domingo, 28 de febrero de 2010

Antes que en vïola truncada...

Todo bien con Kristen Stewart: yo debo de ser la única persona (¡en el mundo!) que elogió la película que la lanzó a la fama, Panic room (2002), donde componía a la hija diabética y levemente tortillera de Jodie Foster. La chica creció, ganó en belleza y en sutilezas actorales (en alguna de las producciones cinematográficas que diseñamos, acá en el campo, después de nuestras largas sesiones de cine de campaña, la imaginamos como la prima poco sofisticada de Hermione). Ahora bien, lo de New Moon (2009), la segunda regurgitación de la saga Twilight, es un poco demasido.
Ya en la primera resultaba sospechoso que un vampiro se sometiera a la disciplina escolar, a la vida familiar, al cortejo adolescente, para hacerse el buenito (alguna debilidad mental debía de tener).
En New Moon, el insufrible Edward (desempeñado por el ya desagradable Robert Pattinson, cuya predilección por el lipstick va a terminar costándole su carrera) declara, al mismo tiempo, que tiene 104 años (como los viejos magiclicks de mi infancia) y que está perdidamente enamorado de esa chica provinciana, sosa, sin ningún talento ni brillo, comunarda como pocas, que es Bella. Primero: ¿puede haber amor después de 104 años de vida o sobrevida, de tormentos, de desesperanzas, de separaciones? No digo amor en el sentido cósmico, en el sentido ético, sino en el sentido femeninamente masturbatorio del "no puedo vivir sin ti", "la vida en un mundo en el que no existas no tiene sentido para mí". ¿Dónde estuvo este chico/ anciano durante los ciento cuatro años que ha pasado sobre la Tierra? ¿Encerrado en un tupper?
Y, segundo: si esa posibilidad (la del amor) existiera, ¿qué tiene Bella para trastornar hasta tal punto el mundo del chonguerío transmundano? Misterio que jamás será revelado.
En New Moon, además, como la delgadez de Pattinson y su evidente indiferencia a todo lo que no sean sus largas sesiones se maquillaje son un poco piantavotos, Bella revoluciona las hormonas del otro costado de los monstruos, los licántropos (Taylor Lautner: nene, ¿qué comés, bulones?).
Y así, una chica cualunque (no: ¡una chica bloom!) y bastante atolondrada (Kristen está todo el tiempo pensando qué carajo le pasa al personaje que tiene que desempeñar y no acierta a componer ninguna cara adecuada, porque todo es taaaan estúpido) termina desatando una guerra ferocísima entre clanes vampíricos y, sobre todo, entre lobizones y chupasangres.
Todo bien, si no estuviera la Sra. Fanning, que con sólo entrar a la película, pronunciar tres palabras desarticuladas y mirar un poco a estas estrellitas para teens (diciendo por dentro: "chicos, por favor, yo les muestro...."), desbarata toda posible complicidad con este bodrio intermedio al que todavía le falta una tercera parte.
Ya en la anterior película le habíamos arrimado nuestros porotitos (por así decirlo) al "actor joven mejor pagado de Hollywood" (("Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo, es como descifrar signos, sin ser sabio competente").
Ahora, ya declaradamente paidofílicos, le imploramos a Kristen/ Bella: che, comete al pendejo (o, más fina, más gongorinamente: "goza cuello, clavel, cristal luciente") que para casarte (¡casarte!) con monstruos centenarios que te lleven a pasear por el mundo, ya vas a tener tiempo suficiente... Eso es lo que siento yo, en este instante fecundo.

sábado, 27 de febrero de 2010

Infierno grande

por Daniel Link para Perfil

Me dice mi mamá que Marcelo Coronel, el intendente de General Rodríguez, tiene los días contados. No sabe con quién tendrá que ir a lidiar para que le destapen las zanjas, le junten la basura o le reemplacen las lámparas del alumbrado público a partir de marzo.
Ni ella ni yo creemos que la situación para el municipio pueda mejorar. En todo caso, los dos seguimos con expectativa los pormenores de la espectacular caída en desgracia de Coronel, que nunca hizo nada por nosotros.
Adelma “La Vasca” Arguissaín puso todo su empeño (y el de su nome de guerre) para conseguir el cargo para su entonces pareja y, durante un tiempo, las cosas parecieron sonreírle a ambos.
Hoy ella, que supo presidir la estratégica Comisión de Seguridad en el senado bonaerense, está imputada en dos causas penales: una de ellas la vincula a un desarmadero de vehículos robados que funcionaba en una quinta que alquilaba su ex novio, Marcelo Porchetto (con garantía de ella), y la otra la imputa por malversación de caudales y administración fraudulenta en una causa abierta a raíz de la doble asignación de subsidios de la Secretaría de Transporte de la Nación a la empresa de su familia, que monopoliza el transporte público en General Rodríguez.
Oscar Verón, el dueño de la quinta-desarmadero, es un testigo clave de la primera causa, sobre todo con su testimonio según el cual La Vasca en persona le habría dicho que el Renault 21 semidesarmado que estaba junto a una soldadora autógena y otras herramientas en el patio de la quinta pertenecían a su padre, Juan Pedro Arguissaín, quien por esto y otras no deseadas apariciones públicas terminó perdiendo los estribos y se declaró “cansado de poner plata para sacarla de los problemas en los que se mete”. De paso, acusó a su entonces yerno, Marcelo Coronel, el intendente, de ladrón.
La relación sentimental entre La Vasca y Coronel no pudo (o no quiso) sobreponerse a esos traspiés.
Además de las salpicaduras que le llegan por el lado de su familia política, Coronel saltó a la fama por méritos propios, cuando empezaron a tirarle cadáveres (Damián Ferrón, Sebastián Forza y Leopoldo Bina) en el partido, relacionados con la efedrina que Manuel Poggi (ex director de Desarrollo Industrial de General Rodríguez) manipulaba con fines poco claros. En esas intensas jornadas de agosto de 2008, Coronel habría mandado, para sorpresa de los jueces intervinientes, una cuadrilla municipal para limpiar la escena del crimen.
La redacción del semanario político local La Hoja, que comenzó a denunciar hechos de corrupción en el municipio, fue incendiada en un hecho que los seguidores de Coronel consideraron destinado a perjudicar al intendente.
Puesto contra las cuerdas, el Concejo Deliberante de General Rodríguez no tuvo más remedio que aprobar en una sesión extraordinaria de diciembre de 2009 la conformación de una Comisión Investigadora, que, entre otras cosas, descubrió serias irregularidades en las preadjudicaciones de las 1900 viviendas del Plan Federal que la intendencia había realizado “por sorteo”. Como el azar es ciego, habrían sido favorecidos mismos DNI con diferentes nombres, adjudicatarios de domicilio dudoso, menores de edad e, incluso, personas fallecidas.
La presidente del Consejo Escolar hasta el 10 de diciembre pasado, Claudia Mantesso de Chimenti, fue sorprendida por un vecino cuando descargaba de una camioneta municipal las flores destinados a los jardines de infantes del distrito, en su propia quinta. “Yo haré un buen reparto de las mismas”, dijo la inverosímil señora, hoy reintegrada a la docencia.
El legajo personal del intendente es otro intríngulis, porque aparentemente se ha perdido. Se sabe (por otras vías) que aportó $ 60.689,00 a la campaña de los Kirchner, aunque en junio declaró su autonomía respecto de la pareja regia.
Y la Universidad de Belgrano ha negado por escrito que Coronel tuviera el título de Licenciado que declaraba y gracias al cual obtuvo un plus salarial mientras duró su mandato, apenas una de las veinticinco irregularidades o delitos que la Comisión Investigadora puso en negro sobre blanco.
En 2008, Marcelo Coronel había asumido su segundo mandato consecutivo como intendente de General Rodríguez. La renovación parcial de los miembros del Concejo Deliberante en diciembre de 2009 permitió que recién entonces prosperaran las denuncias contra el político, que se conocían desde mucho antes pero que siempre habían sido bloqueadas por la mayoría automática con la que contaba en ese ámbito. La tripartición de poderes tiene esas cosas.

viernes, 26 de febrero de 2010

No me arrepiento de este amor

Lo que siente una Muxhe

por Juan Tauil para La crónica me chupa un huevo


Invitada por Marlene Wayar y agasajada por Susy Shock y sus dos maridos, Amaranta Gómez Regalado pasó una noche bien porteña en Versalles. Comió supremas de pollo, puré y lloró cuando escuchó por primera vez a Gilda, personaje espejo, con quien se vio reflejada en el amor y en la tragedia.


jueves, 25 de febrero de 2010

Sexo terapéutico

Nominalmente es masajista. Pero en la práctica, lo es de interiores. Vende sexo. Y lo que vende se adivina de una tal calidad que si uno se dedicara a gastar plata en zonceras no dudaría un instante en recurrir a sus servicios (y sólo a los suyos).
Pero él no lo hace porque no le guste trabajar, o porque no sepa hacer otra cosa que entregar su animalidad al disfrute de los otros, en modo alguno. Lo suyo es terapéutico. Es la única forma, dice, que encuentra para controlar sus apetitos. Es de una voracidad enfermiza, no puede parar. Salvo, claro, que se ponga ese límite, el billete a cambio. Sólo así consigue dos o tres días de celibato. De otro modo, piensa, ya estaría muerto. Entonces espera que lo llamen. Y mientras lo llaman, hasta que no lo llamen, hace masajes, va al gimnasio, finge tener una vida más allá de esa fijación perniciosa con la cosa. Dominado por un goce, cree ponerse a resguardo de otro.

(anterior)

"Menem lo hizo"

La ausencia de Menem no habilitó el quórum y el kirchnerismo frustró la definición de las comisiones

La oposición dio por terminada la sesión sin conseguir la mayoría en todos los grupos de trabajo; Pichetto acusó al bloque no oficialista de querer "cogobernar" y anunció la retirada para llegar a una "solución responsable".

"No quiero que vuelva la política neoliberal de los '90 ni esa gente que gobernó hasta el año 2001 y se fue vergonzosamente", aseguró el ex presidente.


miércoles, 24 de febrero de 2010

El gran circo criollo (farsa en un acto)

Uribe: "Sea varón."

Chávez: "Vete al carajo."

Legally Blond

A la cancha con las uñas pintadas

por Luján Francos para La Nación

Flamante DT, Kiwi Sainz le pone ironía y glam al fútbol


"Me levanto todos los días pensando que el mundo está confabulado para hacerme feliz y no lo puedo defraudar", dice una de las poquísimas mujeres que estudió dirección técnica de fútbol en la Argentina. Entre su look característico de pollera y zapatos, y su pasatiempo de pintarse las uñas mientras mira algún entrenamiento, Mariana Kiwi Sainz no hace juego a priori con lo que cualquiera imaginaría de una DT que alienta a su equipo desde el banco. Porque lo común es ver hombres de saco y corbata moviéndose de un lado para otro mientras indican las jugadas a sus futbolistas. El contraste es casi total con esta coolhunter coqueta que, además de casi DT -le falta aprobar sólo una materia para conseguir el título-, es periodista deportiva y empezó sus prácticas en la cárcel masculina de José León Suárez.

martes, 23 de febrero de 2010

Yo no tengo Facebook

Así que digo por acá:

¡Feliz cumpleaños, Ariel!

lunes, 22 de febrero de 2010

"Profundizar el modelo"


El INDEC admitió que, durante la gestión de Cristina, los que más tienen ganan 28 veces más que el sector de menores ingresos. La situación social y el trabajo informal.

domingo, 21 de febrero de 2010

Libro abierto

Aunque me quede sin secretos.... ¡ya salió el gazpacho!

Plug & Play

por Daniel Link para Perfil Cultura

Considerado en cualquiera de sus facetas, “el arte” ha llegado a ser algo que no necesariamente estaba destinado a ser: un consumo suntuoso, la esfera de “lo caro” por antonomasia. Y por lo tanto, lo difícil de guardar, de transportar, de cuidar (asegurar) y de curar (en el sentido administrativo que la figura tiene en el mundo curatorial, pero también en el sentido médico). “Buena muestra”, para una empresa de arte (galería o museo), es una que, más allá de las bondades que reúna, amortiza su costo.
Los comerciantes florentinos, venecianos y flamencos, en cuanto conseguían juntar unos pesitos, mandaban a hacer unos bonitos palacios según los artificios arquitectónicos más de moda y contrataban a los pintores más experimentales para que les decoraran las capillas a las que acudían las jovencitas y los obispos que sus familias producían en cantidades semejantes. Los príncipes, con su tendencia al derroche, ya venían haciéndolo desde antes.
Pero hoy, la burguesía tiende a prescindir del arte y solamente los Estados (y ni siquiera individualmente considerados) son capaces de ofrecer un mecenazgo semejante al de antaño. Por eso, los museos “co-producen” muestras y además salen en desbandada a conseguir los dineros que necesitan para cuidar y mostrar (curar) los preciosísimos objetos que constituyen su patrimonio. Y por eso, también, los artistas vivos aceptan (a los muertos se les imponen) las más duras condiciones de exhibición. Lo mismo da que se trate de museos públicos o privados.
Como, además, el arte se ha vuelto cada vez más inmaterial y, por lo tanto, intermitente (el público, aún el menos educado, lo sabe de algún modo), se podría trazar (por ejemplo, en la figura de Andy Warhol, alrededor de ella y por ella) el límite de lo rentable (en lo que se refiere, al menos, a muestras antológicas de un solo artista).

Hace unos años, la Gemälde Galerie de Berlín ofreció una muestra (Rembrandt) que bien podía entenderse como “Todo Rembrandt”. El efecto era, en efecto, curiosísimo, porque como cualquiera puede suponer, Rembrandt no pintaba sus cuadros para que estuvieran todos juntos en alguna parte, de modo que disponerlos en montonera violentaba de algún modo lo que cada cuadro podía decirle al mundo (creo que entonces, y por suerte, La ronda nocturna faltó al reencuentro de todos esos desconocidos).

Warhol es todo lo contrario. Por un lado, sería imposible imaginar ese conjunto totalitario (al mismo tiempo que un “Todo Warhol” vuelve a su museo de partida, otro está siendo despachado en algún aeropuerto, y los grandes museos del mundo siguen mostrando sus respectivos todos).
Pero, además, como la condición del sentido warholiano es el deslizamiento a lo largo de una serie, su obra resiste con hidalguía al cambalache, que es en general lo que hemos visto en Buenos Aires (la inadecuación entre el objeto de arte y el espacio que lo contiene).

En los últimos años, Buenos Aires albergó dos grandes muestras de Andy Warhol, uno de los más emblemáticos artistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX y (junto con Alberti, el inventor de la perspectiva, y Duchamp, el erotómano promotor de la estereoscopía), probablemente una de las mentes más brillantes de toda la historia del arte. En junio de 2005, el Centro Cultural Borges inauguró una muestra antológica de su obra gráfica, películas y documentos. En su mayoría, el conjunto provenía de la Fundación Antonio Mazzota de Milano (con algunos préstamos de la Galería Sonnabend de Nueva York). Fue la muestra más visitada en toda la trayectoria del Centro Cultural Borges.
Cuatro años después, a finales de 2009, el Museo de Arte Latinoamericano repitió la performance con la muestra más concurrida desde su inauguración. “Mr. America”, esta vez, focalizaba su atención en la última obra del pálido maestro de la instantánea, mayoritariamente sacada del Museo Warhol de Pittsburg. La muestra venía de Bogotá y continuará su recorrido (seguramente triunfal) en San Pablo, entre el 27 de febrero y el 25 de abril.

Las dos colecciones mostraron algo sobre el arte de Warhol —poco que no fuera ya muy conocido, pero en todo caso siempre es conmovedor el reencuentro con los artistas que formaron nuestro gusto y nos enseñaron a pensar las complejas relaciones entre imágenes y sentido (a mí, pero también a Foucault, a Deleuze, y a tantos otros). Pero mejor no detenerse en eso, sino más bien en el “formato” de las muestras, tan parecidas y tan diferentes al mismo tiempo.

En cuanto a las diferencias (fundadas no tanto en criterios curatoriales, sino en la mera disponibilidad de las obras), la muestra del Centro Cultural Borges era más histórica (y por lo tanto, más rara): ponía a convivir los primeros ejercicios warholianos con sus últimos estertores. La del Malba prescindía de toda progresión y mostraba el Warhol más canónico. Los textos que acompañaban la primera eran penosos; los de la segunda, ayudaban a los menos informados.

La curación consiste, al menos (“como la decoración de interiores”, suele decir un curador del circuito alternativo de Buenos Aires) en la distribución de ciertas masas conceptuales (el arte) en determinados espacios (públicos o privados).
En el Centro Cultural Borges, la historia de Warhol estaba dispuesta en un espacio tan reducido y con una iluminación tan caprichosa que se tenía la sensación de estar en el vientre de un arca de Noé donde las cosas habían sido amontonadas hasta que el tiempo (del arte) mejorara.
En el Malba las cosas eran bien distintas, pero la muestra estaba distribuida en dos espacios alejados (separados por un piso y todo el arte latinoamericano contemporáneo en el medio), lo que dilataba penosa, innecesariamente, los principios de articulación de la muestra.

Las dos muestras, que habían sido curadas para espacios cualesquiera y un público global (que es mucho más que decir transnacional) sólo podían adecuarse con incomodidad a los espacios que se les destinaban.
¿Podrían las cosas haber sido de otro modo? Seguramente, no.
Las muestras itinerantes de las que las dos de Warhol son apenas un ejemplo, constituyen la condición de posibilidad del exhibicionismo en nuestros tiempos: como los recitales de Madonna, las muestras de arte dan hoy la vuelta al mundo. Las más baratas (o las más rentables), llegan incluso a Buenos Aires.

Por eso, la presencia de Warhol en un museo latinoamericano no debería violentar nuestra conciencia (¿no estuvo Dalí en el Museo de Arte Decorativo?), y la distribución de las obras en el espacio (el “relato curatorial” que la serie parece proponer) se debilita como foco de nuestra atención.

En contra de lo que podría pensarse, el museo o galería que recibe obra carece de toda posibilidad de curarla (salvo en sentido administrativo). Se abandona, así, el sentido de mediación que, alguna vez, pareció organizar (siquiera imaginariamente) la práctica curatorial. Al mismo tiempo, como el curador nominal de la muestra (contratado en Milano, o en Pittsburg) ignora, por principio, los espacios y las audiencias en las que tendrá cabida su intervención (la conscripción de fondos para la que ha sido convocado), opera de forma tan abstracta en relación con el material que organiza y el público que lo verá, que es más bien poco lo que puede agregar al sentido común. Se hace lo que se puede, con lo que viene y como viene.

sábado, 20 de febrero de 2010

Buenos Aires, 2010

por Daniel Link para Perfil

Leo en un periódico una nota sobre el sistema de transporte en Buenos Aires, tema al que le he dedicado más de una columna, porque me indigna la indiferencia y la incompetencia que demuestran los funcionarios nacionales y municipales al respecto.
Expertos catalanes vienen a decirnos lo que ya sabemos bien: que aunque se extienda la red de subterráneos, su falta de conexión con otros medios, su diseño radiocéntrico y su limitación (es como si Buenos Aires, efectivamente y contra toda evidencia, terminara en la General Paz), la volverían totalmente inútil.
Pero como los subnormales que nos gobiernan no suelen usar el transporte público, no se dan por enterados de lo que podría hacerse, además de prolongar las ya colapsadas líneas de trenes subterráneos.
Un ejemplo: existe una línea de trenes que pasa al costado de Ciudad Universitaria y del Aeroparque metropolitano y que une Retiro con Puente Saavedra, en Vicente López. Hasta ahora a nadie se le ocurrió que sería conveniente (y para nada caro) inaugurar sendas estaciones que permitan unir dos áreas neurálgicas de la ciudad, en pocos minutos, con esos puntos de distribución del tránsito de pasajeros. Eso sí, modificar la traza del ferrocarril para agregar un carril a la autopista les pareció sensato a los imbéciles que asesoran al alcalde.
Un urbanista propone integrar las redes de los trenes Belgrano Norte y Sur por debajo de la 9 de Julio, “o más hacia el río”. A esa idea podía sumársele que los trenes que llegan a Retiro-Mitre continúen su recorrido por el trazado subterráneo de la línea C, hasta Constitución. No creo que hagan falta más de diez palas y diez picos para conseguirlo.
Usando un poco de imaginación (bien escasísimo entre nuestros gobernantes, salvo para robar cartel en los medios diciendo gansadas): ¿no sería adecuado tender una línea de subterráneos desde Ciudad Universitaria hasta Flores, que combine con las estaciones Lisandro de la Torre, Olleros, Colegiales, Federico Lacroze, Chacarita, Paternal, Puán, etc...?
A lo mejor tiene razón Borja Sebastià, y hemos optado por la decadencia. Por algo aguantamos a esta ralea de botarates.

jueves, 18 de febrero de 2010

A sangre y fuego

por Mariano Dorr para Radarlibros

La nueva novela breve de Gabriela Bejerman se lee con la voraz intensidad de la mejor literatura erótica. En el Prólogo se cuenta cómo Irene –adoración de su hermano, Pier Rubinov– abandona un enigmático paquete en las aguas del Puma. Antes de hundirse, la narradora rescata ese “atado de papeles” sin ser vista: “Certeros fueron los métodos que probé para leer lo que se había empapado, y ahora, antes de arrepentirme, traiciono para ustedes un naufragio familiar”. Treinta y cuatro capítulos, de entre una y seis páginas cada uno, se hilvanan atravesados por una idea dominante: tal vez la historia de una familia sea el secreto de sus adicciones. Abel y Beatriz, los padres de Irene y Pier, son tan hermosos y egoístas como los hermanos, pero en lugar de entregarse a las caricias se entrenan en las virtudes del banquete. Los asados interminables seguidos de frutas multicolores no son únicamente una escena de verano sino también una excusa para los ataques histéricos de Irene, que llora y patalea enfurecida por la muerte del animal (un ciervo cazado por Abel y Pier, con arco y flecha) que más tarde deglute “como si nunca hubiera estado vivo”. Los episodios siguen el curso de una prosa poética que brilla con la voz de Bejerman: “La espuma acicateaba burbujas histéricas de felicidad, las piernas vibraban con átomos de luz que se dilataban en la arena virgen”.
La unión entre hermanos –que se miran, se presienten, se desean, se acarician...– se interrumpe sólo con la aparición de un intruso (Víctor) y una intrusa (Púrpura), amantes que llegan para diseminar la pasión entre Irene y Pier. Púrpura es una mujer insaciable; Víctor un hombre que sabe ausentarse para remarcar su presencia, desgarrando el corazón de Irene, que igualmente se desangra cuando su amante se lo pide: “Los primeros días de la menstruación, Irene se quedaba en su cuarto. A veces tenía ganas de salir pero Víctor la convencía de estarse ahí, chorreando sola, no la dejaba ponerse nada que absorbiera. La ansiaba, tenía una adoración aguda por su sangre. Al fin y al cabo era incluso mejor tener la menstruación, así no había necesidad de inventar formas de hacerla manar”. Con la idea de dejar unos días la cocaína, aparece entre ellos otra droga con toda su potencia destructiva y liberadora: la Paxia, capaz de introducir una paz desenfrenada en Irene, un cerco de orgasmo y muerte que se traduce en la expresión del desmayo. Víctor la conduce como un chamán: “A ver, abrí las piernas, a ver si cae una gota de sangre. ¿Sí? Hacé fuerza, un poquito, Irene. Ahí va. Mirá qué lindo, así te unto las piernas, ¿te gusta? Tomá, chupame la mano que está toda roja, tomala que te va a hacer bien. No cierres la boca, tomá más, a ver, abrila, qué buena sos”.
El furor de Víctor es al mismo tiempo un enamorado satanismo.
Pier (siempre fastidiado) y Púrpura (siempre insatisfecha) también se encierran en sus propias prácticas sexuales infernales: “Su concha se transformaba en un cerebro de sentimientos disconformes, que fácilmente la convencían de que Pier era el hombre más estúpido de la Tierra, el más incompetente”. Los personajes se desafían, se vigilan como animales y se obsesionan con el deseo sin objeto. Con una escritura cuidada hasta el detalle, Linaje de Gabriela Bejerman quema las manos del lector... fuego de palabras.


¿No hay un diego para mí?

Che, Cris, yo sé que me lees con atención, y eso me llena de orgullo... De aquí en más, mandame aunque sea unos vinos (a diferencia de tus secretarios y ministros, yo no choreo)...

La delgada línea que separa el bien y el mal, ejemplificada con un par de nombres de ciudades y la transformación de la necesidad en cariño.



miércoles, 17 de febrero de 2010

Homenaje a Doña Petrona

Me había quedado otra tarea pendiente del año pasado... Era hora de arremangarse y ponerse a trabajar. Acá, los resultados (¡gracias Laura, por el impulso).

Problemas de alcoba



martes, 16 de febrero de 2010

Agambeniana

Mal de archivo



lunes, 15 de febrero de 2010

Ubi Sunt

"¿Dónde está el gran libro de Sarlo sobre teoría crítica? ¿Dónde está su tratado esencial sobre crítica literaria o aun su historia de la literatura argentina? Como la que hizo Martín Prieto, por ejemplo. Que se sentó y escribió 550 páginas. O lo que hizo Daniel Link, que tomó sus clases y las reescribió con tanto rigor que valen lo que vale un libro".

El emotivo emocional e incomprensible traspié de José Pablo Feinmann, acá.


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