sábado, 29 de agosto de 2026

La comedia humana

por Daniel Link para Perfil

Se levanta con los primeros gallos, apenas el sol se asoma entre los árboles. Se mete en su gimnasio de campaña y hace bicicleta durante media hora. Después, calistenias en la colchoneta. Desayuna. Visita la huerta, para controlar que las plagas no hayan avanzado contra las barreras que ha levantado. Controla el progreso de las patatas, las cebollas, las lechugas, los tomates y los pimientos.

Riega los almácigos repletos de plántulas con flores. Se instala en su oficina y hace correr los programas que purgan el sistema de equilibrio climático hogareño y la provisión de energía eólica. Mientras tanto, toma baños de luz ultravioleta con la lámpara especialmente destinada a ese propósito y se conecta a sus redes para rolear con alguno de sus tres avatares.

Uno es un chico de 20 años que juega al fútbol y estudia diseño digital, otro es un hombre de 32 años, musculoso y velludo, que tiene un hijo de cuatro años, producto de un pacto de reproducción y crianza con una amiga lesbiana, el tercero (el más parecido a él) es un muchacho de 29 años que está casi siempre fumado y, por lo tanto, afectiva y sexualmente vulnerable. Elige el avatar según con quien quiera encontrarse. Por ejemplo, el fumado tiene un amigo de 35 años que vive en Canadá y que se dice “burócrata del gobierno federal en políticas públicas... Políticas de salud... específicamente para ubicaciones remotas y rurales. E investigación en la universidad”. Tiene un hermano gemelo y, a veces, una novia y tres hijos que “pusieron a su cargo”. Cuando el canadiense se ausenta por trabajo, no le conviene conectarse con ese usuario porque sabe que perderá el tiempo sin ninguno de los beneficios a los que su amigo lo tiene acostumbrado. El de 32 años suele hablar por las mañanas (y sólo por las mañanas) con un granjero que tiene fascinación por la ganadería y que lo trata, alternativamente, como un toro o una vaca, pero siempre dispuesto a ejercer su derecho al ordeñe. El chico de 20 años es el más relegado. Un poco porque lo fastidia el modo en que lo atacan para convencerlo de que ceda (no se sabe bien a qué) y otro poco porque lo obliga a desarrollar una personalidad “hyper” que lo cansa a él más que a sus interlocutores.

Una vez transcurrido ese intervalo recreativo empieza su trabajo, que involucra gestiones de programación y escritura a destajo para los sitios donde sus historias se publican y por las que los lectores pagan una pequeña cuota mensual, que le sirve para encarar los arreglos de su refugio y mantener los filtros de oxígeno en buen estado.

Toma un almuerzo ligero y descansa una hora (probablemente vea las noticias). Recorre su hábitat y examina su integridad estructural. A veces tiene que reparar algo o cambiar algunas lámparas quemadas. A veces tiene que llamar a personal especializado, en relación con asuntos que no puede resolver por si mismo. A las seis de la tarde corta toda actividad y se sienta a tomar un whisky, a veces mirando el fuego, a veces mirando la lluvia ácida que gotea lentamente del cielo. Habla, si acaso alguien le contesta, con sus pocas amigas y sus pocos familiares.

Calienta la comida que ha preparado previamente (dedica una tarde, una vez por semana, a esos menesteres) o descongela alguna porquería comprada en la proveeduría.

Después de comer, nunca lava los platos y se va a leer la Divina comedia o a mirar una película. Antes de medianoche seguramente estará dormido.

Periódicamente, realiza las visitas médicas obligatorias, y compra los medicamentos que le han prescrito. A veces piensa en las conversaciones que tendrá al día siguiente. Cuando vea a su amigo canadiense piensa preguntarle cómo puede estar seguro de no haber estado chateando con alguien que conoce con otra máscara, otro avatar. Él, efectivamente, lo ha encarado con sus otros dos avatares, sin aclararle la circunstancia. El canadiense ha sido, en esas conversaciones, alguien más ocupado en los problemas migratorios que los sanitarios.

Dejando de lado algunas circunstancias y cláusulas meramente técnicas esta vida puede corresponderse tanto con un futuro inmediato, hacia mediados del siglo XXI, o con un pasado remoto, como el Cuatrocento o el Siglo XIX.

A las fantasías apocalípticas en relación con el fin de lo humano puede oponerse la (a lo mejor triste, a lo mejor no) certeza de que es difícil que desaparezcan los hábitos y rituales que, durante siglos, han caracterizado el desenvolvimiento cotidiano y han dado formas a los terrores y las esperanzas de las personas. Lo mismo puede decirse del conjunto de lecturas bajo cuyo largo influjo todavía seguimos. Si elegí la Divina Comedia y no la Odisea, es por la extraordinaria película de Julian Schnabel In the Hand of Dante (2025).

sábado, 22 de agosto de 2026

El rey está desnudo

por Daniel Link para Perfil

Un presidente loco de atar. Y otro presidente con su chaleco de fuerza a medio abrochar que le rinde pleitesía. ¿Cuál es más loco? Unos millonarios delirantes se construyen bunkers de superviviencia o planean viajar a Marte, y varios presidentes les piden consejo. ¿Quién es más loco?

Es difícil ya localizar la locura, especificarla, porque la espiral de demencia ocupa todos los registros, lo contamina todo.

Un terremoto en Venezuela, meses después otro en Colombia. Las llamas devoran los bosques europeos y se licúan los témpanos de hielo. Mientras tanto, se producen crisis migratorias, con asesinatos incluidos. Las guerras se multiplican y se estabilizan como una neonormalidad.

No es que haya proyectos de futuro (nacional, mundial) que no coincidan con los intereses de la mayoría, es que todos los proyectos de futuro han perdido racionalidad o se apuntalan en racionalidades abstractas y por lo tanto falaces: racionalidades sin cuerpos, sin comunidad, sin esperanza. Todo es lo que es y nada más, pero lo que es está fuera de toda lógica que no sea la del terrorismo: terror a lo chino, terror a lo árabe, terror al comunismo, terror al wokismno. Es el terror senil a la propia extinción y por eso se sale a destruir todo lo posible, es decir: el futuro.

Liberemos las energías para provocar más desarrollo.  ¿Desarrollo para qué, para quiénes?, si después hay que salir a matar a los que sobran, a los que protestan, a los que se rebelan, a los que lloran por la destrucción.

No queremos sino sobrevivir, parecen decir. No importan las consecuencias. Cortemos el paso a toda hipótesis que suponga una solución común a los problemas de todos. No nos interesa llegar a ver un atardecer en paz, el mismo que otro mira desde otro punto de vista. La tarde y la puesta de sol son mías y solo mías.

Está bien que les demos derechos soberanos a los locos, pero no está bien creerles los delirios en los que ellos se empecinan. Convendría, mientras dejen que los adelgazados mecanismos democráticos sigan funcionando, parar un poco el carro. ¿Nadie puede decirle al rey, al soberano, que está desnudo? ¿O estamos todas locas?

 

 

 

domingo, 16 de agosto de 2026

Para recortar y pegar

 


sábado, 15 de agosto de 2026

Ubi Sunt

Por Daniel Link para Perfil

El responsable del taller de serigrafía se sorprendió por el anacronismo del pedido (¿tan temprano?) y el carácter inverso de la leyenda que debía imprimir en las mil remeras negras de diferentes talles. Para no cometer un error llamó al comitente del encargo para verificar que el "No” que encabezaba la frase estuviera bien colocado.

La persona le confirmó la frase, y le explicó, para tranquilizarlo, que formaba parte de un grupo de intelectuales “del conurbano” que había decidido comenzar a actuar tempranamente en el diseño de la próxima campaña electoral mediante microintervenciones que permitieran orientar la selección de candidatos más allá de las consabidas roscas, contubernios y corruptelas. El (o la) comitente subrayó el papel histórico que los intelectuales tuvieron en los procesos políticos y deploró la reciente pérdida de la capacidad de intervención, la apatía cuando no la complicidad silenciosa, el conformismo y la falta de horizontes políticos que permitieran diseñar un futuro pensado estrictamente en favor de la ciudadanía, en favor del pueblo, en favor del sujeto soberano y no en favor de grupúsculos de millonarios, de candidatos delirando premios nobeles, de cínicos promotores del espionaje barrial, o, directamente, representantes del dinero narco?

El serígrafo no sabía cómo interrumpir la letanía de protestas y reproches que, él sabía, poco tenía que ver con su oficio, pero que debía escuchar por cortesía profesional. ¿Dónde están?, se preguntó la voz en el teléfono que reposaba ahora sobre una mesa de trabajo, puesto en altavoz para beneficio de los demás empleados que, callados, se sentían al mismo tiempo involucrados y distantes, ¿dónde están los Manuel Ugarte, las Carolina Muzzilli, los Scalabrini Ortiz, los Jorge Abelardo Ramos, los Horacio González, las Alcira Argumedo, los Berni, los Walsh, las Ludmer de hoy? ¿En Substack?

Entonces, confirmó de nuevo el serigrafista, ¿la leyenda para las mil remeras es “Yo no voto a Massa”?

Sí, le contestaron, somos un grupo creciente de ciudadanas que no queremos a Massa como candidato a nada. En el taller, aplaudieron.


sábado, 8 de agosto de 2026

Diario de un televidente

Por Daniel Link para Perfil

Las series que estrenan son por lo general mediocres, sonsas, mal contadas, repetidas. Estrenan una seria sobre dos mujeres que huyen al mismo tiempo de la justicia y de la mafia. Una versión abaratadas de Thelma & Louise. Estrenan una serie sobre una androide doméstica. Es una versión despolitizada de Companion. Estrenan versiones que son directamente estiramientos de películas (Cape Fear, Entrevista con el vampiro).

Me refugio en los catálogos. Nunca vi El cuento de la criada. Las premisas son un poco insostenibles y el universo demasiado clausurado. Para un miniserie habría estado bien, pero hay cuatro temporadas por delante. Me duermo irremediablemente a los diez minutos. Están las nuevas Startrek: Brave New World y Starfleet Academy. Las dos son deliciosas, para mí al menos, por razones sentimentales: están hechas con el mismo espíritu de las series que educaron mi infancia en los problemas de la vida y la multiplicidad de lo viviente.

Las series de Apple están por lo general bien, aunque no todas me gusten. Severance, por ejemplo. No la seguí más allá de la primera temporada, pero reconozco su audacia y su rigor narrativo. Eso sí, soy un incondicional de Silo que es, por supuesto, una repetición mejorada de Snowpiercer o El expreso del miedo (película que luego se volvió serie, con los mismos ridículos postulados y alarmantes fallas narrativas).

En Silo ha sucedido una catástrofe y hay 10.000 personas viviendo en una ciudad cilíndrica (tema becketiano), enterrada y sellada. Tiene que ser una sociedad autosustentable y, por supuesto, bastante autoritaria. Nadie sabe bien a ciencia cierta cuándo comenzó ni qué causó la necesidad del silo, pero se sabe que el aire afuera está envenenado. Cada tanto, una conducta no tolerada vale el castigo (el honor, se dice) de salir a limpiar el vidrio por el que se ve el paisaje desolado. Nadie vuelve a entrar.

Pero la sociedad de Silo es porosa: hay gente que sospecha, movimientos de resistencia, partidos...Y hay, sobre todo, una heroína. No nos engañemos, el punto de mayor atracción de la serie no es sólo narrativo o visual sino que reposa en su estrella, Rebecca Ferguson, la actriz sueca que no para de enamorarnnos. De su prehistoria en Suecia conviene recordar que protagonizó un musical de tango y que hizo cine-arte. Saltó al mundo con La reina blanca, y ya nada la detuvo. En Silo, la complejidad de su actuación es tal que obliga a pasar por alto algunas licencias de guion (por ejemplo, la existencia de mascotas, perros y gatos, en un universo tan precario y tan al borde de su desmoronamiento).

La belleza de Rebecca Ferguson es, por supuesto, una repetición de la de Ingrid Bergman. A diferencia de ella, la mediocridad del tiempo audiovisual que le toca vivir todavía no le dio su Casablanca. Mientras tanto, nos regala pesadillas distópicas que cada vez se parecen más a nuestra realidad, porque la extinción, el autoritarismo asesino y la ciencia generada por inteligencia artificial están a la vuelta del camino.

 

martes, 4 de agosto de 2026

En gateras

 Varias inscripciones abiertas..., gramscianamente hablando....

 

1. Cursos de grado




2. Club de lectura

 

3. Certámenes

 




 

 

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Puntos fulcro

por Daniel Link para Perfil

 


 


El punto-fulcro es el punto de apoyo alrededor del cual pivotea una palanca (las articulaciones funcionan son puntos fulcros del cuerpo). Es lo que permite que se ejerza una determinada fuerza y, por lo tanto, el punto de riesgo del sistema. Podemos aplicar esa noción a.... los relatos.

Steven Spielberg, por ejemplo, es un buen narrador, hasta cierto punto. Basta con localizar los puntos fulcro donde la resistencia de la materia desbarata el relato para darse cuenta de su medianía. Pienso en Disclosure Day, de reciente estreno.

Es una película cuyo tema es la revelación de un secreto, el relato construido alrededor de él y por lo tanto, sobre unidades de información y su relación con la verdad. Empieza con un gran despliegue narratológico, in medias res. Y todo avanza con precisión hasta un cierto punto (fulcro). Ya bien avanzada la película, el personaje desempeñado por Emily Blunt va a conectarse telepáticamente con lo extraterrestre y la están monitoreando médicamente: tiene unos electrodos en la frente y un presurómetro amarrado al brazo sobre su pullover color mostaza. Parecerá un detalle insignificante, pero el diablo está en los detalles. ¿Es que nunca nadie en el gigantesco equipo de filmación de Spielberg se tomó la presión? ¿No saben que el aparato se aplica directamente sobre la piel?

Que el personaje de Emily se duerma con un papelito en la mano con la dirección del hotel donde se esconde (lo que permite que la encuentren mediante telepatía) es otro punto fulcro. Y ya con dos, todo el edificio se viene abajo, el relato se desmorona y empiezan a sucederse las estupideces y los caprichos. Aferrada a un dispositivo, Emily Blunt hace desaparecer a un grupo de personas y dos gigantescos camiones de bomberos, los malos provocan un corte de electricidad en una estación de televisión, que sigue funcionando mágicamente gracias a los poderes de Emily (y sin el delay de la conexión a internet), etc.

Retrospectivamente afecta a lo que ya habíamos visto: la réplica de una casa dentro de un galpón, hasta el más mínimo detalle (“para regresarte a la experiencia de la manera más familiar posible”) no tiene correlato en la presión arterial de Emily Blunt. La persecución asesina de la que es objeto es excesiva (que culmina con ¡un corte eléctrico!). Y lo que habíamos considerado prodigios de economía narrativa tal vez sean en verdad, cortes en una narración de duración inmoderada en relación con la estupidez alarmante de una trama que abusa del capricho y tergiversa su propio impulso hacia la verdad y la narración pura.