domingo, 29 de marzo de 2020

Siglo XX: Grandes éxitos, 4

por Daniel Link para Perfil Cultura 

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. Antes del fin, que hoy nos parece inminente, conviene recordar el principio de todo: En busca del tiempo perdido


En busca del tiempo perdido es un libro muy exigente. Nos pide que tengamos tiempo suficiente como para dedicar a las 2.100 páginas a lo largo de las cuales se desarrolla la novela. Tal vez la única felicidad que la peste nos depara sea ésta: la suspensión del tiempo le convienen al libro proustiano.
Qué aprenderemos de En busca del tiempo perdido? Que la literatura es una vocación: “Entonces surgió en mí una nueva luz. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo”. Que escribir es traducir: “ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo”. Y que la “obra” es, por lo tanto, lo que preexiste en nosotros: “no somos en modo alguno libres ante la obra de arte, sino que, preexistente en nosotros, tenemos que descubrirla, a la vez porque es necesaria y oculta, y como lo haríamos tratándose de una ley de la naturaleza”.
La obra nos precede con su rumor que sólo hay que aprender a escuchar. La música está también ahí, precediéndonos en el canto de los pájaros, y el ritmo está en el movimiento de las olas y de los árboles. El arte, tal vez no sea demasiado tarde para reconocerlo, es un geomorfismo. Es la canción de la tierra.
Proust nació en París el 10 de julio de 1871, hijo de Adrien Proust, médico célebre (como el padre de Daniel Schreber), precursor de la higiene corporal y los ejercicios terapéuticos que hoy desarrollamos en encierro.
En 1896 comienza la prehistoria de La recherche, con la publicación de Los placeres y los días, una colección de fragmentos narrativos inconexos. Proust tiene en ese momento 25 años y los relatos de Los placeres y los días son ya como depósitos que contienen ese "tiempo perdido", desperdiciado, al que alude la novela.
Entre 1895 y 1900 Proust escribe Jean Santeuil, cuya trama equivale a la vida de Proust hasta finales de 1895, el momento en que empieza a escribir esta obra. En Jean Santeuil se encuentra más o menos el mismo material que aparece en La recherche. La imagen del niño luchando por obtener el beso de la madre, unido con la descripción del jardín iluminado por la luna está ya allí. El método, tanto en Los placeres y los días como en Jean Santeuil es el mismo. Se trata de armar un texto narrativo a partir de fragmentos inconexos.
Proust publica en 1900, en Le Figaro un artículo que se llama "Peregrinaje ruskiniano en Francia", un texto en el que cuenta los recorridos que Ruskin (inglés, enloquecido por la sífilis) había realizado en Francia describiendo las catedrales. En 1904 traduce la Biblia de Amiens, un libro de Ruskin en cuya introducción Proust inctroduce el concepto de idolatría: la adoración de una imagen en lugar de la deidad que el icono representa, e identifica la idolatría con el tiempo perdido. La verdad oculta tras la idolatría sería el tiempo recobrado, y la llave que permite pasar del tiempo perdido al tiempo recobrado es la memoria inconsciente.
Entre noviembre de 1908 y agosto de 1909, Proust escribe un estudio sobre Sainte-Beuve, una crítica al biografismo positivista. En el prólogo del Contra Sainte-Beuve (publicado después de su muerte), Proust expone una vasta estructura narrativa sin nombres, que es ya la estructura de En busca del tiempo perdido. Se refiere, para definir esta estructura narrativa, a la estructura temporal de la Comedia Humana de Balzac. En Contra Sainte-Beuve aparece la más larga frase que se haya jamás escrito. Entre punto y punto, esa oración está comprendida por 1.496 palabras, lo cual habla ya de la consolidación del estilo proustiano, que se caracteriza no sólo por el largo aliento de la vasta novela que escribe, sino por la longitud de la frase.
En 1908 Proust cuenta, en una carta, haber pasado 60 horas sin dormir (del 4 al 6 de julio), sin precisión sobre qué sustancias le permitieron semejante proeza. La hipótesis de los biógrafos y los críticos es que en ese período comienza a escribir La recherche... Es decir: encuentra los “nombres” de personajes, pero también de esa “forma de vida” que Proust llama la “raza maldita”, inspirada en una noticia sobre los escándalos homosexuales que se produjeron en el seno de los altos mandos del ejército prusiano. El caso fue documentado en la prensa europea y en particular la francesa, donde la homosexualidad pasó a llamarse “el mal alemán”. El nombre que Proust se negará a pronunciar por pedante y germanófilo, pero del cual toda En busca del tiempo perdido es su explicación y su despliegue es “homosexualität”.
El 21 de marzo de 1912 Proust publica un anticipo de La recherche... en Le Figaro. La publicación de ese primer tomo, Por el camino de Swann, fue rechazada varias veces.
Entre agosto de 1912 y agosto de 1913, La recherche... tiene dos partes de la misma longitud, de 700 páginas en total (un tercio de la extensión final de la novela). Cuando en 1913 Grasset acepta publicar la novela, ésta tiene ya tres volúmenes y 800 páginas. El plan de publicación se atrasa y el primer tomo de la novela aparece publicado recién el 14 de noviembre de 1913, con una segunda edición en diciembre.
El 14 de agosto de 1914 se declara la guerra, y el plan de publicación se interrumpe. Entre febrero de 1916 y marzo de 1917, La recherche... crece al doble del plan original y abarca ya 1.500 páginas.
La publicación de la novela se reanuda en 1919 con A la sombra de las muchachas en flor, cuando la novela ya ha triplicado su extensión. En 1921 aparece la segunda parte de El mundo de Guermantes. Y en 1922 Sodoma y Gomorra (con una faja que dice "No apta para señoritas jóvenes"). En noviembre de 1922 muere Proust, antes de que se termine la publicación de La recherche...
Durante 27 años (desde 1895 hasta su muerte), Proust escribe y reescribe En busca del tiempo perdido, cuyo plan maestro está ya formulado entre 1908 y 1912 y en relación con el cual los fragmentos encuentran un lugar: los dos caminos que, en el fondo, eran uno solo.
Leemos en La recherche la historia de una escritura, la glorificación de la forma modernista y, en tercer término, un mundo, el “mundo proustiano”, que funciona a partir de la descripción infinitesimal de objetos, situaciones y personajes. Mucho tiempo he estado acostándome temprano... revolviéndome en la cama... y así, 70 páginas sobre el insomnio, 70 páginas sobre la galletita, sobre los amores homosexuales como verdad de todo amor, etc. El mundo proustiano supone una tensión infinita entre la estetización y la distancia irónica. El poder del "mundo proustiano" nos alcanza a nosotros, que somos hijos de la televisión, la barbarie, y las indelicadas redes sociales y nos interpela: nos provoca una nostalgia de un mundo que nunca ha existido para nosotros. El pensamiento no es nada sino algo que lo violente y lo fuerce a pensar, y ese algo es el libro, lo novelesco que nos salva de la vulgaridad y del encierro.



sábado, 28 de marzo de 2020

La mejor reflexión del día

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"Y encima todos los libros 
que van a salir después"

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Contra el fascismo telesanitarista

Por Daniel Link para Perfil

El sábado pasado empezó el otoño y el roble empezó a descargar sus bellotas sobre el techo de chapa de la galería. El repique, que a veces se convierte en tiroteo, parece remedar el ritmo de las muertes pandémicas informadas en el mundo.
El miércoles fuimos de compras, con más miedo a las fuerzas de seguridad que al virus. Circulan dos videos particularmente horribles: un policía amedrentando a dos adolescentes y una patrulla de gendarmería propalando la banda de sonido de La purga. El lockdown argentino se vuelve salvaje y los operativos policiales apenas si alcanzan a contener el malestar económico-político. En otras partes, las cosas no funcionan así. Me escriben: “Acá por suerte es un lockdown civilizado: podemos salir, andar en bici, en Berlín dejaron abiertas las librerías”.
Me pregunto qué es lo que se pretende salvar. ¿La vida? ¿La vida de quiénes? ¿La vida como qué? ¿La vida cultivada (la de los periodistas y profesores)? ¿La vida como soporte biológico de órganos a ser donados? ¿La vida como fuerza de trabajo? ¿La vida como mecanismo de reproducción biológica? ¿La vida de los contribuyentes?
En la última entrega de la polémica que lo tuvo como objeto (y como chivo expiatorio), Giorgio Agamben había señalado precisamente eso: “La vida desnuda —y el miedo a perderla— no es algo que una a los hombres, sino algo que los enceguece y separa”.
Entre nosotros, Agamben fue linchado públicamente desde la ignorancia. Un amigo me cuenta que hay alguien que se llama S.B. y que dice que Agamben, "pensador de izquierda" (¿?) “terminó sosteniendo las mismas posiciones criminales de Johnson”.
Lo que dice Agamben, indiscutible, resuena en otras posiciones, igualmente refractarias al discurso fascista que se ha impuesto en los medios. Es el caso de Santiago López Petit, quien ha subrayado que “permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento... Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma:
Este virus lo pararemos juntos. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente”.
En cuanto a “la vida”, Bifo ha precisado que “El efecto del virus radica en la parálisis relacional que propaga”. Y José Luis Villacañas (destaco mi pluralismo) nos invita a preguntarnos si podemos seguir en los procesos en los que estamos embarcados. “Esos procesos tienen un nombre general: acumulación indefinida. Ahora también comprendemos que hemos ido acumulando malestar en la misma proporción y quizá debiéramos comenzar a compensar esto” en vez de (vuelvo a Bifo) reclamar políticas cuyo "único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan". Byung-Chul Han, por su lado, nos convocó en estos términos: “La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa” y Žižek nos invita a repensar el comunismo. Sea.
La vida no es un algoritmo, ni una abstracción, ni una cuantificación estadística. La vida es
una vida, ésta: tales ilusiones, sueños, la forma de relacionarnos con los otros y el Otro.
Una vida interesante incluye a esos ciervos que tomaron las calles de Junín de los Andes, a los delfines en los puertos italianos y a los elefantes borrachos de China. Por eso estoy de acuerdo con la ya imperiosa “Constitución de la Tierra” propuesta en tierras italianas y, ahora que el “neoliberalismo” ha naufragado definitivamente, en pensar nuestro destino colectivo (que incluya a aquellos que, de facto, han sido excluidos de la posibilidad de resguardarse) después de la tragedia.
Por ahora, me conformo con pedir que dejen de amurallar ciudades en mi nombre y que dejen de criminalizar y perseguir a los solitarios que caminan por un parque. Si quieren encerrarnos a los viejos, háganlo. Ofrezco mi propio encierro para evitar el encarcelamiento de la sociedad entera.


viernes, 27 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 10

(anterior)

Los perros se aburren. Por la calle no pasa nadie y no tienen a quién ladrarle. Se han acostumbrado a estar adentro de la casa y a la noche no quieren salir. ¿Para qué?
No queremos infundirles el temor al "estallido social", pero empezamos a preocuparnos por la seguridad. De todos modos, entendemos que la gente entrará a robar antes en los supermercados que en las casas.
Efectivo no tenemos. Hemos visto las largas colas en los cajeros automáticos (dos o tres cuadras) y decidimos abstenernos de esos espacios anti-higiénicos. ¿Tocar botones contaminados para obtener dinero infectado?
No sabemos cómo cobrará la jubilación mi mamá. Por el momento nos arreglamos con lo que hasta ayer nomás era el cuco de la Nueva Argentina: Mercadopago.
Lo cierto es que la gente de nuestro barrio la está pasando mal. Y la paciencia empieza a acabarse: en la verdulería, David ya no hace chistes ("estas nueces se las olvidó un italiano que pasaba") y nos recriminan que concurrimos de a dos (por familia) a hacer la compra (lo que es falso, porque yo voy a la carnicería mientras Sebastián va a la verdulería, para acortar los tiempos de exposición al Mal Absoluto). Todo el mundo está perdiendo la paciencia ante el sinsentido de un experimento social del que participamos a regañadientes.
Nos dicen que más tarde o temprano, todos nos contagiaremos. Nos dicen que si nos lavamos las manos no nos contagiaremos. Entonces: ¿por qué la clausura total? Para salvar al sistema sanitario. Sea.
Hoy nos enteremos de que los parquistas y pileteros pueden volver al trabajo. Lo llamo a Dante para que corte el pasto. Nos encerramos mientras hace lo suyo. Algunos mosquitos menos.
Luego desinfectamos el portón. En otras épocas hubiera sido un gesto clasista intolerable, y en el fondo sigue siéndolo, pero estamos autorizados a desempeñarlo, una y otra vez.
Ahora dicen que a los varados en el mundo van a repatriarlos en cuentagotas. De otro modo se produciría una crisis humanitaria de considerables proporciones. 
Las provincias se siguen cerrando, las ciudades también. Al periodismo patrullero se suman los balcones botones (en todo el mundo):

“¡Vete a tu puta casa!”, le gritaron desde un balcón a Irene, médica de familia en Madrid, cuando iba de camino a la casa de un posible contagiado por coronavirus. Antes del grito, le habían arrojado un huevo, que no la alcanzó.



Al menos, empieza a haber conciencia del carácter fascista de lo que nos están obligando a hacer. Ya la gente empieza a hablar del "modelo coreano", del "modelo alemán", del "modelo sueco".
Yo lo único que sé es que extraño enormemente a mi nieta:




(continúa)

jueves, 26 de marzo de 2020

¿Se viene el corralón?




Diario de la peste, día 9

(anterior)

Anoche, Jorge Asís tildó de "frívola" a la cuarentena en la que nos han embarcado, no sin razón. Nadie contempló el daño que produce, mucho mayor al supuesto bien (que todavía no se ha verificado).
En el cinturón del conurbano la gente está desesperada y el ejército al que se convocó se dedica a crear "reservas". Irónicamente, el experimento se llevó a cabo en primer término en Quilmes.
La «Reducción de Exaltación de la Cruz de Kilmes» vuelve como un eco sórdido de una historia que hubiéramos preferido que no se repitiera.
No hay datos oficiales, pero el experimento, parece, fue fallido. En todo caso, comienzan a ensayarse soluciones alternativas al encierro insostenible de la sociedad entera. En las villas, la gente pasa hambre, porque se les ha negado el derecho al trabajo.
Si a eso se le suma el cerco de los pueblos y ciudades, pareciera que estamos condenados a un umbral de supervivencia que produce más espanto que otra cosa.



En algunos casos se trata de retenes policiales. En otros (la segunda foto), de un acceso a un pueblo directamente cortado (General Rodríguez, en este caso), lo que es irracional pero, sobre todo, anticonstitucional. El Estado de Sitio no fue proclamado, pero los efectos son los mismos, con el agregado (como señaló Esposito) de la caótica descomposición del poder en capas que se potencian mutuamente: nacionales, estatales, municipales, barriales. 
Se han visto fotos de rutas cortadas en dos por montañas de tierra.
La ciudad de Buenos Aires cerró prácticamente todos sus accesos y puso retenes en los pocos que conservó. Sólo se puede circular con salvoconductos que duran 24 horas. 
Naturalmente, el caos vehicular fue homérico y cada día se ensaya una solución diferente. Los fascistas de la tele hacen el recuento de los autos secuestrados, con una fruición que ya resulta obscena.
Lo que nadie parece querer reconocer es que, si la ciudad de Buenos Aires ha cerrado todo salvo los negocios esenciales, la gente que quiere ingresar a ella alguna razón de peso tendrá. No es que van al teatro, o al cine, o a la Bolsa de Valores o a comer a Puerto Madero. Y, por otro lado, que el virus está ya en todas partes. No hay una frontera (ni siquiera imaginaria) que pueda resguardarnos de él. ¿Entonces, para qué sirven estas manías del control, más que para afirmar un poder ciego?
Ah, claro, estaban los que pretendían volver a sus casas desde la costa y a los que se les advirtió que no los dejarían volver (así como no van a repatriarse, dicen, a los más de 10.000 argentinos varados por el mundo). Improvisación, resentimiento y obediencia. 
Dentro de las "reservas" los movimientos se permiten, pero han sido acordonadas para que nadie salga.

Aquí, donde estoy, en medio del campo, pasan helicópteros incesantemente controlando, no sé, que no venga nadie a cortarme el pasto o que no haya algún pintor haciéndose unos mangos.  Rarísimo: nunca imaginé tanto desprecio hacia el prójimo, tanta (en efecto) frivolidad.


En Buenos Aires, un amigo sacó a su perro a dar una vuelta manzana. El botón del barrio lo detuvo y le dijo que sólo se puede sacar al perro a la propia puerta. Nada de "vuelta del perro".
En la televisión, el "periodismo patrullero" se ensaña con cada supuesta violación de la cuarentena y el adjetivo "cheto" se ha puesto de moda. Casi se desata una guerra mundial por el "virus chino" que quiso imponer el ridículo de Trump. Aquí todo es más sencillo: es el "virus cheto". Y los chetos son los culpables de todos los males. El surfista fue condenado públicamente (mi mamá asegura que "mintió", como "mintió" el chico de Buquebus). Yo no puedo acusar a nadie y me parecen salvajes tales linchamientos (sí puedo condenar los modos y la jactancia del surfista, porque fueron muy evidentes en sus interacciones). 
Luego nos enteramos de que el joven médico que venía en uno de los últimos aviones que repatriaban argentinos, el que atendió al pasajero que subió al avión con coronavirus., ese médico (lo contó él mismo) cuando llegó a Ezeiza preguntó si tenía que hacer cuarentena. Le dijeron que no, le dijeron: "no está en el protocolo". Se tomó un taxi hasta Aeroparque y de ahí un avión a Córdoba. Pero, ¿entonces?
¿Se acuerdan de la banalidad del mal? Era un poco eso, ni siquiera "cumplo órdenes" sino: "es lo que dice el protocolo" o, como repite Leocadia Begbick en Mahagonny: "es la costumbre". No podemos estar pensando en lo que hacemos ni en la consecuencia de lo que hacemos. Seguimos un protocolo.

(continúa)


miércoles, 25 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 8

(anterior)

Nos están comiendo los mosquitos. El pasto no se corta hace dos semanas y la humedad ha hecho estallar todos los huevos (no sabemos cuántos serán de los egipcios). 
Despejamos el parque, como dije, de mesas e instrumentos veraniegos para ver en qué momento cortamos.
Hoy hablé con mi médico, para ver si esperaba para vacunarme contra la gripe o iba a una farmacia local y pagaba la vacuna. Optamos por lo segundo, para sacarnos un peso de encima.
Tenemos problemas con las recetas de mi mamá, dado que su médico de cabecera en Pami no atiende el teléfono para mandarle receta digital para los medicamentos que ella toma regularmente. En Pami tampoco contesta nadie. 
Mi médico me dice que puede hacer las recetas y mandármelas por whatsapp para poder comprar con el descuento de la prepaga (sensiblemente menor).
Mañana hablaré con mi traumatólogo, para ver cuándo me saca el yeso. Tendrá que hacerlo siguiendo un criterio completamente empírico porque no voy a poder hacerme una placa radiográfica.
Uno de nuestros amigos en NY nos dice haber contraído el coronavirus (que los académicos de Madrid proponen llamar la coronavirus, qué pelotudos). En verdad, tanto él y su marido sufrieron de una gripe, que luego se les pasó pero les quedó un malestar respiratorio. En teleconferencia con su médico, éste les dijo que seguramente era secuela del virus, pero no los testearon.
Ya resulta completamente obvio que el posible éxito ante la pandemia (la detención del contagio) radica en la detección, para lo cual el testeo masivo (al estilo coreano o alemán) resulta imprescindible.
De esa manera se podría decidir quién puede aislarse y quién puede circular con la debida distancia social.
Diego B. nos manda el vínculo a una muestra del Museo de Arte Contemporáneo, que ofrece un mapa interactivo de la Roma de Pasolini. Volveremos a pensar en la "mutación antropológica" que fue su obsesión.

(continúa)







martes, 24 de marzo de 2020

Homenaje a Gaby Bex

"Esta noche te mando un fax, 
aunque ahora estés conmigo"





lunes, 23 de marzo de 2020

Un nuevo patógeno se agrega a la pandemia

Confirmado: al final Luis Majul vuelve a la tele

Diario de la peste, día 7

(anterior)

En estos días terminó el neoliberalismo, tal como lo conocíamos, y no nos dieron tiempo de cantar en su entierro. 
La afirmación debe entenderse en toda su magnitud: Europa suspendió (dicen que temporariamente, pero esperemos que sea para siempre) el llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Es la primera vez que esa "cláusula de escape general" es aplicada desde la existencia de la Constitución Europea.
En USA, Trump ha prometido liberar una cantidad todavía indefinida de millones de dólares para paliar los efectos de la pandemia y el G20 autoriza a hacer "lo que haga falta".
Lo que debería terminar es un régimen insensato de acumulación indefinida que no sólo ha creado inmensas cantidades de desigualdad sino que ha puesto al planeta al borde mismo del colapso.
Mi amiga A.C. no cesa de mandarme imágenes de animales que recuperan espacios que habían perdido: los ciervos de Junín de los Andes, los elefantes borrachos de China, los jabalíes en las calles de Francia, los delfines en los puertos italianos y, por supuesto, los cisnes en la laguna de Venecia. Dicen que los niveles de CO2 han disminuido drásticamente y que la curva del calentamiento global ha dejado de crecer.
Los italianos recuperaron el viejo proyecto de una "Constitución (política) de la Tierra" y fundaron la Scuola “Costituente Terra” en la Biblioteca Vallicelliana a Roma (piazza della Chiesa Nuova 18). Una línea para investigar (nos acusarán de líricos, pero esperemos que no de frívolos).
Entre nosotres, el crujir y el crepitar de las formas actuales del capitalismo fue recibido con una algarabía vaga, que carece de toda hipótesis de futuro. Yo pienso al menos, que podremos librarnos de la protesta frívola contra el "neoliberalismo" de aquellos y aquellas que consideraron que esa propuesta era todo lo que podía hacerse para mejorar la cualidad de las condiciones de existencia comunes.
El gobierno decidió correctamente aceitar la maquinita de imprimir y darle a lo bicho a la distribución de moneda mientras algunos empezaban a pronosticar el regreso de los patacones. Mucho más gravemente decidió, hoy 24 de marzo, día de la conmemoración del trauma político más intenso que los argentinos hayamos vivido, para sacar el ejército a la calle:




La razón puede ser noble pero una vez despejada ésta del horizonte, ¿qué nos impediría recurrir a las FFAA para que repriman futuras "irregularidades" (digamos: los "estallidos" en el conurbano)?
Uno de mis colaboradores más cercanos, cuyo proceso de deterioro intelectual me alarma, me contesta, cuando le reprocho su aquiescencia a la militarización de la sociedad ("Lo que digo es que aca sin cierto ordenamiento del estado vamos muertos. Y no por el virus. Yo no tengo problema con tal de que sea un tiempo.") me contesta: "Por eso hace rato que me vendí a la frivolidad". 
A estupideces así es imposible contestar nada. Como tampoco es posible contestar nada a quienes siguen comentando el "derrape" de Agamben sin haber entendido una sola línea de sus libros (o, llegado el caso, de los de Esposito o de Franco Berardi).
Que el liberalismo haya tocado su límite no implica que inmediatamente lo haya tocado la forma política con él asociada, la democracia republicana.
Podemos objetar el formalismo burgués, naturalmente, pero no para dejar el gobierno de nuestras vidas en manos de una alianza impensada de camporistas y generales.
Mientras Alberto Fernández, el que no se cansó de recordar al Cristo del "Nunca más", se vuelve cada vez más incomprensible, los otros toman por asalto el antiguo trono de Rosas.


Me voy a colgar un pañuelo blanco del portón.

(continúa)



Diario de la peste, día 6

(anterior)

Seguimos cumpliendo el aislamiento con un fastidio creciente. Estamos hartos de que se nos responsabilice personalmente por la pandemia. En nuestro favor: salvo dos escapadas (a Brasil en diciembre de 2019 y a Uruguay en febrero de 2020) estuvimos todo el verano en Buenos Aires.
La idea que circula en la esfera pública (y que los políticos abrazan con algarabía) es que hay que pasarla mal, en estos días.
Como nuestro domicilio temporario nos lo permite, enviamos a nuestros amigos y amigas fotos de nuestras comidas, que les llenan de indignación, casi tanta como cuando tomamos té en el parque o hacemos (un último) uso de la pileta. ¡Qué escándalo!








Podría alegar que la procesión va por dentro, o que convivir con mi mamá ya es un estrés suficiente como para sumar otros, pero no es el caso. Yo estoy con una mano inmóvil, obligado a no poder trabajar con mi ritmo habitual. Acabo de rearmar mi grilla de cursos para el primer cuatrimestre, porque desde el suburbio al que estoy condenado (prácticamente sin internet) y manco, no creo posible poder dictar un seminario de maestría virtual.
Nos adaptamos. Pero nos adaptamos sin perder el sentido de una vida. Hemos visto a las fuerzas policiales entrar en la Villa 31 para decirle a la gente que entre a sus casas. Y hemos oído las respuestas: "no tenemos adentro", "ya estamos todos contagiados".
El dislate urdido a imitación del autoritarismo urdido va a tener que ser revisado, porque las personas que menos tienen no sólo necesitan de contención económica (subsidios, alimentos) sino de un plan sanitario específico y, finalmente (o antes que nada) de un debate de lo que está en juego, que es el delicado tramado social, que el trauma pandémico está deshaciendo todavía más.
¿Somos responsables de eso? Decididamente, no. Mi hija me dice que en sus chats le contestan, cuando esgrime la solución alemana (podría agregar también la coreana, tan diferente de la china) le contestan: es que ésa es gente educada. Yo soy un educador, y he dado clases hasta en la cárcel de Devoto. No es mi culpa ni mi responsabilidad personal la decadencia educativa de nuestro país, sino de los políticos que, en los últimos veinte años, manejaron el área.
Lo más grave no es la brutalidad de alguna que otra clase (convengamos que en los sectores ABC1 abunda tanto como en cualquier otra, y estuvimos todo el verano pendientes de un caso de brutalismo intelectual) sino el resentimiento que domina en estos días: ¿te fuiste de viaje? Ya vas a pagar. ¿Te fuiste a tu casa de la costa? Ya vas a pagar. ¿No estás sufriendo lo necesario? Ya vas a pagar.

(continúa)

domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 5

(anterior)

En otras épocas, hoy habría sido un domingo de encuentro familiar, con Juana desplegando su mal humor y sus caprichos a los cuatro vientos y nosotros tratando de contenerla.
Como el otoño ya empezó, aunque la temperatura lo desmienta, y los enclaustramientos se vuelven cada vez más imperativos, empezamos a "guardar el verano".
Desarmamos la cama elástica (regalo de navidad), entramos la hamaca de jardín a la galería, doblamos las sillas y reposeras. Nos preparamos para el invierno.
En mis grupos de chats, han comenzado las discusiones sobre las medidas que se toman. Si bien nadie simpatiza con aquellos que se fueron al exterior y quedaron varados, y mucho menos con los que se fueron a la costa a pasar allí el fin de semana largo, la idea de "andá a cantarle a Gardel" y "te pongo un retén en la esquina" suena a revanchismo adolescente, para algunos. Para otros, está bien. Pero, en definitiva, lo que se nota es que las personas no han abrazado unánimente ninguna causa.
Muchos elogiamos el modelo berlinés, pero sabemos que acá sería incumplible, tanto como en Italia (pero no por informalidad latina, sino porque acá, tanto como en la península, se necesita de la autoridad bestial del Duce (después de todo, el fascismo fue un invento italiano, mucho antes de que Hitler desplegara sus fantasías de exterminio).
De España, ¿qué decir? Sólo pudieron liberarse de la República española gracias a una Dictadura de 40 años. 
Definitivamente, nuestra cultura viene de esos autoritaritarismos y a ellos quiere volver, desmemoriadamente.
Es triste, pero no parece haber alternativa. ¿O sí?
En casa, donde hemos tenido que pasar la cuarentena obligatoriamente (y no por elección) participamos de tres grupos diferentes. Sebastián (mi marido) tiene 45 años y si se contagiara se salva seguro ("pero soy asmático", alega), mi mamá, que tiene 85, sabe que a la primera tos se la lleva la muerte y cada vez que salimos de compras se encierra para no exponerse. Yo no sé qué pensar, pero estoy en 50/50. Dependo exclusivamente de la suerte (y en mi vida no he tenido mucha) así que trato de exponerme lo menos posible.
Tanto Sebastián como yo, sin embargo, consideramos excesivas las medidas punitivas que se están tomando (no poder dar una vuelta manzana con el perro es un exceso). Mi mamá aprueba todo: que se queden en la India los 250 argentinos varados, que vaguen por el conurbano los dueños de casitas playeras, todo, todo.
Pero no se puede pensar desde el propio terror a la muerte.

(continúa)
 


Diario de la peste, día 4

(anterior)

Ayer empezó la primavera en el hemisferio norte: ojalá les sirva. Acá empezó el otoño y el roble empezó a descargar sus bellotas sobre el techo de chapa de la galería. El repiqueteo, que a veces se convierte en tiroteo, parece remedar el ritmo de las muertes informadas en el mundo. 
Deberíamos aprovechar la circunstancia para pedir estadísticas de las muertes totales y no las que tienen una sola causa, la pandémica.
Aprovecho para limpiar la pileta de hojas y bellotas, dado que empezamos el otoño con 30 grados y un sol radiante. Barro los caminos de laja. Vierto microbios en los inodoros para que limpien las cámaras sépticas y los pozos. Tiendo la ropa a secar.



Como hemos acumulado comida, no hace falta que cocinemos todos los días, salvo por antojo. El miércoles próximo tendremos que ir de compras, pero ahora ya me dan más miedo las fuerzas de seguridad que el virus.
Circulan dos videos particularmente horribles: un policía amedrentando a dos adolescentes (de un modo que, apenas dos semanas atrás se habría considerado violencia de género y abuso de poder) y una patrulla de gendarmería propalando la banda de sonido de La purga. El segundo video causó indignación. El primero, no.
El lockdown argentino se vuelve salvaje: miles de personas detenidas en operativos policiales sin ton ni son. Un caso tristísimo: el de un pintor de brocha gorda que volvía de trabajar. 
En otras partes, las cosas no funcionan así. Me escriben desde Alemania:

Acá por suerte es un lockdown civilizado: podemos salir, andar en bici, en Berlín dejaron abiertas las librerías. Cuestión de ganar tiempo para que haya testeo masivo y más oxígeno y terapia intensiva. Las fuerzas armadas dan apoyo. Los hospitales alemanes están empezando a recibir pacientes franceses e italianos.

Me pregunto qué es lo que se pretende salvar. ¿La vida? ¿La vida de quienes? ¿La vida como qué? ¿La vida cultivada (la de los maestros y profesores)? ¿La vida como soporte biológico de órganos a ser donados? ¿La vida como fuerza de trabajo? ¿La vida como mecanismo de reproducción biológica? ¿La vida de los contribuyentes?
En la última entrega de la polémica que lo tuvo como objeto (y como chivo expiatorio), Giorgio Agamben había señalado precisamente eso: 

Es evidente que los italianos están dispuesto a sacrificar prácticamente todo, las condiciones normales de vida, las relaciones sociales, el trabajo, incluso las amistades, los afectos y las convicciones religiosas y políticas frente al peligro de enfermase. La vida desnuda —y el miedo a perderla— no es algo que una a los hombres, sino algo que los enceguece y separa. Los otros seres humanos, como en la pestilencia descripta por Manzoni, son ahora vistos solamente como posibles untadores que hay que evitar a cualquier costo y de los cuales es necesario tener distancia al menos de un metro. 

Desde otras perspectivas teóricas, otros y otras señalaron lo mismo. Es el caso de Judith Butler:

Por un lado se nos pide secuestrarnos a nosotros mismos en unidades familiares, espacios de vivienda compartidos o domicilios individuales, privados de contacto social y relegados a esferas de aislamiento relativo, por el otro, nos enfrentamos con un virus que cruza las fronteras rápidamente, ajeno a la propia idea de territorio nacional. ¿Cuáles son las consecuencias de esta pandemia para pensar sobre la desigualdad, la interdependencia global y nuestras obligaciones de uno hacia otro? El virus no discrimina. Podríamos decir que nos trata de manera igualitaria, nos coloca igualmente en riesgo de enfermarnos, de perder a alguien cercano, de vivir en un mundo de amenaza inminente. Por el modo en que se mueve y golpea, el virus demuestra que la comunidad humana es igualmente precaria. Al mismo tiempo, sin embargo, el fracaso de algunos estados o regiones para prepararse por anticipado (los Estados Unidos son quizás el más notorio miembro de este club), el refuerzo de las políticas nacionales y el cierre de fronteras (a menudo acompañado de una xenofobia en pánico), y la llegada de emprendedores ávidos de capitalizar el sufrimiento global, todo esto testimonia la velocidad con la cual la desigualdad radical -que incluye el nacionalismo, la supremacía blanca, la violencia contra las mujeres, queers y personas trans-, y la explotación capitalista encuentra formas de reproducirse y fortalecer sus poderes al interior de las zonas de pandemia. Esto no debería sorprendernos.

O de Santiago López Petit:


Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción con el objetivo de salvarnos la vida. Se llama movilización total y, paradoxalmente, su forma extrema es el confinamiento. “La mayor contribución que podemos hacer es ésta: no se reúnan, no provoquen caos”, afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba ayer Igualada añadía: “Recuerde que, si entra en la ciudad, ya no podrá volver a salir”, mientras le comentaba a un compañero: “el miedo consigue lo que no consigue nadie más”. Pero la gente muere, ¿verdad? Sí, claro. Sucede, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en ese nosotros invocado por el mismo poder que declara el estado de alarma: “Este virus lo pararemos juntos”. Pero solamente van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan el dinero imperiosamente. 

O de Bifo:


El efecto del virus no es tanto el número de personas que debilita o el pequeñísimo número de personas que mata. El efecto del virus radica en la parálisis relacional que propaga. Hace tiempo que la economía mundial ha concluido su parábola expansiva, pero no conseguíamos aceptar la idea del estancamiento como un nuevo régimen de largo plazo. Ahora el virus semiótico nos está ayudando a la transición hacia la inmovilidad.

O de



Vuelvo al asunto de la "vida" que pretende salvarse mediante políticas cuyo "único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo cual, por descontado, nada tiene que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que bien poco importan" (Bifo).


Byung-Chul Han ya advirtió que: 

tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno.

y nos convocó en estos términos:

La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. 
 
En mi estado de whatsapp yo escribí, como protesta anticipada a los repetidos reclamos de la televisión y a la amenaza de la ministra de defensa: "Si declaran el Estado de Sitio, todes a la plaza". Muchos y muchas me escribieron un sencillo "?" como si no supieran de qué estaba hablando (¡en este país!).
Estaba diciendo: la vida no es un algoritmo, ni una abstracción, ni una cuantificación estadística. La vida (al menos la vida que nos importa) tiene predicados: es esta vida, es lo que queremos hacer, tales ilusiones, sueños, la forma de relacionarnos con los otros y el Otro. 
La vida que me interesa incluye a esos ciervos que tomaron las calles de Junín de los Andes, a los delfines en los puertos italianos, a los cisnes de Venecia, a los elefantes borrachos de China y a los jabalíes en las calles de Francia.
Pero también incluyea aquellos que, por decreto, han sido excluidos de la posibilidad de resguardarse. 
Por eso, pido que dejen de amurallar ciudades en mi nombre (ni Berni está de acuerdo), dejen de criminalizar a los cuentapropistas y a los adolescentes, dejen de perseguir a los solitarios que caminan por un parque, dejen de amedrentar a la ciudadanía. Si quieren encerrarnos a los viejos, háganlo: prefiero mi propio encierro que el encierro de toda la sociedad, en mi nombre.

(continúa)


sábado, 21 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 2

(anterior)

Es sábado, y vamos a hacer las últimas compras antes del aislamiento. Mi mamá pretendía que fuéramos a Rodriguez a comprar las piedritas sanitarias de los gatos a su proveedor habitual, pero nos parecía un disparate. Como iba a reprocharnóslo hasta el fin de los tiempos, le inventamos que en la subida a la autopista había retenes policiales (yo hubiera argumentado: podrían haber ido por la colectora, pero no se dio cuenta o aceptó la mentira para facilitar la convivencia).
En los supermercados de "cercanías" (es evidente que la comunicación está copiada de las resoluciones españolas), ya se aplica el protocolo de no más de seis personas dentro del local. La cola se hace afuera.
Un chabón se asoma al supermercado y pregunta: "¿Tenés alcohol en gel, para ponerme en la cola?". El de adentro le contesta "Tengo, pero es para ponerse en las manos". "Pero no, pelotudo, es para saber si hago o no LA FILA". La escalada de improperios continuó, y no se fueron a las manos porque había mucha seguridad en las inmediaciones.
En la carnicería sólo aceptan dos personas adentro. En la verdulería no hay nadie, así que salimos enseguida (aprovecho para agradecer que, en nuestra cadena alimentaria, dos piezas fundamentales son el Parador Fruit y Carnes Marcos: esperemos que conserven la salú, que es tanto o más importante que las materias primas que nos ofrecen).
Cocinamos, cocinamos, cocinamos (las recetas pueden verse en Linkillo. Recetas mías).
Congelamos y organizamos menúes para los próximos días.
En los cuatro grupos activos de whatsapp que tengo las noticias vuelan, van y vienen. Los chistes se alternan con los partes médicos de todo el mundo. Sigo juntando textos "filosóficos", materiales para pensar (Badiou, Byung-Chul Han, etc..).
Una amiga me dice "hay varias joyas dando vuelta" y me manda esto:



Lo que más me sorprende no es ni el tono ni los enunciados ("No es tiempo para los tibios") sino el hecho de que se considere eso una pieza de propaganda legítima. Desde ya, el discurso público se ha vuelto totalmente fascista y en ese contexto es admirable la corrección de Alberto Fernández, que está resistiendo los reclamos de promulgación de "estado de sitio".
En Chile, que no necesita grandes excusas para militarizarse, ya rige el "estado de catástrofe". No hay que asombrarse demasiado: el fascismo siempre hizo de la "salud pública" (Volksgesundheit) uno de sus principios.
Se viene la movilización total en nombre de la salud pública y de un concepto abstracto de "vida" y Berni está dispuesto a hacer lo que sea necesario para garantizarla. 
Por supuesto, lo que se viene es la criminalización de la resistencia o la distracción y la censura de las voces disidentes. 
Hablando de censuras, hoy el Ministerio de Salud recomienda a los medios evitar la difusión “de series o películas sobre catástrofes”.
Correlativa de esta política es la "cuarentena informativa" que propagandiza un médico en uno de esos programas fascistas de opinión del canal América: a la gente no hay que decirle ni todo ni la verdad, para que no se aflija. Comienzan a tratarnos como a subnormales, criminales, marginales.

(continúa)





Diario de la peste, día 3

(anterior)

Lo primero, cada mañana, es comprobar el estado de salud de les amigues que están lejos: Gabriel, Germán, Sylvia y Jack en NY, Natalia en California, Ale y Nathalie en Chicago, Ana, Graciela, Michèlle y Oria en Francia. En España: Flor y Sergio (y sus niñas catalanas), Manolo, Nuria... En Alemania: Silvia, Carolin, Rudi. En México y Brasil tanta gente... que la enumeración aburriría.
No todos los días, claro, porque la paciencia de nuestros corresponsales tiene un límite tan frágil como el de las madres. Me escribe una corresponsal extranjera:

"Yo no tengo paciencia para cocinar más que pollo y arroz. No puedo más con mis hijos.  
Es desesperante estar acá metidos los tres."

Como conozco bien a esa mujer, me imagino su cara desencajada y muero de risa. 
Más allá de las comprobaciones obvias, rescato un cierto avance de la pandemia. Algunos de los alemanes (los que se entregaban a las "corona party" o las miraban con envidia) dudaban de la existencia de la epidemia o de su peligro. Integraban el núcleo duro de los "negacionistas". Un poco para contradecirlos, les mandé el 16 de marzo este mensaje: "Despejada mi duda, el coronavirus existe y no es un invento del fascismo mundial (pero bien puede ser su arma): en Hamburgo, los padres de la amiga de adolescencia de la novia de una amiga mía de Berlín dieron positivo ayer". 
Ayer, ayer, ayer, esa palabra. Ayer sábado nos enteremos de que una vecina de Rosi, la asistente de mi mamá que ya no viene a acompañarla ni a hacer las tareas de la casa, dio positivo y la internaron junto con su hijo. En La Reja (a dos puentes de autopista de donde estamos) fue el caso del chabón que se fue a una fiesta el día después de haber llegado de viaje. De seis grados de separación pasamos a dos.
Reservo para mañana una reflexión sobre las políticas del cuidado de si para mañana, pero lo que es evidente es que el virus en circulación ha contagiado ya a mucha más gente de la que los datos oficiales dicen (habrá que multiplicar por diez, dicen algunos, esas cifras). Eso permite explicar la creciente clausura de todo y el ánimo militarizante del gobierno. Al mismo tiempo, nos obliga a considerar el hecho incontrastable de que no se están haciendo la cantidad de tests necesarios para evaluar seriamente el contagio. Las políticas son más bien conjeturales, porque no tenemos capacidad económica para encarar testeos masivos.
Hago una confesión: yo no me lavo las manos (en ningún sentido). No puedo hacerlo, porque tengo enyesada mi mano izquierda. Así que uso y abuso del alcohol en gel. ¿Cómo haré cuando tenga que ir al traumatólogo? Ya veremos...

(continúa)



El nombre de la Bestia

Por Daniel Link para Perfil

El corto siglo XX (en oposición al largo siglo XIX), dicen los historiadores, comenzó con la Gran Guerra.
El 20 de febrero de 1909 apareció en Le Figaro el “Manifiesto Futurista”, promovido por Filippo Tomasso Marinetti. Esa vanguardia intelectual encontraría en el fascismo una vía de desarrollo poco sorprendente, si se recuerda que en su artículo 9 el “Manifiesto” proclamaba: “Queremos glorificar la guerra –sola higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan, y el desprecio a la mujer”.
Esa misma inteligencia se entregó, antes, a los juegos bélicos. Todavía hoy sorprende la cantidad de voluntarios que se enrolaron para pelear en la Primera Guerra. Como tantos otros y otras, Guillaume Apollinaire, por ejemplo, murió al volver del frente. No se lo llevó propiamente la contienda sino la Gripe Española, que mató más personas que los ejércitos (50 millones de personas en el mundo entero).
La inteligencia americana ya lo había advertido. El 5 de abril de 1909 Rubén Darío publicó en La Nación de Buenos Aires una crítica radical al “Manifiesto”, que señalaba, entre otras cosas: “El poeta innovador se revela oriental, nietzscheano, de violencia acrática y destructora. ¿Pero para ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea la única higiene del mundo, la Peste reclama”. Darío notó, antes que nadie, las aporías vanguaristas: ¿destrucción reglamentada? No me cierra. ¿La Guerra como Higiene? No sean infantiles: la Peste le gana.
Guerra y Peste en el comienzo del siglo. Crisis del petróleo (1973) en su final. Todo eso, que el siglo XXI quiso olvidar junto con el comunismo volvió condensadísimo en estos meses para decirnos que la Guerra, el Fascismo, la Crisis y la Peste siguen estando ahí, y nos obligan a pensar las vías de superación de un régimen de acumulación insensato y hostil a lo viviente.


viernes, 20 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 1

(anterior)

Hoy, viernes 20, comienza oficialmente la cuarentena obligatoria, que lleva por título un nombre complicado, algo así como "aislamiento social preventivo y obligatorio".
El discurso de Alberto satisfizo casi todas las expectativas. Creo que infundió tranquilidad, aunque la mención de las "ferreterías" como lugares a los que se podrá concurrir se le reprochará por siempre.
Más preocupante me pareció que no se establecieran mecanismos para contener económicamente a las personas impedidas de trabajar.
Yo arreglé con Rosi, la cuidadora de mi mamá, que no viniera. Y le dije cuánto le pagaría el 31 de marzo (si es que me pagan a mí, lo que tampoco es seguro). Pero muchas personas no están en esa situación y vimos aquí y allá casos de detenidos porque salieron a trabajar (un pintor de brocha gorda, por ejemplo).
Lo primero que se me ocurre (y me subleva) es que vamos a pasarnos las siguientes semanas pelotudeando en la cocina mientras quienes tienen que garantizar la cadena alimentaria se exponen a la catástrofe.
Siempre fue así, claro, pero ahora me parece particularmente evidente y éticamente inaguantable. Empiezo a pensar cómo lo escribiré...
Mientras tanto, me doy cuenta de la paradoja o venganza de la historia y retomo un tema frecuente en mis clases y en mis libros: el olvido maniático del siglo XX al que Occidente quiso entregarse, para relacionarse de manera directa con el siglo XIX, como si el XX hubiera sido un intervalo indecente, un cólico, una ráfaga de mal viento que ya pasó.
Uno de los ejemplos que solía esgrimir es la discusión entre evolucionistas y creacionistas, que es completamente anacrónica y supone un horizonte teórico más bien pelotudo y positivista. El otro, naturalmente, la tachadura del registro de lo imaginario.
El corto siglo XX (en oposición al largo siglo XIX), dicen los historiadores, comenzó con la Gran Guerra.

El 20 de febrero de 1909 apareció en Le Figaro el “Manifiesto Futurista”, promovido por Filippo Tomasso Marinetti. Esa vanguardia intelectual encontraría en el fascismo una vía de desarrollo poco sorprendente, si se recuerda que en su artículo 9 el “Manifiesto” proclamaba: “Queremos glorificar la guerra –sola higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan, y el desprecio a la mujer”.

Esa misma inteligencia se entregó, antes, a los juegos bélicos. Todavía hoy sorprende la cantidad de voluntarios que se enrolaron para pelear en la Primera Guerra. Como tantos otros y otras, Guillaume Apollinaire, por ejemplo, murió al volver del frente. No se lo llevó propiamente la contienda sino la Gripe Española, que mató más personas que los ejércitos (50 millones de personas en el mundo entero).

La inteligencia americana ya lo había advertido. El 5 de abril de 1909 Rubén Darío publicó en La Nación de Buenos Aires una crítica radical al “Manifiesto”, que señalaba, entre otras cosas: “El poeta innovador se revela oriental, nietzscheano, de violencia acrática y destructora. ¿Pero para ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea la única higiene del mundo, la Peste reclama”. Darío notó, antes que nadie, las aporías vanguaristas: ¿destrucción reglamentada? No me cierra. ¿La Guerra como Higiene? No sean infantiles: la Peste le gana.

Guerra y Peste en el comienzo del siglo. Crisis del petróleo (1973) en su final. Todo eso, que el siglo XXI quiso olvidar junto con el comunismo volvió condensadísimo en estas semanas para decirnos que la Guerra, el Fascismo, la Crisis y la Peste siguen estando ahí, y nos obligan a pensar las vías de superación de un régimen de acumulación insensato y hostil a lo viviente.
No se puede olvidar lo que pasó, lo que hay que hacer es usarlo como plataforma para pegar el salto: Hic Rhodus, hic salta! ("Hier ist die Rose, hier tanze").
La pandemia nos obliga a pensar y, sobre todo, a pensar un futuro que, siempre lo supimos pero ahora nos alarma, no puede estar en las manos de médicos, abogados y economistas.
Pienso, una vez más, en los que hacen posible nuestros "Diarios de la peste" (nuestros Decamerones) y nuestros desvaríos culinarios, los que se exponen a la catástrofe son mucho más humanos que nosotros, encerrados en nuestras moradas.
En la televisión, los epidemiólogos más renombrados no cesan de recomendarnos siempre lo mismo: lavarnos las manos.
Parecen ignorar, en ese punto el sentido del gesto de lavarse las manos y a lo que conduce: la Cruz. 
Conviene revisitar el 18 Brumario de Luis Bonaparte, en particular el comentario de Marx a la máxima hegeliana: "la Filosofía es La Rosa en la Cruz del Presente".
La Cruz, nuestra cruz, es la pandemia (consecuencia de un régimen de acumulación insensato, intolerable y suicida). Pensar una salida, eso nos toca...

(continúa)