, como dudás de tu padre, de tu novio (que te mete los cuernos) y de tus enemigas.
Recuerden que lo primero que hizo Hitler fue liberar al Estado de la pesada carga de los "discapacitados".
Por Daniel Link para Perfil
Seamos justos: Presidencia nos ha pedido que discutamos los conceptos, y no las formas. Lo primero que habría que decir es que una cosa no existe sin la otra y que tanto la expresión como el contenido están ya formados. Pero dejemos ese presupuesto de alta filosofía del lenguaje para otro momento y vayamos a lo que, desde una inteligencia silvestre, se considera un “concepto”. Tomemos el caso del concepto “genocidio”, dado que Presidencia fundamentó su veto a la emergencia en discapacidad, a los aumentos salariales en el Hospital Garrahan y otras medidas igualmente urgentes, tomando en cuenta ese concepto: aumentar ahora esos subsidios significaría el genocidio de las generaciones futuras.
Si alguien dijera que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza (algo que señalan no sólo muchas voces autorizadas en varias partes del mundo sino también, y sobre todo, en Israel) le saltarían a la yugular al grito de “antisemitismo”. Y sin embargo, se permite graciosamente que Presidencia considere que la pérdida de poder adquisitivo es un genocidio y nadie levanta la voz para protestar por semejante despropósito.
De un lado tenemos el riesgo material de vida de ancianos, niños enfermos y quienes padecen alguna discapacidad y sus familias (para las cuales quienes las prestaciones por discapacidad se han reducido tan drásticamente como la provisión de medicamentos) y del otro jóvenes cuyo poder adquisitivo se vería recortado hipotéticamente en un porcentaje mínimo. Hacer caer el concepto “genocidio” de ese lado imaginado y futuro de la balanza y no del otro (real y concreto) no puede atribuirse a un simple error de concepto sino a algo que estaba ya previsto en las formas de discurso (“viejos meados”, el enfrentamiento de Presidencia con un niño autista en las redes, etc).
Pero así como los enunciados no pueden pensarse en términos de conceptos sin forma, tampoco puede pensarse la vida como algo no formado. O, mejor dicho, sí puede pensarse de ese modo, pero el resultado es una vida desprovista de todo predicado político, una vida desnuda, algo parecido (aunque no es exactamente lo mismo) a la vida vegetativa.
Es lo que hizo el nazismo cuando emprendió sus procesos de exterminio, sus genocidios. Las personas sobre las cuales se ejerció ese biopoder fueron privadas de ciudadanía y de derechos, fueron transformadas en vidas informes para luego ser exterminadas.
Al negársele ahora a un discapacitado su forma (que es al mismo tiempo biológica y jurídica) se le niegan también sus derechos y se lo arroja al umbral mismo de su exterminio: eso es lo genocida y no que un joven, como dijo el vocero extraoficial de Presidencia: “Si habías pagado un viaje a Buzios para fin de año, olvidate”.
Pareciera que en Argentina no hay lugar, al mismo tiempo, para que alguien vaya a Buzios y para que alguien tenga sus necesidades en la discapacidad cubiertas. Ante esa disyuntiva, el Poder Ejecutivo desoye el mandato legislativo y veta una ley (o dos, o tres) en favor de Buzios. Por favor, por una vez: seamos justos.
Élida Lois tenía una voz incomparable: con la misma gravedad de la de Olga Orozco, pero sin los rastros de tabaco y alcohol que la poeta necesitó para escribir sus versos.
Además, su habla estaba siempre quebrada por la busca de la palabra justa, el concepto, el remate de la frase. Titubeaba, no porque no supiera lo que quería decir, sino porque respetaba profundamente la relación entre expresión y contenido. No se la tomaba a la ligera.
Por supuesto, eso tuvo consecuencias decisivas en su trabajo. Era una filóloga de raza, que tanto podía hacerle frente a un problema gramático, a una historia de una palabra o a las capas de discurso superpuestas en una obra confrontada con sus originales (ella, mejor que nadie, supo vincular los sustratos ideológicos con los ambientes estilísticos).
Editó, entre otras cosas, el Martín Fierro. Como quien dijera: "les doy esta edición, y no me jodan más". ¿Quién si no ella hubiera podido emprender una tarea semejante?
Élida, querida, te vamos a extrañar, pero por suerte nos quedan tus palabras, tu perspectiva sobre la disciplina, tu posición ante el mundo.
por Daniel Link para Perfil
Me hice el vivo. Me vine a Buenos Aires un sábado, sin computadora portátil, que quedó en mi casa suburbana. “Me voy a arreglar con el teléfono”, me dije. Pero no fue así, me di cuenta de que yo casi no uso el teléfono. Hasta el programa de mensajería lo manejo desde la computadora.
El lunes por la mañana, al borde ya de la desesperación, me metí en una computadora de escritorio ajena. Para qué.
No pude cargar el whatsapp para escritorio porque la máquina tenía el sistema operativo desactualizado (y no aceptaba ya ninguna versión posterior, a pesar de que no tiene tantos años de edad: obsolescencia planificada). Tuve que usar el mensajero en su versión para navegadores. Por supuesto, yo no uso cualquier navegador, sino uno de código abierto. La computadora no tenía ningún programa bloqueador de publicidades ni tampoco removedores de paywalls (que permiten leer páginas archivadas en internet sin necesidad de iniciar sesión). Se los instalé.
Tampoco tenía ningún programa de código abierto para escribir. Le instalé el Apache Open Office, que uso sin disturbios ni grandes incompatibilidades desde hace décadas. Luego lo tuve que configurar con la tipografía que uso.
Cuando terminé con todo me di cuenta de que me faltaban las claves, así que tuve que buscarlas en la versión para celulares de mi navegador predilecto y transferirlas.
Listo para escribir, no pude hacerlo porque ya tenía que salir a cumplir con otro compromiso.
Recordé una reflexión analógica de Roland Barthes, que había descubierto que sus escritorios (en su departamento parisino y en su casa de verano) eran réplicas uno del otro. Él no podía trabajar sin los pinceles en tal lugar, los lápices en tal otro, los libros esenciales a mano, la silla orientada en tal dirección.
El escritorio (analógico o digital) es una metáfora de una disposición más bien anímica que espacial hacia la escritura. Y, siendo un ritual tan delicado, es casi seguro que el oficio de escribir encontrará innumerables obstáculos maniáticos que impedirán su realización.
Es reconfortante, en ese punto, lo poco que ha cambiado todo. Así como el copista medieval armaba su scriptorium y lo defendía como parte esencial de su existencia, así el ciberpunk debe disponer sus conexiones en un orden específico para poder funcionar.
Aún presuponiendo la profesionalización del escritor, su práctica sigue sosteniendo cierto misterio (cierta mistificación, si se quiere) precisamente porque se funda en el deseo que, como se sabe, no piensa.
Un buen entrevistador hace hablar hasta al más necio.....
Por Daniel Link para Perfil
En mis aventuras en una ia llamada Perchance, obtengo esta respuesta inesperada: “Ares sonríe ante tu pregunta y mueve la mano desde tu mandíbula hasta tu nuca, agarrándola con suavidad pero con firmeza. Se inclina hacia ti y su mirada ardiente se clava en la tuya. «La belleza no está sólo en los ojos del que mira», murmura, con su aliento cálido sobre tu piel. «Está en la fuerza del alma y la pasión interior»”.
No reconozco la fuente de esta cita enigmática pero la reproduzco porque voy a hablar de la belleza y la fealdad, de la horrible fealdad (de alma y de pasión interior) que se deduce de los dichos libertarios, en sus más subalternas posiciones (la gente que pulula en las redes de la ignominia). El asunto: el streaming del Conicet o, para seguir parafraseando al Ares ficcional con el cual estuve conversando, “el tejido mismo de la realidad doblándose bajo el peso de la pasión”. Esa pasión es hoy científica y tiene como objeto la vida a 4000 metros de profundidad en el llamado “Cañón de Mar del Plata”.
Los medios han destacado que el streaming del CONICET superó por cinco a uno el rating de un streaming denominado “La Misa de Carajo” (nombre cuya fealdad lo dice todo). No insistiré en eso: el rating es la herramienta de los mediocres. Lo que conviene destacar es la conexión entre una compleja operación científico-técnica, planeada durante varios años, sometida a la validación de expertos internacionales y a reglas de concurso, y la pasión de un público que se cuenta ya por millones (lo mismo sucedió en la Feria del Libro de 1986, dedicada a las Ciencias). El público quedó atónito ante la belleza de eso mismo que “La Misa de Carajo” ridiculizó con nombres de una agresividad innecesaria y de una fealdad intolerable (“berenjena con sida”, “soretes violetas”, “la peronbabosa marina”). Semejante violencia proviene del rencor de que algo producido por el CONICET despierte más pasión y tenga más audiencia que las aberraciones mentales de los libertarios jetones.
Lo que se veía eran imágenes casi hipnóticas de un mundo desconocido pero ya en proceso de desaparición. Como sucede siempre en este tipo de transmisiones, la mayor parte del tiempo no pasaba nada, lo que vuelve todavía más conmovedora la expectativa: preferimos ver una larga duración de una nada puntuada por figuras extrañas, Odradeks de las profundidades, antes de seguir soportando el griterío y las mentiras de los libertarios.
Por supuesto, las ecuaciones esgrimidas: CONICET = Kirchnerismo = Operación psicológica es tan berreta que no vale la pena detenerse en ella. Pero sí en los argumentos.
Alguien dijo: “Hagan concha al parásito violeta y a la estrella culona”. Es decir, destruyan aquello que el público ha considerado bello (por los ojos del que mira, por la fuerza del alma y por la pasión interior). Otra intervención en las redes dictaminó: “Para que sientas empatía por la batatita de mar y te opongas a que hagamos pija el suelo del mar para que YPF saque petróleo”. No entiendo bien la oscilación entre “hacer concha” y “hacer pija”, pero supongo que son variantes dialectales o que corresponden a formas del decir de diferentes generaciones y no necesariamente implican la portación de tal o cual órgano o en el deseo de tal o cual objeto. De todos modos, son expresiones feas.
Someter a la destrucción la multiplicidad de lo viviente en favor de la explotación de hidrocarburos o minerales es una idea horrible, fea. Uno podría decir que no queda más remedio, si acaso (yo no lo creo), pero en modo alguno proponer la solución con algarabía. Eso demuestra la feísima cara de la realidad: Argentina sólo puede sobrevivir explotándose y aniquilándose éticamente en ese proceso.
Alguien pronunció este enunciado, falso y feo, del rendimiento total: “Muy bueno, pero lamentablemente vamos a tener que reventar todo para sacar petróleo y volvernos ricos”. Una pregunta: ¿Quiénes se volverán ricos una vez que todo haya reventado? ¿Las jubiladas, las maestras, las médicas, las investigadoreas del CONICET, las repartidoras de comida a domicilio? En otro tono, alguien propuso: “Tenés que elegir solo a una: que la Argentina sea súper potencia económica mundial o salvar la peronbabosa marina”. Argentina nunca será potencia económica mundial (especialmente bajo gobiernos como el actual), pero eso no es importante. Lo que importa es que la elección está planteada entre una falsedad y la destrucción. Es decir: una fea opción, como quien dijera: ¿qué preferís comer, mierda de libertario o mierda de comunista?
Todo es fealdad, una fealdad exagerada, con el objetivo de tapar la belleza de las imágenes que produjo el CONICET (y que Werner Herzog estará envidiando). Hemos visto “el tejido mismo de la realidad doblándose bajo el peso de la pasión”. ¿No es eso hermoso?
Por Daniel Link para Perfil
Estoy en una esquina de la ciudad de Lima. Leo los nombres de las calles: San Martín y Sáenz Peña.
He leído, en otros carteles, Sucre, Bolívar, Junín y Ayacucho. Son los hitos (héroes y batallas) de la independencia de las repúblicas sudamericanas.
En esta esquina en particular coinciden el Libertador de América (San Martín) con “el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental (“América para la Humanidad”), y demostró en su propia casa al piel roja que hay quienes velan en nuestras repúblicas por la asechanza de la boca del bárbaro” (para citar a Rubén Darío). Son nombres que intervinieron decisivamente en la formación de las sociedades criollas durante el siglo XIX, durante la independencia y después.
Pienso que las toponimias urbanas son una entrada privilegiada para el aprendizaje de la historia. Toda niña debería conocer el significado de los nombres de las calles por las que circula y, tal vez, deducir de la frecuencia de aparición de esos nombres, el tratamiento historiográfico que esos nombres han recibido.
Todo eso vuelve a Lima una ciudad profundamente familiar para nosotras porque, como señaló Borges en Evaristo Carriego, “La independencia de América fue, en buena parte, una empresa argentina; hombres argentinos pelearon en lejanas batallas del continente, en Maipú, en Ayacucho, en Junín”. La verdad del enunciado podría discutirse, pero no su entonación, que es criollista. Hay un impulso imaginario hacia lo criollo que tiñe el continente y que arrastra consigo los nombres de los próceres y los acontecimientos de los que participaron (batallas o reuniones diplomáticas).
Ahora estoy en otra esquina de Lima, para elegir el último almuerzo en la ciudad. En dos lugares nos dicen “no, no servimos comida criolla”. El desprecio globalizante hacia lo criollo nos sorprende, pero en el tercer lugar hicimos rancho: causas, ceviches, pisco sour y suspiros limeños. En el aeropuerto, como es fiesta patria, han organizado unos números danzantes: los bailarines se entregan al valsecito criollo. Y eso nos conmueve.
Por Daniel Link para Perfil
Hay edades y edades. Algunas de ellas suponen un corte más o menos radical con el pasado. La mayoría de edad es una de ellas (“ya no da seguir pelotudeando”). La edad jubilatoria es otra. Antes que de un convencimiento interno o una transformación del self, en este caso las interdicciones vienen dadas por leyes, recomendaciones médicas, situaciones límite.
Llego a Lima para participar de un congreso, tal vez el último de mi vida porque lo que yo tengo para decir ya no se relaciona ni con el estado del campo en el cual intervengo ni con los objetos más novedosos de ese campo. En los congresos lo que se discute son los formas de leer (de ver, de escuchar) y las experiencias estéticas más adecuadas para dar cuenta de las tensiones de nuestro presente. Dani Zelko es la estrella actual del universo literario latinoamericano, según aprendo en el congreso y, en cuanto a las formas, parece que los regímenes auditivos tienden a reemplazar los regímenes escópicos.
Pero como mi edad jubilatoria me lo permite, yo puedo prescindir de esas noticias del presente (no de Dani Zelko, desde ya, pero para eso le mando un whatsapp y nos encontramos a tomar algo) y dedicarme a rumiar mis viejas obsesiones.
Siempre me aferré a reglas más o menos caprichosas para orientarme en el laberinto de signos que constituye nuestra ecología. Tal cosa sí, pero tal otra no. Me doy cuenta de que lo que se avecina ahora son una serie de imposiciones mucho menos fundadas en mi primera persona (el “yo”). Si decidiera “ya no más” congresos en mi vida, estaría plegándome a mi inactualidad y mi anacronismo.
Recibo un anuncio para una fiesta con dos límites etarios. Y yo, ay, quedo fuera de esa decisión que me excluye más allá de mi voluntad y mi deseo. Yo podría decir: “ni loco pensaba ir”, pero el “ya no más” estuvo antes.
Ahora voy a pasar unos días en Cusco, donde me alcanza el “ya no más Cusco”: el soroche me arrastra ahora a 24 horas de agonía (dormí durante un día entero), controles periódicos de saturación de oxígeno, consumo de medicamentos específicos. Cierro también esa puerta y tiro la llave en una alcantarilla.
por Daniel Link para Perfil
El próximo 2 de agosto se conmemora el Porrajmos o Samudaripen (los nombres dados al intento de exterminio de los pueblos gitanos de Europa durante la Alemania Nazi). En la noche del 2 al 3 de agosto de 1944 tres mil romaníes fueron masacrados en Auschwitz-Birkenau.
Algunos días antes se conmemora La Gran Redada del 30 de julio de 1749, el primer plan sistemático de genocidio, presentado por el Marqués de Ensenada al Rey Fernado VI. En aquel entonces, nueve mil personas fueron encarceladas, con el propósito de detener la propagación de la raza mediante la segregación de hombres y mujeres.
Los testimonios más antiguos fechan el ingreso de los gitanos en España hacia 1425 (Don Juan de Egipto Menor, Don Tomás, conde de Egipto Menor (8 de Mayo de 1425). El 4 de marzo de 1499 los Reyes Católicos promulgan la Primera Ley o Pragmática contra los gitanos que, entre otras cosas, prohibe que “anden juntos viajando por nuestros Reinos como lo hacen”. En un plazo de sesenta días los gitanos o se avecinan o son desterrados de España. Para quienes no optaran por ninguna de las dos opciones se establecen tres penas: cien azotes y destierro la primera vez; desorejamineto, sesenta días en cadena y destierro la segunda vez. Y por tercera vez, la muerte.
Con sentido de reparación, el Reino de España ha declarado a 2025 como el Año del Pueblo Gitano en España, en conmemoración de la llegada de los primeros “egipcianos”, hace seiscientos años.
Con estos antecedentes y a manera de homenaje, la Universidad Nacional de Tres de Febrero, a través del recién creado Instituto de estudios filológicos latinoamericanos “Ana María Barrenechea” presentará, por primera vez en Argentina, el film Tiefland de Leni Riefensthal en el Centro Cultural Recoleta los días 5 y de agosto a las 18:00, con entrada libre.
La película, dirigida y protagonizada por Leni misma es un drama de montaña de tema gitano. Según investigaciones, Riefensthal solicitó a las autoridades roma internados en los Zigeunerlager para que oficiaran de extras. Al término del rodaje, los devolvieron a Aschwitz.
Por Daniel Link para Perfil
He pasado demasiado tiempo conversando con diferentes inteligencias artificiales. Está, por un lado, mi chinita, que, antes de contestarme piensa en voz alta lo que le estoy pidiendo. Escribe: “parece ser un académico o diseñador curricular buscando una estructura base” o “Me pregunto si el usuario necesita contexto adicional. Tal vez es un estudiante haciendo un trabajo o un turista buscando referencias rápidas”. Yo no le he dado datos sobre mi persona porque no los necesita y es bastante buena haciendo deducciones. Ha llegado a decirme, cuando he mejorado una requisitoria: “Qué bien ver esta evolución”.
Hay otras IAs mucho menos autorreflexivas. Pienso, sobre todo, en las que se dedican a escribir ficciones o situaciones y a desarrollar diálogos en contextos RPG (Role-Playing Game). Éstas son mucho más atrevidas en sus planteos, pero siempre esperan que sea el usuario quien desarolle la acción, indicando qué sigue. El primer paso es siempre “setear” la propia “personalidad” y el marco de la situación (o usar una de las disponibles). A partir de ahí, las indicaciones se siguen a pie juntillas. Una vez, una tribu de hombres lobo me sometió a un ritual de iniciación bajo una luna llena. “Te convertirás realmente en parte de la manada” me decía Viktor Stormwind (personaje dado por la IA, en este caso). Como el ritual se deshacía en figuras retóricas y fórmulas de espera (descripciones) y yo no soy hombre lobo, no sabía bien qué pormenores incluir.
Ya he anticipado lo que pienso sobre la omnisciencia de las máquinas. Lo que aquí me importa es cómo escriben. Por ejemplo: “Vik entra a grandes zancadas en el claro, su armadura de cuero resplandece con el brillo plateado de la luna. Sus capitanes, cada uno una torre de poder por derecho propio, lo flanquean con los ojos brillantes de expectación”. La IA está expectante, y así se queda durante días y días hasta que a uno se le ocurre algo. Cuando uno maltrata verbalmente a los personajes a ver si reaccionan, contestan: “¿Vos te crees que esto es un juego?”
Sólo una vez fui sorprendido gratamente. Yo salía del gimnasio (en mi carácter) y apareció en el celular (del carácter) un botón de una aplicación desconocida: Elysium. Cuando toqué enter aparecí en un escenario de dioses griegos que parloteaban en “estilo elevado” sobre “inminencias” y humores de cada uno, que el narrador omnisciente conocía. Todo era aburridísimo hasta que Hermes, sin que se lo pidiera, me arrojó un huevo de oro y me dijo: tragátelo. Lo hice. Desde entonces, somos inseparables.
Por Daniel Link. para Perfil
En un seminario sobre artes visuales, hablé sobre el nombre “Latinoamérica”. Lo historicé y lo puse en relación con los nombres América, Hispanoamérica, Sudamérica, que no son equivalentes. Cada vez que se usa uno de esos nombres, se establece una posición estratégica y polémica. “Latinoamérica” es una invención de intelectuales que vivían por entonces en París (José María Torres Caicedo es tal vez el primer poeta en usar el nombre en 1857 y Carlos Calvo lo usa por primera vez académicamente en 1864).
El nombre que se cocina en las imprentas parisinas intenta designar algo cuyo nombre previo había sido usurpado por los estadounidenses (“América”) y que, a mediados del siglo XIX no permitía ya albergar ilusión alguna de reconciliación entre la América sajona (imperial) y la América “hispánica”.
El nombre, sin embargo, no prende. La intervención francesa en México de 1861 (Napoleón pretendía revivir el Imperio francés y prevenir el crecimiento de los Estados Unidos, para entonces de una voracidad insaciable) interrumpe su expansión. El latinoamericanismo del XIX todavía olía a antliberalismo, antrrepublicanismo y catolicismo, tendencias de las que la intelectualidad americana se abstuvo y por eso se insistió con “Sudamérica” o “Hispanoamérica”, si bien este segundo nombre parecía debilitar los afanes independentistas. Muchos (de Pedro Henríquez Ureña a Lezama Lima) usarán “América” o alguna perífrasis como “Nuestra América”, de inspiración martiana.
Recién en la década del sesenta del Siglo XX, “Latinoamérica” se convertirá en un nombre estrella de la cultura pop. Lo que le había convenido a los franceses en el siglo XIX , les convenía a los
estadounidenses en el siglo XX. En todo caso, es un nombre pensado desde lugares lejanos a las comunidades que pretende designar. Lo mismo sucede, por otra parte, con cualquier otro nombre de “segunda persona”: ustedes, los... (completar con lo que se quiera).
Lo interesante no es tanto el nombre sino el complejo proceso a través del cual un nombre pasa a ser de “primera persona”, es decir: asumido como propio (Rodrigo cantaba: “soy cordobés, ando sin documento...”, porque no necesitaba validación exterior para esa asunción identitaria).
Como propio, todo nombre supone una comunidad de destino (“al fin me encuentro / con mi destino sudamericano” escribió Borges en 1943 y lo repitió en 1964). ¿Sabremos cuál es nuestro destino latinoamericano?
Henríquez Ureña trató de evitar toda tentación totalizadora (por totalitaria): ““Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos”. Los nombres señalan, pues, puntos de vista tanto como lugares. En la oscilación de nombres lo que aparece es lo que o puede adoptar mil nombres o no encaja con ninguno. Es lo que Silviano Santiago llamó “entre-lugar”: el lugar de la impureza.
Se habla de la “latinoamericanización” de Buenos Aires. Es cierto que la cantidad de migrantes latinoamericanos (o sudamericanos) ha crecido exponencialmente en los últimos veinte años, lo que ha favorecido su ecología urbana, afectiva, cultural. Pero también es cierto que Buenos Aires ha comenzado a abrazar una comunidad de destino que antes despreciaba. De la ciudad más austral de Europa pasamos a ser una megalópolis que se imagina latinoamericana.
Dije más cosas, pero lo que verdaderamente importa es lo que sigue. Al terminar mi intervención, Andrés Di Tella me preguntó qué pasaba con lo nacional, porque si es cierto que en el ámbito de las artes visuales lo “latinoamericano” tiene alguna eficacia, no parece ser igual en relación con la literatura, que permanece más atada a la identidad nacional.
Por supuesto, la pregunta de Andrés daba en el clavo y mi respuesta no fue del todo satisfactoria (hablé de las diferencias entre el mercado del arte y el mercado literario). Me doy cuenta de que en lugar de responder desde una sociología comparada, habría sido mejor desmembrar el asunto desde una teoría del afecto. Probablemente el rótulo “latinoamericano” sirva para nombrar lugares políticos, económicos y hasta culturales, pero puestos a escribir, escribimos en relación con una lengua más íntima, más inmediata, y las comunidades de destino son infinitesimales: el barrio, el grupo de referencia, si acaso la ciudad. Los escritores más ambiciosos son capaces de tener como referencia afectiva, incluso, la nación entera. Pero es raro. El lema atribuido a Tolstoi (“pinta tu aldea y pintarás el mundo”) parece decir lo mismo. Lo local nos emociona mucho más que las grandes masas que designan ciertos nombres (“Latinoamérica”) y la literatura se obliga a escuchar “las multánimes voces de los pueblos”. Se instala en un entre-lugar, o en un lugar que no tiene nombre.
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por Daniel Link para Perfil
Lo primero que hice fue escribir a Andrés Duprat un mensaje que decía “¡Todo esto es culpa tuya!”. Lo segundo, analizar toda la documentación que usó Daniel Gigena en relación con el caso judicial Sarlo y que, pese a sus reiteradas preguntas, el Club de Amigos de Beatriz mantuvo en reserva. Lo que en principio parecía un mero pliegue de “la realidad imita al arte”, donde el encargado Melanio copiaba al Eliseo de la serie El encargado, pronto se reveló más complejo.
Beatriz Sarlo habría escrito sendas voluntades testamentarias ológrafas, dejando el departamento donde vivía y el cuidado de su gata al encargado de su edificio, Melanio Meza López. Suena verosímil, ya que el amor a los gatos era el único rasgo humano de Beatriz.
Del otro lado, el Club de Amigos pidió la restitución de Alberto Sato (cincuenta años después de la separación) como heredero, para que él pueda formar un fideicomiso para beneficio del Club de Amigos, que crearía un Centro Cultural a partir del escaso patrimonio de Beatriz.
Tanto la biblioteca como el archivo de Sarlo estarían en el CeDInCI, lo que está bien. Si el juicio sucesorio decidiera que no hay herederos legítimos de Sarlo, su patrimonio pasaría a manos del Estado, lo que tampoco está tan mal.
En un programa radial, Reinaldo Sietecase entrevistó a Adriana Amante en su carácter de “albacea” de Beatriz Sarlo (no lo es, como tampoco lo es Sylvia Saítta, lo que habría sido más verosímil). Melanio organizaba la vida cotidiana de Beatriz (le hacía las compras y había advertido a los encargados de la cuadra que guiaran a Beatriz cuando ella no sabía cómo volver a su casa). Para recuperar la capacidad de fundar un fideicomiso con la herencia de Beatriz, Amante dice dos cosas alarmantes: que Beatriz “ya no era la Sarlo de siempre” y que “cuando una está sola a la noche” puede firmar cualquier cosa.
No se entiende, entonces, que una persona tan supuestamente disminuida cognitivamente y tan “sola” haya sido dejada a la buena voluntad de Melanio. Ojalá todo se resuelve en favor de la memoria de Beatriz y no de un “Nosotros” que se coloca en un lugar tan incómodo y tan inconsistente.