sábado, 10 de octubre de 2026

Las Kafkas

por Daniel Link para Perfil

 


 

Cuando una noche me desperté en mitad del sueño con la mano derecha dormida pensé que empezaba mi carrera contra la muerte, mediada por sucesivos baipases. Fui a mi médica, claro, y le transferí mi angustia en vano. ¿Sos diestro? ¿Estás mucho tiempo ante la computadora? Soy un periférico más de mi macbook. Síndrome de túnel carpiano. Fui al traumatólogo, que ordenó una electromiografía (término desconocido que encubre una serie de pinchazos y descargas eléctricas con los músculos, “ponele”, contractos).

Mientras espero el resultado, me compré una silla ergonómica nueva. Vi que había algunas cuya ergonomicidad venía certificada por el CONICET, lo que me inspiró una confianza ciega. De todas ellas, elegí una que me remitía al cuerpo vencido de un amado mío y de inmediato pagué la silla ergonómica Kafka. Cuando fui a retirarla pregunté la razón de ese nombre y nadie supo decirme nada. Un chico me dijo: “era un filósofo”. Bueno, digamos. Pero le dije: “No, es un escritor en el que soy experto, al que adoro. Y te advierto que he comprado la silla sólo por el nombre” (está diseñada para más de nueve horas de conexión al teclado y para más de noventa kilos).

La Kafka es más bien fea y sosa (comparada con las sillas para gamers, llenas de colores fluo, de mallas elásticas y de chirimbolos). Debo decir que es cómoda, y siento que acompaña con fidelidad la curvatura de mi espalda.

Un chistoso al que le comenté mi adquisición me contestó: “Es un error de tipeo, era Kackza. Seguro viene en juego con la mesita Pergolini y la otomana Tinelli”. Lo bloqueé, nunca entendí de qué me hablaba, pero me sonó a falta de respeto. Un amigo me retrucó: “Yo necesito una Robert Walser”. Nadie parece tener ya ninguna sensibilidad para con las debilidades de las otras.

Antes de arrastrar mi silla por la calle Sarmiento, rumbo al garage donde tenía el auto, alcancé a tomar una fotografía de un cuadro que iluminaba el salón de ventas (más bien un depósito mal iluminado en el que se acumulaban sin ton ni son otros ejemplares sino kafkianos, al menos de la misma imaginación sedentaria. Busqué en vano un Odradek, no había ninguno.

El cuadro era, por supuesto, El beso de Gustav Klimt, lo que arrojaba dos certezas. Alguien tenía con el imperio austrohúngaro una relación intensa y, además, esa persona no era nazi. Ambas comprobaciones me reconfortaron y ahora me habilitan a reclinarme en mi Kafka como si fuera el regazo de un ser querido. Estoy buscando el punto de amor justo entre el respaldo y el arco de mi espalda. Cuando lo encuentre, olvídense de mi.

  

sábado, 3 de octubre de 2026

El salmón de Woody Allen

por Daniel Link para Perfil

En su Tractatus Logico-Philosophicus, uno de los libros más aclamados (y al mismo tiempo más misteriosos) de la filosofía del siglo XX, Ludwig Wittgenstein escribe dos veces: “Wovon man nicht sprechen kann darüber muss man schweigen”, lo que significa: de aquello que no se puede hablar, mejor es callarse.

En la perspectiva de Wittgenstein hay una dimensión de la experiencia para la cual el lenguaje no alcanza o falla. Los temas éticos, estéticos, religiosos no se pueden describir con proposiciones lógicas. Intentar explicarlos con palabras produce discursos vacíos o "sin sentido".

Guardar silencio ante estas dimensiones no significa ignorarlas, sino reconocer su carácter trascendental respecto de los juegos de lenguaje, cuya fragilidad se manifiesta hoy en la crisis del discurso político, mediático y ético en relación con el conflicto bélico entre Israel y Palestina.

Leo un texto (falsamente atribuido a Woody Allen), en el que se trivializa en niveles alarmantes los efectos devastadores de ese conflicto, tal y como el sentido común los presenta.

El texto comienza diciendo “Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y a mis relaciones con mujeres”. Luego se escandaliza por manifestaciones propalestinas con las que se cruza y establece de inmediato un nosotros y un ellos (“están listos para una revolución sin haberse tomado ni un café decente”). El “ellos” incluye a los estudiantes y graduados universitarios, personas con “biblioteca” que irresponsablemente hace coincidir con usuarios de Tik Tok. Son, mayormente, personas que censuran o interrogan la política del estado de Israel para con los palestinos, caracterizando esa acción como “masacre” (74.000 muertos y más de 175.000 heridos hasta mayo de 2026). Del otro lado, un “nosotros” que incluye a la tía Frieda como emblema de la “colonización”, “una chica judía” a la que “le tiran del pelo” y a “un chico con pelotillas” al que ciegan con luces estroboscópicas.

Lo peor de todo es la identificación maníaca entre el pueblo judío y el Estado de Israel (lo contrario sería “como si mi ex-mujer hubiera dicho: «No tengo nada contra ti. Solo estoy contra todo lo que dices, haces, sientes, y especialmente contra acostarme contigo». El significado es el mismo”). El único momento de verdad, probablemente involuntario, es cuando escribe “Escuchen, yo crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos relatos. Nosotros creamos relatos”.

Es justamente la proliferación de relatos triviales (el falso texto, que por eso mismo es un poco antisemita, termina diciendo “primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío"), la saturación de palabras irresponsables, el flujo interminable de narrativas, debates geopolíticos, propaganda y análisis de circunstancias lo que obtura la posibilidad de sostener un pensamiento sobre el trauma profundo al que se ven sometidos pueblos enteros (de nuevo: 74.000 muertos y más de 175.000 heridos hasta mayo de 2026), a lo que se opone el sufrimiento psicológico de una niña que se siente segregada. La sola idea de convertir la franja de Gaza en un polo turístico es éticamente tan aberrante que es difícil encontrar palabras para discutirla.

Convendría, pues, llamarse a silencio. Es decir, ejercer el callarse ante la proliferación de banalidades que se lanzan como piedrecillas contra las vías de un tren. Lo que está pasando es demasiado grave para agotarlo en charlas superficiales, eslóganes y compras de salmón. Lo primero es reconocer los límites del propio discurso y, luego, los de todo discurso que sostenga la guerra como necesidad.

Judith Butler ha identificado un tipo de violencia lingüística donde los "marcos de guerra" secuestran el significado de la humanidad. Cuando el lenguaje político y mediático se reduce a un juego donde unas vidas valen y otras no, las palabras dejan de representar la verdad ética del sufrimiento. Para Butler, romper esos marcos y aprender a ver y nombrar la vulnerabilidad de todos los cuerpos (tanto israelíes como palestinos) es el único camino hacia una justicia real. Cuando las palabras y los juegos de lenguaje solo sirven para justificar la destrucción del otro, el marco dominante de guerra debe desmontarse y silenciarse.

Por supuesto, el pseudo Woody Allen (que es una excrecencia de sentido común) diría que esas son cosas de universitarios (Wittgenstein fue, además, maestro de primaria) que pueden darse el lujo (el comportamiento suntuario) de “discutir los matices” de un acontecimiento histórico excepcional.

Para el texto, “complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado”. Qué se yo, señora: será puto. No importa tanto.